¿Altavoz inteligente o cotilla implacable?

Le regalé un altavoz inteligente a mi marido porque no se aclara demasiado con tantas plataformas de música, tiendas y demás. La verdad es que desde que aprendió cómo se usaba no ha tenido ningún problema. Enchufa el aparato, espera a que se conecte a Internet y empieza a preguntarle por el tiempo, la hora, las noticias o por la música que más ganas tenga de escuchar en ese momento.

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Un día llegó algo preocupado porque había leído que esos altavoces no descansan nunca. Al incluir un micrófono, están siempre atentos a lo que escuchan para ofrecerte el mejor servicio. Eso sí, decía él, «cada vez que comentamos que tenemos que arreglar algo, o que comprar aquello otro, al día siguiente tengo en el teléfono publicidad de lo que hemos hablado. No sé yo si esto es tan bueno como dicen».

A los dos días, se publicó por parte de la empresa fabricante un comunicado en el que negaba que sus dispositivos espiaran a sus usuarios. Se hablaba en el texto de que si el aparato no se usaba durante un tiempo, entraba en standby y solo se activaba nuevamente tras recibir una orden específica. Pues bien, tengo que decir que esto no es del todo cierto.

Te comento. Una vez al mes nos gusta organizar una noche erótico-festiva con elementos distintos a los habituales. No es que solo lo hagamos una vez, es que nos reservamos una noche para hacer algo distinto. Como teníamos el altavoz inteligente, pensamos que podíamos decirle que pusiera música romántica a un volumen adecuado y así el resultado sería de película de Antena 3 un domingo a las cuatro de la tarde. Tampoco es que fuéramos a rodar El lago azul, pero todavía tenemos ganas e ideas para montarnos nuestra propia historia.

Dicho y hecho. Tras una cena romántica, comienza a calentarse el ambiente y nos vamos al dormitorio. Mi marido dice el nombre del altavoz y añade «pon música romántica y apaga el micrófono pasados cinco minutos». Esto último se lo había dicho un colega suyo y, al parecer, funcionaba. Comienza a sonar la música, nosotros a lo nuestro sin hacerle demasiado caso, y no tardamos demasiado en demostrarnos que, a pesar de los años, seguimos sintiendo muchísima pasión el uno por el otro.

Es cierto que muchas veces es casi como una coreografía ensayada durante todos estos años. Él ya sabe que cuando me pongo encima y empiezo a cabalgar es cuando viene el final. Antes hay cambios de postura, lametones, jugueteos y demás, claro está. Pues ese día, todo el prólogo al gran final fue especialmente intenso. Cuando me puse encima empecé a moverme con muchísima fuerza y ambos estábamos ya a punto de explotar. 

Justo en ese momento, la voz metálica del altavoz dice «no entiendo los gruñidos de animales, retira a tu mascota y pídeme lo que quieras». Nos entró la risa floja y no hubo manera de terminar la faena. Nos imaginamos a la IA de p intentando encontrar en su archivo los sonidos que tendrá grabado para interpretarlos. Esperamos que no hubiera un becario por ahí redactando guiones para que el altavoz nos diera una respuesta concreta, pero desde entonces tuvimos claro que el dispositivo inteligente no iba a estar nunca más en el dormitorio. 

Mira tú, una cosa es el progreso y otra que tengamos que tener a una cotilla de cuerpo presente mientras estamos pasándolo muy bien. Quizá los que trabajan en la empresa tengan que recopilar más información para identificar lo que escucha el aparato y para no interrumpir un momento tan especial. ¿No crees?

 

 

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