El título lo describe a la perfección. Hace unas semanas me lancé por primera vez a quedar con un chico que había conocido por Tinder. Era guapete, con un puntito desaliñado, como a mi me gustan. Además tenía una conversación super interesante, trabajaba como diseñador desde su casa e iba a colaborar siempre que podía a un refugio de animales. De primeras, no pintaba nada mal. 

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Fuimos a cenar a un sitio monísimo cerca de la playa, dimos un paseo por el puerto, nos tomamos unos vinos…y me invitó a su casa. Todo marchaba mejor que bien, así que ¿por qué no? Lo cierto es que tenía muchas ganas. Bueno, pues quizá suena fatal lo que voy a decir pero cuando llegué a su casa se me quitaron todas. Vivía en un piso que debía tener como 60 metros cuadrados (muy dignos ojo, que el mío tiene menos). El problema no era el tamaño del piso en si mismo, sino que en esos 60 metros había siete animales. SIETE. Y no os hablo de dos tortugas y un acuario, no. Os hablo de 3 perros y 4 gatos. Vaya por delante que adoro los animales, tengo una perrita maravillosa y ojalá pudiera tener más. 

No os podéis imaginar el tremendo hedor que había en esa estancia nada más abrir la puerta. Casi me desmayo, tuve que contener la respiración hasta que me acostumbré un poco para evitar que me diesen arcadas en la cara de este chico. Los perros eran encantadores, todos vinieron a saludarme a la puerta en cuanto entré. Os juro que debían llevar meses sin lavarse. Dos de ellos tenían las patas llenas de barro. Había tierra por toda la casa, los areneros de los gatos no os los podéis ni imaginar…UN CUADRO BARROCO. 

No sabía dónde meterme. No quería ser maleducada así que pase, y me senté sobre la mullida cama de pelos que había sobre el sofá del salón. Nos tomamos un vino, mientras uno de los perros (precioso por cierto) me lamía las rodillas, el otro roncaba a mi lado y los gatos me observaban fijamente desde el borde la ventana. 

Me contó que al trabajar como voluntario en el refugio pues intentaba no encariñarse pero muchas veces, cuando veía que algún animal viejito llevaba mucho tiempo sin adoptar o que no tenía pinta de que fuese a pasar…se los traía para casa en acogida. No me cabía duda viendo lo visto. Más allá de los animales, la casa era un poema. también hay que decirlo. No había un solo espacio ordenado, ni siquiera limpio, además del mal olor. 

En fin, sea como fuere chicas, aproveché que estaba allí y por si os lo preguntáis…si, me lo tiré. Me llevé pelos de varias especies diferentes dentro de mis bragas y un olor nauseabundo del que me deshice nada más llegar a mi casita pero yo que sé…una oportunidad es una oportunidad, y aunque no tenía intención de volver a verle…que me quiten lo bailao.

 

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