Un domingo cualquiera, de esos en los que la ciudad parece medio dormida, una amiga salió de casa a hacer un recado simple: comprar pan y un cartón de leche en la panadería de la esquina. Era festivo, así que apenas había gente por la calle. El plan era bajar, comprar lo que necesitaba y volver a casa en diez minutos.
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Con el pan bajo el brazo y el cartón de leche en la mano, iba caminando tranquilamente de vuelta cuando se cruzó con dos hombres de unos cincuenta y tantos años. No les dio mayor importancia y siguió su camino. Pero unos segundos después escuchó un sonido detrás de ella.
—Eh… chss… chss…
Se giró un poco extrañada, mirando alrededor para ver si realmente la estaban llamando a ella.
—Sí, sí, a ti —le dijo uno de los hombres acercándose.
Mi amiga lo miró sin entender nada.
—¿No te acuerdas de mí? —le preguntó él con total naturalidad—. Soy el relaciones públicas de la calle Navas.
Ella se quedó completamente descolocada. Para empezar, no sabía ni qué calle era esa. Intentó rebuscar en su memoria por educación, por si realmente lo conocía de algo, pero no había forma.
—Creo que no… —respondió con duda.
Pero él insistía.
—¡Sí, sí! El sábado pasado estuvimos hablando un rato.
Ella seguía sin recordar absolutamente nada. Sin embargo, según nos contó después, hubo algo que sí le llamó la atención desde el primer momento: su voz.
Dice que tenía una voz increíble. Grave, calmada, muy agradable de escuchar. De esas voces que parecen envolverte cuando alguien habla. Y aunque lo que decía no tuviera demasiado sentido, ella se quedó escuchándolo.
Aquí entra otro detalle importante sobre mi amiga: tiene una mezcla peligrosa de dos cosas. Le cuesta muchísimo decir que no… y su sentido del peligro es, digamos, nulo.
Así que lo que empezó como una conversación absurda en mitad de la calle terminó con los dos hombres invitándola a tomar algo en un bar cercano.
Y ella, con su pan y su leche en la mano… aceptó.
Se sentaron en una mesa de la terraza. Ella pidió un Nestea. Ellos pidieron tres gin tonics.
La escena debía de ser bastante surrealista: mi amiga sentada con dos señores de más de cincuenta años, con una bolsa de panadería al lado, mientras ellos encadenaban copas como si fueran las doce de la noche en lugar de las doce del medio día.
Pero la cosa no quedó ahí.
En un momento dado, el que tenía la voz bonita —el mismo que la había parado por la calle— le dijo:
—Oye, ¿te apetece ir a tomar algo a otro sitio?
Y aquí es donde la historia ya empieza a parecer inventada… pero no lo es.
Ella volvió a decir que sí.
Así que se fue con él.
Y sí… como muchos estaréis imaginando, la cosa terminó en su casa. Tuvieron sexo y, después de aquello, mi amiga simplemente recogió su pan y su leche y se fue a su casa como si tal cosa.
Fin de la historia.
O eso pensábamos.
Porque no.
Después de aquel surrealista encuentro siguieron hablando por WhatsApp durante unos días. Hasta que él le propuso otro plan:
Ir a la playa.
Vivíamos a unos 50 minutos en coche de la playa, así que no era precisamente un plan improvisado de última hora.
Para entonces ella ya nos había contado lo que había pasado el “día del pan y la leche”, y nosotras, sus amigas, le dimos un pequeño sermón bastante serio. Básicamente le dijimos que igual no era la mejor idea seguir quedando con ese señor desconocido.
Así que cuando él le propuso la playa, ella decidió poner un pequeño límite.
Le dijo que no le apetecía ir tan lejos y que si quedaban, mejor hacer algo por el barrio.
Él respondió que sí.
Quedaron y pasó a recogerla en coche.
Y ahora viene lo mejor.
A los pocos minutos de arrancar, mi amiga empezó a darse cuenta de que el coche no iba precisamente hacia ningún bar del barrio.
Iba hacia la autovía.
Exacto.
Rumbo a la playa.
Ella lo vio. Lo entendió. Lo procesó. Pero en ese momento, según nos contó después, se bloqueó completamente y no dijo nada.
Así que, efectivamente, terminaron en la playa.
Comieron allí, dieron una vuelta… y luego volvieron a casa.
Cuando nos contó esta segunda parte de la historia, nos quedamos todas mirándola en silencio unos segundos porque no dábamos crédito.
Le dijimos que, por favor, cerrara ese capítulo definitivamente y que no volviera a quedar con él.
Esta vez nos hizo caso.
Le escribió un mensaje diciéndole que prefería no seguir quedando.
La respuesta del hombre fue… inesperada.
Primero se mostró dolido. Muy dolido.
Pero poco después decidió hacerle una propuesta.
Le mandó una foto.
En la foto se veía una buena cantidad de billetes encima de una cama.
Y el mensaje era bastante claro: si volvía a verlo, la recompensaría muy bien.
Podéis sacar vuestras propias conclusiones.
Mi amiga, por suerte, ahí sí tuvo claro lo que tenía que hacer.
Lo bloqueó.
Y nunca volvió a quedar con él.
Y sinceramente… menos mal.
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