Una de las seguidoras que tengo en mis redes sociales donde hablo de manualidades me ha pedido que os cuente esta historia.

Hace poquito del 8M y en un live que hice unos días después con una compañera hablamos de la manifestación a la que habíamos ido ambas. Entonces, esta seguidora me escribió en directo que sobre aquello había algo que quería contarme por si me servía para escribir aquí y por supuesto aquí estoy.

Ella es una señora de unos 50 años.  Se casó muy joven porque tenía mucha prisa por irse de casa y sus padres no le permitían convivir con nadie si no se casaba antes, así que con 20 años celebraba su primer aniversario de casada estando embarazada.

La relación con su familia había sido tan tensa que no priorizó su futuro en absoluto y simplemente se fue sin mirar atrás (y adelante tampoco). Se fue sin estudios, sin experiencia en ningún trabajo y con la esperanza de poder hacerlo todo más adelante.

Con un niño tan pequeño y su marido trabajando tantas horas ni pensó en la posibilidad de retomar sus estudios. Él era  maestro y trabajaba en un colegio privado dando clases a niños de primaria.
Cuando el niño entró en el cole, ella quiso empezar a trabajar. No quería verse en casa siempre y pretendía tener algo de independencia económica. Su marido nunca la hizo sentir una mantenía, pero es cierto que, sobre todo en cosas relacionadas con el niño, el marido ponía bastantes pegas a las cosas que ella quería comprar y el hecho de que ella no aportase dinero le hacía no luchar en las discusiones de igual manera porque sentía que no tenía derecho a hacerlo.

Entonces entró en unas oficinas a limpiar. Iba por las tardes y poco a poco fue ampliando el horario hasta ganar bastante dinero (dentro de lo que era la limpieza, no estaba mal pagado).

En una de esas oficinas conoció a una señora que siempre se quedaba hasta muy tarde y le amenizaba la hora mientras ella limpiaba a toda velocidad. Al parecer, aquella señora se quedaba en la oficina para poder estudiar tranquila sin ruido, pues en casa su marido siempre ponía la tele muy alta. Ella no había podido acabar su carrera por dificultades económicas cuando era joven y ahora, que ya era más mayor y llevaba años trabajando en un gabinete de abogados como secretaria, se había decidido a terminar derecho.

Con el paso del tiempo se hicieron medio amigas y aquella humilde limpiadora confesó que siempre había querido estudiar psicología pero que no había podido hacerlo. La futura licenciada la animó a sacar un poco de tiempo y dinero para cumplir su sueño, pues le sirviese o no laboralmente, a nivel personal le aportaría mucho el hacer algo tan importante para ella.

Cuando se lo planteó a su marido al principio se la tomó un poco a broma, pero cuando vio que iba en serio le dijo que él la apoyaría, pero que la organización que tenían de horarios con el niño y los trabajos no podía modificarse mucho. Ella se recortó unas horas de empleo para poder estudiar, pero se metió de lleno en aquella ilusión.

Todo el mundo la animaba mucho, despertaba admiración entre su grupo de amistades, pues sacaba notas increíbles siempre y seguía trabajando y ocupándose de la gran mayoría de las cosas de casa.

Cuando la gente la alababa o la animaba a seguir, su marido parecía molesto. Un día le dijo que quizá debería parar, pues la veía estresada y no sabía si merecería la pena. Era extraño porque todo el mundo decía que la veían más feliz que nunca y que se notaba la ilusión en sus ojos al hablar de su carrera.

Pasados los 30 llegó el final de su carrera y con él, el final de su matrimonio. Pues en un acto ceremonial en el que le daban el título (aunque no era el real), a su marido le hicieron por primera vez el comentario que acabaría con su relación “Ojo, que ahora es licenciada y tu un simple diplomado”. Esto es un comentario que, además de que seguro que fue hecho desde la broma más absurda, no significa nada en realidad.

La diferencia existe en donde tú quieras señalarla, pues es algo absurdo. Pero su marido salió del salón donde a su mujer le entregarían en diploma sin estar él presente, porque necesitaba refrescarse la cara.

Ese mismo día fue la primera discusión. Al llegar a casa, ella le pidió que le alcanzase algo, uno de esas peticiones que ni piensas del tipo “me traes las zapatillas de paso que vienes, por favor” a lo que él contestó hecho una furia que si ahora sería su esclavo, que si se creía superior por ser licenciada, que si se le subiría a la cabeza…

Ella creyó que era broma hasta que esta discusión pasó a ser más que diaria. Cada momento que pasaban juntos acababa en reproches y faltas de respeto porque él creía que ella se sentía superior y ella solamente lo miraba incrédula y le decía que si aquello iba a ser un problema, ella prefería renunciar a su título.

Él siguió y siguió hasta que, tan solo unos meses después, le pidió el divorcio a través de un burofax.

Cuando pudo hablar con él le confesó que no soportaba no ser el listo de la pareja, el bueno, el que llamase la atención. Lo había degradado a ser “un simple maestro”.

Tras varios años separados en los que ella siguió limpiando oficinas, por fin pudo ejercer su profesión. Hoy en día analiza lo ocurrido desde un punto de vista más terapéutico y sabe que, fuera como fuera, salió ganado con su independencia.

Hoy en día vive sola, es muy feliz y pasa mucho tiempo de calidad con su hijo.

 

 

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

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