Me casé con veintiocho años, muy enamorada, creyendo en el “para toda la vida”. Pero por lo visto toda la vida dura poco. En mi caso, algo más de doce años. Tuvimos una hija estupenda, que es la luz de mis días. Pero mi ahora exmarido vivía mejor solo. Creo que se casó y tuvo una hija porque tenía que hacerlo, porque sentía que su familia, la sociedad o qué sé yo esperaban eso de él. Pero se descubrió a sí mismo, y yo junto a él, que no estaba hecho para la vida familiar, para convivir con gente. Yo cada vez más me sentía sola cuando estaba con él.
Bueno, este es otro tema sobre el que quizá os cuente en otra ocasión.
Un día decidimos hablar claramente, con la verdad por delante, y decidimos que lo mejor era separarnos. Renunció a la custodia de nuestra hija y me dio la patria potestad, porque según él, nunca sería un buen padre.
Me costó un par de años recomponerme, pero conseguí salir adelante, sobre todo porque mi hija me daba fuerzas para avanzar.
Durante una temporada, traté de nuevo de encontrar el amor, pero lo único que conseguía eran relaciones esporádicas, de corta duración, en las que lo que primaba era el sexo. Y me fui desencantando. Y ya no me apetecía tanto salir, así que empecé a convertirme en una madre maruja, que prefería hacer planes con su hija o quedarme en casa.
En el curro, insistieron en hacer una cena de empresa y que yo saliese. Al final, para que me dejasen tranquila accedí. Me lo pasé estupendo y estuve hablando bastante con un compañero con el que me llevaba bien. Nos estuvimos contando la vida y al final, supongo que, llevados por el alcohol, echamos un quiqui bastante apañadito en el baño.
En los días siguientes, intentamos evitarnos en el curro, para no dar qué hablar. Pero un día se me acercó y me invitó a tomar algo después de trabajar. Y nos volvimos a liar. Con él era fácil, la cosa fluía muy bien. Así que nuestros encuentros se fueron haciendo habituales.
Una noche quedamos para cenar y me dijo que haría bien en dejarle, en olvidarme de él, porque por ahora no me podía ofrecer nada más que lo que teníamos, puesto que es un padre divorciado con dos hijos a cargo, y ahora mismo, ellos son su prioridad. Yo estoy pasando por una etapa muy tranquila, con mi hija y mi familia, y no me apetece renunciar a esa tranquilidad, así que le dije que no fuse tonto, que yo no le había pedido nada más. Lejos de mí la intención de meter a otro tío en casa, a quien tener que lavar los calzoncillos. Que para mí, tal como estábamos, me iba bien. Y que si para él también, pues que podíamos seguir así. Siendo colegas, quedando de vez en cuando y sabiendo que, si un día nos daba un calentón, teníamos a quien acudir. Y a los dos nos pareció genial.
Pero hace unos tres meses descubrí que estaba preñada, sí, de mi follamigo. Con cuarenta y siete años. No, no era menopausia, era preñamiento. Me dio un agobio que no puedo contar. Cuando se lo conté, él también se agobió un montón. Me dijo que no estaba preparado para eso, que era un ciclo, el de ser padre, que creía ya finalizado con sus dos hijos. No obstante, no se desentendió en ningún momento y me dijo que estaría a mi lado para lo que necesitase, puesto que era algo que habíamos provocado los dos. Pero que lo cortés no quita lo valiente y que estaba preocupado.
Preocupada estaba yo, que con la edad que tengo y mis antecedentes ginecológicos, sabía que no iba a ser fácil y que había muchas cosas que podían salir mal. Entré en un bucle en el que no conseguía decidirme, no sabía qué hacer.
Pero bueno, supongo que el cuerpo es sabio. A las pocas semanas de egstación, tuve un aborto espontáneo. Por una parte, me entristeció, pero por la otra, me sentí (culpablemente) aliviada. No sé si estaba preparada para lo que pudiese venir.
Nuestra relación sigue en los mismos términos, pero tenemos muuuucho más cuidado.
