Querido diario

La suerte no existe, son los padres

6 de la mañana de un lunes, mal augurio. Te despiertas con un dolor de cabeza de la hostia, menuda mierda de suerte la tuya. ¡Justo el día del examen! No pasa nada, se puede arreglar. Ibuprofeno y a la calle. «Me pones un café con leche para llevar.» Quema y mucho. Hoy el metro va con retraso, puta suerte. Por detrás pasa una señora que te empuja con su bolso tamaño “aquí entran mis nueve gatos”. Todo el café encima, y la muy cabrona no te pide perdón. «Me cago en mi suerte y en la señora de los cojones.» Al fin llega el puto metro. Intentas sacar los apuntes para repasar el tema doce, pero vas más apretado que una sardina enlatada. Misión imposible. Es tu parada, bajas corriendo. Vas diez minutos tarde, este es el sprint de tu vida. ¡Bien! Aún no ha empezado el examen, tienes unos minutos para echar un vistazo general al tema doce. Sacas la carpeta y… Un momento. En letras grandes pone Sociología Política, pero el examen es de Derecho de la Información. Sí, te has equivocado de carpeta. «¿Hoy me ha mirado un tuerto o qué cojones pasa?» 8 en punto. 8 y cuarto. 8 y media. Ya podéis entrar al examen. No hay nervios, no hay dolor, tú puedes con todo. “Derecho de la Información. Tiempo de realización: 1 hora y 30 minutos. No se permite material adicional. Tipo de examen: desarrollo de un tema. Tema 12: Regulación de los derechos fundamentales y la comunicación.” Sí, has leído bien. El fatídico tema 12. «¿Quién está haciendo vudú conmigo? ¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¿Me corto las venas o las dejo largas?». Pues va a ser verdad, los lunes no vaticinan nada bueno.

Nos pasamos toda la vida culpando a la mala suerte de nuestras caídas y recurriendo a la buena suerte para justificar el éxito, como si fuesen las titiriteras de nuestro destino. Lo que la historia anterior esconde es que el dolor de cabeza se debe a que durmió una hora y media por estudiar todo el día antes, que el metro se paralizó porque había una tormenta digna de película rollo “Lo Imposible”, que la señora apartó a nuestro amigo porque estaba en la boca del metro impidiendo el paso y no escuchó sus siete “perdona” porque tenía los cascos a todo volumen, que la carpeta de Derecho de la Información estaba en otro compartimento de la mochila, que el profesor envió un correo una semana antes avisando de que el examen se atrasaría una hora, y que por estudiar todo a última hora pasó del tema 12 como de comer mierda.

El sentimiento de mala suerte es adictivo, todo parece ir a peor y cada uno de los caminos que nos depara la vida se vuelve negro. Te transformas en un imán que, en vez de arrastrar mala suerte, atrae negatividad. De pronto eres el actor secundario de la película, impotente ante las desgracias que el director ha preparado para ti.

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La “filosofía de Ross Geller” es tremendamente peligrosa. Empiezas culpando a la mala suerte de las pequeñas cagadas de tu vida hasta que la indiferencia acaba dominándote. Total, si todo lo que te pasa es culpa del destino, de la suerte o del karma, ¿para qué intentar cambiarlo? Es más cómodo conformarse y no hacer nada. Seamos positivos, podría ser peor, podrías ser médico residente en el hospital Seattle Grace y, fuera de bromas, siempre hay una alternativa mejor: intentarlo. Puedes quedarte en la cama evitando las desgracias del azar y observando como tu historia se convierte en un aburrido capítulo interminable sin chicha ni limonada, o puedes salir a la calle arriesgándote a llevarte las hostias que te van a convertir en alguien indestructible. Debes vivir la vida, no sobrevivirla.

La felicidad no se consigue con buena suerte, el éxito no depende del azar, y la autoestima no es cosa del destino, son el resultado de sacrificio constante. A veces tendrás bajones, y será entonces cuando el esfuerzo cobre importancia. Si retrocedes que sea para encontrar impulso, porque las flechas solamente pueden ser disparadas si se coge fuerza desde atrás.

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3 razones para mandar a la mierda a la suerte

Si sigues aferrándote a la suerte como si se tratase de un pack de bragas del mercadillo a 1 euro, presta atención.

  • Vemos lo que queremos

Cuando adoptas la filosofía de la mala suerte, inevitablemente llegan a tu mente todas las experiencias desagradables que has vivido y, sin darte cuenta, omites las vivencias alegres. Nuestra atención se centra en los aspectos que queremos focalizar, y si por narices el mundo está en tu contra, vas a dejar en segundo plano esos momentos de felicidad que habitan en tu memoria y que, seguro, no son pocos.

La solución es tan simple como rescatar las gafas de la objetividad y hacer más caso a los aspectos positivos de nuestra vida.

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  • Locus de control

El locus de control es un término psicológico creado para explicar quién lleva los hilos de nuestra vida. Un locus de control interno significa que somos los responsables de nuestros éxitos y fracasos, pero un locus de control externo implica que éstos no tienen ninguna relación con nuestro comportamiento. Solemos mantener un locus de control interno con los éxitos y un locus de control externo con las desgracias, el típico “he aprobado vs. me han suspendido”. Muy relacionada con el locus de control está la “estabilidad”.

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Al atribuir la causa de los problemas a la mala suerte es inevitable sentir impotencia y desesperación por la inevitabilidad de los fracasos. Recuerda que siempre tenemos la última palabra, y aunque no podamos evitar algunas desgracias, sí está en nuestra mano afrontarlas con energía. Céntrate en todo aquello que sí depende de ti y coge el volante de tu vida.

  • Fueron felices y comieron perdices

Cuando vivimos una buena racha nos aferramos a ella, como si fuese a durar eternamente. Por desgracia no somos los protagonistas de una película de Disney, y de princesas solo tenemos los tacones –algunas como yo ni eso–. Creamos en nuestra mente una realidad paralela rollo Interestellar, donde el tiempo no pasa y todo permanece estable, hasta que de repente la fiesta termina y nos quedamos con la copa a medio acabar y cara de gilipollas.

La vida es como una montaña rusa, las fases se van turnando, aunque queramos aferrarnos a la eternidad de lo bueno. Incluso dentro de las rachas nos encontraremos con pequeños alicientes que nos pueden dar un golpe de realidad, y es que sería imposible disfrutar de los momentos felices si no existiesen los días tristes. La clave es hallar la felicidad en los malos momentos, porque suelen ser los que nos hacen más fuertes.

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La suerte no existe, es solo el azar descojonándose de nosotros.

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