Creo que una parte de mí sigue teniendo diez años cada vez que escucho las palabras “educación física”. Ahora soy madre, tengo un hijo de 7 años que es puro nervio, y cuando me dice que su asignatura favorita del cole es la Educación Física, os juro que me da un vuelco el estómago.

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Cuando te has criado sintiéndote como una niña gorda, pues cuesta creer que tu propio hijo pueda disfrutar algo que tu odiabas. Y sí, he dicho bien: me sentí gorda. Porque ahora de adulta veo mis fotos con diez u once años y no sé dónde estaba esa gordura. Supongo que en la boca de los adultos que me lo decían.

De los 10 a los 15 años, mis padres me llevaron a un endocrino que me puso a dieta. Porque, según los médicos entendidos en la materia, era muy bajita y tenía que adelgazar para crecer. Parece ser que en los años 90 no se tenía en cuenta la genética, porque mis padres no son precisamente altos. Entonces, ¿cómo pretendían que yo lo fuera?

Diagnóstico: La niña está gorda, pues fuera las galletas, el colacao, las chuches, el pan… Todo lo que nos gusta a los niños, vamos.

 

En serio, tendríais que ver mis fotos con esa edad… ¡Gorda estoy ahora! Pero no lo estaba con diez años.

El caso es que cuando creces pensando que estás gorda, que eres torpe, que eres lenta, que eres una vaga, pues lo que menos te apetece es ponerte un chándal para disfrutar de una divertida clase de gimnasia.

Recuerdo lo mal que lo pasaba. Recuerdo tirar de la camiseta hacia abajo todo el tiempo para que no se me vieran los michelines (que no tenía), levantar los brazos en un ejercicio era un suplicio.

Y qué deciros de cuando había que hacer dos grupos para jugar al balón prisionero. Siempre me elegían de las últimas. Yo pertenecía al grupito de las que nadie quiere en su equipo. Además del miedo que yo pasaba a recibir un balonazo. Que también os digo, que te dieran con el balón significaba que estabas eliminada, así que a veces hasta me dejaba dar aposta para retirarme del juego, mientras rezaba para que el impacto no fuera muy doloroso.

Correr por el gimnasio, otro infierno. Yo notaba cómo me ardía la cara. Cómo me pesaban las piernas. Cómo la camiseta empezaba a pegarse al cuerpo. Y mientras intentabas recuperar el aire, había compañeros que todavía tenían energía para dar dos vueltas más, mientras tú morías en la primera.

Y después estaba el terror definitivo: el test de Cooper. Yo lo recuerdo como los doce minutos de más miedo y vergüenza de mi vida.

Estoy segura de que sabéis lo que es: una prueba que consistía en correr durante doce minutos seguidos mientras medían tu resistencia física y, de paso, te exponían públicamente a las burlas de tus compañeros cuando llegabas al final sin aliento, si es que conseguías llegar…

Todavía recuerdo la semana previa al dichoso test. La ansiedad. Los cálculos mentales de si llegaré a los 12 minutos o me quedaré en el minuto 9. Ojalá estuviera enferma, pensaba. De hecho, algunas veces fingí estar enferma para no ir ese día al colegio. Pero la hija puta de la profesora de gimnasia, nos hacía el test al día siguiente, y eso era peor, porque estabas tú sola porque tus compañeros ya lo habían hecho el día que faltaste. Eso si que era una humillación.

Supongo que solamente las que hemos sido niñas gordas en los 90 sabemos la humillación que supone el puto Test de Cooper.

¿De verdad era necesario someter a los niños a esa presión? Yo espero y confío en que ya no se haga eso en los colegios.

Me acuerdo mucho de esa niña que fui, a la que jamás se le valoró las buenas notas que sacaba en Lengua y Literatura, pero se la machacaba por no ser buena en deportes. Esa niña que fingía atarse las zapatillas para quedarse atrás y descansar unos segundo mientras sus compañeros seguían corriendo. En la que se ponía en última fila para pasar desapercibida en el calentamiento de la clase de gimnasia.

Y también pienso en cuántas niñas seguirán sintiendo exactamente lo mismo en la actualidad. Niñas que ya están aprendiendo a odiar su cuerpo antes incluso de entenderlo.