Últimamente siento que me paso el día pidiendo perdón por ser gorda y empiezo a estar un poco hartita.

Al principio sentía que tenía que pedir perdón porque realmente era mi culpa, porque era una osada y una atrevida y pretendía hacer planes para los que no valía o estaba preparada; o simplemente no encajaba.

¿Cómo es posible que pretenda tomarme unas cañas con mis colegas en una terraza? ¿Cómo tengo el descaro de pretender ir vestida igual que mis amigas en Carnavales? ¿A quién se le ocurre ir a tomarse la tensión al centro de salud? ¿De verdad pensaba que el rollo hippie riñonera era para mi?

Y lo más chungo de todo es que me lo creía. Que sentía que tenía que pedir mil perdones por no encajar en los estándares de tamaño que la sociedad impone.

Pero se ha acabado.

No tengo que pedir perdón porque en tus sillas de Mahou cochambrosas no me entre el culo.

No tengo que pedir perdón a mis amigas porque no me valga la falda de tutú del chino a dos euros a juego con las alas de mariposa.

No tengo que pedir perdón porque no me entren las rodillas en un autobús y tenga que ir de lado.

No tengo que pedir perdón a la señora que se sienta a mi lado en el metro porque mi culo roza con el suyo.

No tengo que pedir perdón al señor que reparte los monos para jugar al paintball porque tiene que desenpolvar aquel mono que compró por si algún gordo aparecía.

No tengo que pedir perdón a la azafata del avión cuando le pido el extensor. (Sí, chicas, hay extensores en los aviones para todas aquellas a las que no os cierre bien el cinturón)

No tengo que pedir cuando necesito pedirle a alguien que se retire un poco porque mi culo y yo no pasamos entre esas dos sillas divinas en el bar de moda.

No tengo que pedir perdón porque ocupo mucho espacio en la cama.

Está claro que no tengo un cuerpo normativo, que mis curvas no son las de las Kardashian, que soy realista y no vivo en los mundos de Yupi (aviso para todos los que vengáis a preocuparos por mi salud); pero es que ya está bien de que la sociedad me haga sentir culpable porque alguien haya decidido que los asientos de Ryanair midan 43 centímetros de ancho en vez de 67.

A la única que me tengo que pedir perdón es a mí, que llevo años castigándome por ser como soy sin pararme a pensar que quizá ese castigo sea realmente el que me impida cambiar lo que no me gusta de mi. Porque está claro que solo podemos conseguir lo que nos propongamos desde el respeto y el amor a uno mismo y castigándome de esa manera no voy a conseguir nada.

Así que ya está bien, basta de avergonzarse y de pedir perdón.

Que tu culo no entre en Zara no significa que no sea estupendo y maravilloso. Tienes el mismo derecho que tus amigas a disfrutar del mundo y a comértelo aunque engorde.

Sal a la calle, pide una silla de dentro si no entras en la de la terraza, cómprate dos tul del chino y empálmalos, viaja todo lo que puedas, en coche, en avión y en tren. Y quéjate. Quéjate porque las delgadas también rompen sillas, porque los altos tampoco entran en el autobús; pero sobretodo, quéjate cuando te juzguen por la talla de tu pantalón.

Imagen de portada: How to be single