“Es que yo no veo qué diferencia hay entre una puta y alguien que se acuesta con un tío sin casarse”, era su frase favorita. Digamos que se llamaba G, era una compañera de trabajo y le encantaba presumir de que era una chica decente y buena, alguien que tenía un elevado respeto por su cuerpo y el de los demás, que no compartía la degradación de regalar su virgo a cualquiera. No es que fuese religiosa, no lo hacía por eso, ella decía que su virginidad era un regalo valioso que sólo le iba a dar a su marido. 

Más testimonios en whatsapp, vente y pincha aquí

Y oye, tener esa convicción a mí me parecía fenomenal, una idea tan respetable como cualquier otra que ni hacía daño a nadie, ni a ella misma. Lo que no era ya tan saludable era el modo en que trataba a las demás, diciendo poco menos que éramos unas putas y además idiotas porque no cobrábamos. Que claro, no podíamos esperar que un hombre valioso y bueno nos “eligiera” si no teníamos para ofrecerle la garantía de la exclusividad de nuestro cuerpo. Y cuando eso lo dices una vez, pues bueno, vale, ya has expresado tu opinión, un poco absurda, pero bueno. Pero cuando eso lo repites dos veces por semana, pues ya como que cansa un poco. 

Y es que a G le encantaba presumir de que ella iba a dejar de trabajar dentro de poco porque a ella la había “elegido” un hombre bueno gracias a que era virgen, así que se casaría aquél verano en un hotel de cinco estrellas, luego se irían de viaje de bodas a Nueva York y finalmente se instalarían en el chalecito que les habían regalado los padres de él como regalo de bodas, bien cerca del suyo, que su niño no se alejase demasiado del nido. “Claro, para que te elija un hombre así, tienes que ser virgen, porque a una cualquiera quién la va a elegir, pues un cajero del súper que tiene que conformarse con lo que desprecien otros”, solía decir. Y como no quieres mal ambiente en el curro, como no quieres enzarzarte en un debate que no va a ninguna parte, pues nos íbamos callando. Hasta un día que ya se rebasó el tope.

“A ti te parecerá la pera ese porvenir, pero yo no necesito ni quiero que me elijan como si fuera un puto pokémon”, le solté. Lo que suele pasar en estos casos, en cuanto alguien habla, parece que se levanta la veda y empezamos todas “es que es una manera de pensar un poquito retrógrada, G”, “si lo único que busca de ti es que tengas intacta una membrana, no sé yo si hay mucho amor ahí”, “una pareja tiene que saber que funciona también en la intimidad, en la cama”… y una compañera dijo la frase que detonó el asunto: “y además, tú deberías tener derecho a disfrutar de tu cuerpo, a saber qué te gusta”. 

“Pero si eso ya lo sé, ¡me gusta por detrás!” La miramos, convencidas de que no habíamos oído bien, pero ella nos miró como si fuéramos tontas y continuó “a ver, que yo no le regalo mi virginidad nada más que a mi marido. Pero no soy ninguna bobita, yo salgo y yo he vivido”. Nos contó que, desde bien pequeñita, su madre le dijo que el virgo era importantísimo que lo tuviese, pero que podía hacer otras cosas con los chicos o con las chicas para divertirse, que sólo tenía que asegurarse de ser muy discreta. Así que doña Virgo había hecho más anales que una colección de efemérides. Según ella, eso estaba perfecto, no tenía nada de malo, ni de hipócrita, ni era engañar a su futuro, porque lo que él quería es que fuese anatómicamente virgen y eso lo era. 

A cuadros nos quedamos todas. En el mes de mayo, G solicitó la baja voluntaria para casarse porque iba a ser Novia de Junio, claro, como mandan los cánones, y hasta donde sé, se casó y vivieron en su chalecito su sueño de amor sin amor y virgo sin virgo, pero oye, ojalá fueran muy felices. Sin embargo, a partir de aquel momento, cuando un hombre me empieza a hablar de kilometraje y virginidad, de cómo quiere a una mujer que pueda “estrenar”, me acuerdo de G y de cómo ella presumía de darle su virgo en exclusiva a su marido, sin hablarle de nada más… porque tampoco a él le importaba nada más. 

Delice.