No sé cómo se lo monta la gente en su primera cita a escondidas con sus amantes. Ese momento tan ansiado, que por un lado es de lo más apasionado y se merece un escenario de novela de Shackespeare, pero a menudo las circunstancias lo convierten en algo realmente cutre y precario. Me atrevería a decir que el noventa por ciento del lugar que acoge un encuentro adúltero es un coche. Ese vehículo escondido en una curva en una carretera secundaria que va quien sabe a dónde…¿ os suena esto de algo? Yo conocí a alguien que decía que a veces para practicar el sexo con la mujer cogían el coche y se aventuraban por los caminos más recónditos. Teniendo cama en casa… pero a saber qué morbo le suscitaba la práctica al muchacho.
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Volviendo al tema, yo lo que quería era contaros como me fue a mi la primera vez con uno de mis amantes. No fue nada desastroso, al contrario, pero si algo peculiar con lo que nos reímos después un montón de veces.
Ya nos conocíamos, nos habíamos gustado de siempre y después de muchos años de amistad y dos matrimonios frustrados (cada uno el suyo) pasó lo que tenía que pasar. Que con veinte años te aguantas, pero con treinta te lías la toalla a la cabeza y que sea lo que Dios quiera.
Así que quedamos un día, con toda la intención del mundo de liarnos. Nos citamos, cogimos el coche, y por compensar el diez por ciento de la estadística, no paramos en ninguna curva.
Destino, Barcelona, una ciudad, impersonal, bulliciosa, cosmopolita. Ideal para las parejas de amantes que quieren pasar desapercibidas.
Fuimos primero a picar algo, para matar el hambre (el de comer) que no podíamos estar tan ansiosos en tantos ámbitos a la vez. Un pantomaquet rápido y unas birras mientras ojeábamos en un periódico qué local elegiríamos para ir a echar el polvo más esperado de nuestra vida. Encontramos uno que estaba cerca de donde nos encontrábamos, así que acabamos de cenar rápido y para allí que nos fuimos.
El local era una especie de discoteca moderna, todo enmoquetado, con una barra en la que servían bebidas, entre espejos y luces de neón. Todo muy sugerente, pero allí no había ni Cristo. Éramos los únicos clientes, cosa que no nos importó porque íbamos a lo que íbamos, nos sobraba la gente.
Pedimos una copa y pagamos por la habitación, a la que nos dirigimos sin pensarlo. El dueño nos acompañó muy amablemente, nos indicó donde estaban los albornoces, los condones… no faltaba de nada.
La habitación era de lujo. Todas las paredes eran de espejo, la cama redonda, inmensa, imposible caerse por ningún lado. Que te espatarrabas y no tocabas con los pies en ningún borde. Vaya noche chula que nos habíamos montado y vaya polvazo que se avistaba. Y en eso estábamos, cuando sonó la puerta. Toc, toc..
Nos cortó un poco el rollo, pero contestamos, brevemente en plan… ¿si? Sorprendidos por quien debía ser en aquel momento y aquel lugar.
Pues nada, el dueño y la respectiva, que por lo visto nos habíamos metido en un local de intercambio y aquello era lo más normal del mundo. Ya entendí entonces lo del tamaño de la cama, si es que allí cabían como catorce y el gato. Pero bueno, que nosotros a lo nuestro, muy cortésmente les dijimos que no hacía falta que entraran, que ya nos apañábamos solos, y ellos educadamente se retiraron y nos dejaron hacer.
Una anécdota. ¿Divertida? Más bien curiosa. Nos pasó por no leer la letra pequeña, aunque en un anuncio por palabras en un periódico, ¿dónde las ponen esas?
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