Desde siempre me he sentido atraída por ambos sexos. Había estado con chicos: me había enamorado, me habían roto el corazón, y había tenido experiencias sexuales variopintas. Pero con las chicas era diferente. Había atracción, había curiosidad, había una pregunta constante flotando en el aire, pero nunca me había surgido de forma natural estar con una mujer. No como me surgía con los chicos.
Más testimonios en whatsapp
Tenía amigas con las que me había besado estando de fiesta, con dos copas de más. Besos que se daban por juego y por llamar la atención. Alguna vez me quedé con las ganas de haber llevado aquel juego inocente a otro nivel, de comprobar qué pasaría si dejábamos de fingir que era solo una broma. Pero nunca me atreví.
Un buen día, decidí que era el momento de probar. Hacía unos meses que había salido de un relación que casi acaba conmigo. Cuatro años con él, cuatro años de amor intenso, de dependencia emocional, de pasión desmedida, de creer que aquello era lo máximo a lo que podía aspirar. Lo había amado tanto que pensé que no podría querer a nadie más. Pero nos hacíamos daño y dejarlo fue la única opción para no perderme del todo.
Después vino el duelo. Meses de tristeza, de reconstrucción, de terapia con un psicólogo que me ayudó a volver a ser yo. Cuando empecé a sentirme un poco más fuerte, apareció otra versión de mí: más impulsiva, más hambrienta de experiencias, con ganas de recuperar el control de mi cuerpo y de mi deseo. Empecé a caerme en la cama de muchos tíos. No porque aún sintiera un vacío que tenía que llenar. Era simple curiosidad y ganas de experimentar.

Y después de acostarme con unos cuantos, cuando ya había saciado esa necesidad urgente de vivir, decidí que quería probar con una mujer. Era una tarea pendiente. Una pregunta que siempre había rondado mi cabeza. Una duda sin resolver.
Me descargué una app de mujeres y sentí algo parecido al vértigo. Como si estuviera cruzando una frontera que llevaba años observando desde lejos.
Al principio me sentí fuera de lugar. Me preguntaba si de verdad tenía derecho a estar ahí cuando nunca había estado con una mujer. Cuando sólo había follado con hombres.
Me sentía un poco impostora pero, aun así, seguí. Hice match con varias chicas pero hubo una en concreto que me transmitió cosas muy bonitas. Ella era guapísima, con una belleza natural, de esas chicas que no llaman la atención de primeras, pero cuando te fijas te das cuenta de que su rostro desprende una luz especial.
Empezamos a hablar y la conversación fluyó con facilidad. Durante días intercambiamos mensajes. Me gustaba leerla, me gustaba cómo se expresaba, cómo parecía tener claro quién era. Me sentía cómoda, tranquila, y esa comodidad me desconcertaba.
En todo momento fui franca con ella. Se lo conté todo: que sólo había estado con chicos, que había salido de una relación importante y que tenía ganas de esclarecer mis dudas.
En ningún momento ella se mostró incómoda con mi situación. Me dijo aquello de que para todo tiene que haber una primera vez y se mostró encantada con la idea de ser la primera. Me prometió guiarme, si es que hacía falta, pero me dijo que entre dos personas que se entienden, las cosas fluyen.
El día qué quedamos para conocernos en persona, yo era un manojo de nervios. Me arreglé mucho, puede que demasiado. Quería gustarle y me sentía tan insegura. Con los tíos jamás me había pasado algo así, siempre iba con la certeza de que les resultaría atractiva. Pero las mujeres somos distintas, somos menos visuales y más emocionales.
En persona fue agradable desde el primer momento. La conversación era fácil, el ambiente relajado. Me reí, me sentí escuchada, incluso cuidada.
El beso llegó sin tardar. Mientras tomábamos un café, ella se me acercó y me besó. Fue un beso suave, dulce y respetuoso.

Y ahí, justo ahí, entendí algo importante. No sentí nada. Mi cuerpo no respondió, mi mente no se aceleró, no apareció ese cosquilleo que tantas veces había sentido besando a chicos. Era un beso correcto, incluso bonito, pero completamente plano. Siendo sincera, me sentía más excitada cuando me besaba borracha con mis amigas.
En ese momento, mientras sus labios se separaban de los míos, sí sentí algo: vergüenza. Pensé en el qué dirán. Quizás no estaba preparada para besar a una chica en un lugar público, con los ojos curiosos de las otras mesas observándonos.
En realidad, nadie nos miraba. Todo el mundo en la cafetería estaba a lo suyo, pero yo me sentí incómoda. Y ella, sin duda lo notó, porque al momento me dijo: “No te ha gustado, ¿a qué no?”.

Se lo expliqué, que no es que no me hubiera gustado, pero no había sentido lo que pensaba que iba a sentir. Ella fue súper comprensiva. Terminamos nuestros café, continuamos charlando como si nada, y al despedirnos quedamos en ser amigas. Pero la realidad es que nunca más volvemos a vernos. Hablamos alguna vez más por WhatsApp pero ahí quedó todo.
Aquel día, volví a casa con una sensación agridulce. Estaba convencida de que aquella chica me gustaba y de que podríamos incluso tener una relación. Me sorprendió muchísimo no haber tenido ganas de explorar su cuerpo, de dejarme llevar por el deseo. Porque no había habido deseo.
Pero por otro lado, sentí alivio. Como si por fin hubiera respondido una pregunta que llevaba demasiado tiempo abierta. Comprendí que la atracción que había sentido durante años hacia las mujeres no era deseo sexual, o al menos no de la forma en que yo lo entendía. Puede que fuera admiración o curiosidad, pero desde luego no era lo mismo que sentía al estar con un hombre.
Pero al menos esta experiencia me sirvió para esclarecer mis dudas y definirme.
Envía tus movidas a [email protected]