Así de claro. No es que no quiera ayudarles con las tareas escolares, ni que trate de fomentar su autonomía y su responsabilidad siendo ellos los que se encarguen de sus obligaciones. No se trata de nada de eso.
Es mucho más sencillo: me niego a que hagan deberes y les prohíbo hacer tareas escolares en casa. Así de simple.
Voy a intentar explicarlo a ver qué opináis, pero es que a mí no me parece ni medio normal que unos niños de primaria que se pasan todo el día en el cole tengan que llegar a casa y ponerse a hacer aún más tareas. ¿Qué pensaríamos nosotros si, una vez terminada nuestra jornada laboral, nos encontramos con la obligación de hacer más de lo mismo al llegar a casa?
A mí no me gustaría; bueno, pues con los niños igual. Me parece una injusticia.
Las tardes son para hacer otras cosas: actividades que les hagan disfrutar, salir al parque, pasear con su familia, colaborar haciendo tareas domésticas o simplemente estar en casa sin hacer nada, que algún día también se agradece.
De todas partes se nos bombardea a las familias con mensajes tipo: “tiempo de calidad en familia”, “cuidar la salud mental de los menores”, “fomentar la creatividad” y más del palo. Y yo me pregunto: ¿dónde estaría la calidad del tiempo que paso con mis hijos si tengo que ayudarles a hacer 400 divisiones y borrar 20 veces las palabras mal escritas?
Conociéndome, estaría con la tensión por las nubes, medio desquiciada y seguramente acabaríamos gritándonos y tirándonos de los pelos los unos a los otros. Eso no ayuda a la salud mental de nadie, creo yo, por no hablar de lo poco creativo que es ese proceso.
Prefiero que no hagan nada de eso. Prefiero la calma. Prefiero el tiempo.
Creo que se nos olvida que los niños son niños y que parece que hay que meterlos en la rueda de hámster desde bien pequeños; ahí, fomentando la presión, el estrés y la competitividad desde ya. ¡No vaya a ser que los niños no salgan unos amargados de manual y sean felices!
Que no digo yo que los peques no puedan hacer búsquedas de información para completar aprendizajes, actividades que estimulen su curiosidad y ganas de aprender… a esto no me niego. Me niego a que se pasen la tarde haciendo 10 ejercicios de mates, 7 de lengua y 4 de inglés en donde lo que están haciendo es repetir y repetir y repetir lo mismo.
Creo que, en vez de aprender, “desatienden”. ¡Qué aburrimiento! Pues a esto es a lo que me niego.
Como os imaginaréis, ya he tenido problemillas por esto. Problemas en el cole, incluso problemas con mis hijos; ellos, pobres míos, quieren hacer los deberes para ser “como todos” y para que la profe no les dé la chapa.
He hablado varias veces con los tutores e incluso con la dirección del centro. Aunque he de decir que he encontrado cierta comprensión de mi postura, la conversación siempre ha finalizado del mismo modo: que repercutirá en la nota final de las evaluaciones.
La nota final, otra tortura y otro invento para fomentar la competencia feroz entre algunos niños y muchas familias. Me pregunto yo qué necesidad hay de poner notas numéricas en la enseñanza obligatoria. Es obligatoria, ¿verdad? Pues ya está.
Una nota no define a un alumno.
Lo que sí define a una persona son las experiencias que guarda en su mochila de vida, de los recuerdos que acumula y de los momentos vividos con los suyos.
No quiero que mis hijos me recuerden goma Milán en ristre, borrando todo aquello que no era perfecto.
Esa es la memoria que elijo para los míos.
Lucía R.C.