Antes de que la típica horda de machirulos o, lo que es peor, de mujeres misóginas se abalancen sobre mí bajo la famosa consigna de «no todos los hombres», dejadme que os diga que esta es sólo mi experiencia. Soy consciente de que no estoy en posesión de la verdad absoluta. Ahora, bajad las armas y relajaos.
Hace no mucho, vine a contaros en otro post mis aventuras de cama con quien fue mi amor platónico en el instituto. En resumidas cuentas, mi crush de ojos verdes y yo llevábamos tonteando media vida sin llegar a nada más hasta que, pasados quince años y con unas cuantas cositas aprendidas a nuestras espaldas, decidimos quitarnos la espinita de una vez por todas. Santa María madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores. Qué hombre. Qué meneo. Mentiría si dijese que no fue uno de los mejores polvos que he echado en mi vida.
No pude evitar venir a narraros con todo lujo de detalles mi experiencia religiosa con este tío. Necesitaba compartir con vosotras un mensaje muy importante y esperanzador, y es que entre todo el maremágnum de amantes torpes o mediocres que suelen ser nuestro pan de cada día, existe una especie masculina menos habitual pero real, al fin y al cabo. Queridas, los empotradores no son una leyenda urbana y están ahí fuera, esperándoos.
Sin embargo, a pesar de la buena ración de orgasmos que me llevé aquel día, cometí un error. Di demasiadas pistas sobre mi historia y mi crush – que para mi total y absoluta sorpresa, leyó el post en cuestión- enseguida se reconoció en el protagonista y sus habilidades sexuales. ¿Y qué pasó? Pues que, por supuesto, se vino arribísima y de darme el mayor morbo del mundo, pasó a convertirse en un flipado de tres al cuarto. Como se suele decir, no le hacía falta abuela, sólo darse golpes en el pecho como un gorila lomo plateado. En definitiva, pasó de parecerme el hombre más sexy del mundo a un simple creído y, mágicamente, perdió la mitad de su sex appeal.
Cuidado cómo son los hombres. No se les puede decir nada sin que corran a ponerse la medallita de macho del año y, si además, esas palabras de alabanza están relacionadas con el sexo, apaga y vámonos. Está claro que a todos nos encanta que nos den una palmadita en la espalda cuando hacemos algo bien, que el reconocimiento a nuestro esfuerzo se vea recompensado, vaya. Pero, por favor… Sí, José Luis, sí, me has comido la frambuesa como nadie. Y sí, he coleccionado orgasmos contigo más que con ningún otro, como si fuesen cromos, pero tampoco es para fliparse.
Después de semejante revolcón yo estaba como loca por repetir, pero cada vez que me decía de quedar y me soltaba alguna sobrada de las suyas, sentía que los ovarios se me resecaban como una ciruela pasa. Que si madre mía como te hice gozar, que si en tu vida te lo han hecho como yo, que si la próxima vez te vas a enterar… Vamos a ver, yo sé que he disfrutado a lo bestia, tú también lo sabes y ambos somos conscientes de que, en gran parte, la gozadera ha sido gracias a ti. Te estoy muy agradecida porque no se suelen encontrar joyas así como así, pero por favor, no lo estropees.
¿Quiero repetir? No veo el momento. ¿Eres el puto amo? No lo sabes bien. ¿Hay necesidad de decirlo en voz alta cada cinco minutos? Ninguna. Y es que, amigo, en aquella cama no fui yo la única que se lo pasó como una enana. Podré restregarte por la cara ciertas partes de mi cuerpo, pero jamás mis habilidades folletiles.
Quiero decir, cuando un hombre, ya sea un colega, un familiar o directamente un profesional, nos pinta la casa, nos monta un mueble o nos instala cualquier aparato tecnológico, estamos realmente agradecidas y en consecuencia, alabamos vuestra pericia. No obstante, ante tal despliegue de adulaciones, vosotros os limitáis a quitarle hierro al asunto como si no fuera nada y, sin más, os marcháis por donde habéis venido. ¿Os imagináis al fontanero diciéndoos algo así como «madre mía, reina, cómo te he desatascado la bajante, ¿eh? En tu vida habías sentido algo así, ¿verdad?»
Mi pregunta es, ¿por qué cuando hay orgasmos de por medio os comportáis como si vinierais de la guerra? Sólo es un parrús, no es como si hubierais descubierto la penicilina o conquistado Marte por vuestra cuenta. Queridos hombres del mundo, no es que yo sea una diosa del sexo precisamente, ni tampoco me considero la portavoz oficial del sexo femenino en cuanto a folleteo se refiere. Sin embargo, creo que hablo en nombre de la mayoría de las mujeres cuando os digo que el recuerdo del revolcón del siglo puede verse gravemente dañado si no dejáis de fliparos en voz alta una y otra y otra vez.
En serio, parad. La clave para seguir siendo el objeto de nuestras fantasías está y siempre estará en mantener el misterio, no en creerse un actor porno en potencia.
