Cuando llegamos a cierta edad se nos atribuyen comportamientos y formas de vivir que en el mundo actual se entienden como los adecuados. A medida que cumplimos años, se sobreentiende que tus metas y objetivos, van cambiando. Los que se van cumpliendo pasan a ser logros, avances o tareas cumplimentadas que han de realizarse. Sacarte la carrera, aprobar el carnet de conducir, echarte novio para luego casarte, formar una familia, dejar de salir por la noche, para dar paso a los planes de día porque –tía es que la noche a mí ya me aburre-. Un sinfín de reglas dadas por el paso de los años, que no están escritas, pero todos parecemos conocer. Damos por hecho que es lo correcto, lo suyo.

Parece que hasta los 30 años, tienes el beneplácito de la sociedad para confundirte. Confundirte de novio, confundirte de estudios, confundirte de amistades, te puedes liar con la moda, vestir con colores que no casan, llevar zapatos de plástico, bolsos que no sean de piel. Pero ¡ay cuando llegas a los 30!

A partir de ese hito, ya hay tres bloques definidos, pero no escritos. El primero sería de los 30 a los 40, con las cosas ya claras y teniendo más que diáfano lo que se quiere y lo que no (afortunados ellos y ellas que lo consiguen) debes afianzarte en tu profesión, estabilidad sentimental, gusto por la ropa ya tendiendo al clasismo y hobbies más o menos apropiados para gente de tu edad. Otro bloque se sitúa en torno a los 40-50 años, en esta nueva etapa de tu vida, los éxitos a cosechar deben ir siendo enfocados hacía la familia. El objetivo es formarla, tu familia, donde tú pasas a ser el responsable de un ser humano (o varios) que previamente has acordado con esa pareja que ya has formado en el bloque anterior. En tu trabajo (que debes tener hace años por supesto) debes ir consiguiendo ascender y dejar atrás las cañas al salir de trabajar, los karaokes de navidad y cosas del tipo “dejar el coche en la estación de tren para poder ir en transporte público al centro y poder beber”. Y por último está el bloque de los 50 para arriba, aquí ya solo debes de relajarte y disfrutar de la vida. Esa vida que has construido en los bloques anteriores. Debes tener un buen sueldo, una buena casa, un gran coche y por supuesto una familia de anuncio, para poder tener una gran vida. Viajar, esquiar, comprar artículos de colección, ser un melómano de la música buena, ir a conciertos exclusivos y rodearte de gente que esté en tu mismo estatus social, para poder compartir todo lo anterior. No vaya a ser que tengas un amigo en paro o que no ha conseguido lo que debería y te chirríe tu perfecta vida.

¡Viva Fernanda!

¡Viva Fernanda!

Pues bien, como toda regla, existen excepciones. ¡Y qué buenas son éstas! Tanto que hacen que nuestro cerebro correctamente estructurado despierte ante la noticia de una señora de 94 años que ha conseguido completar sus estudios universitarios de Química. Esta señora, ya era una excepción de joven, cuando allá por el año 1941 era una de las cuatro estudiantes universitarias de su facultad. Recordemos que hablamos de una España muy diferente a la actual, una España de postguerra, donde ni había dinero para estudiar, ni derecho al voto por ejemplo. Una España donde había eso que ahora tienen otros, hambre y necesidad, mucha necesidad. Y no solo unos pocos, sino la inmensa mayoría de los españoles. Las circunstancias hicieron que tuviera que abandonar sus estudios, sin poder finalizarlos. Pero las ganas de acabar lo que empezó, el orgullo que el conocimiento te proporciona y una mente sin barreras preestablecidas, consiguieron que hoy hablemos de ella.

Se llama Fernanda Pozo Carreño, es de Murcia y cuando se suponía que ya no debía tener metas, ni objetivos, ni sueños, tuvo todo eso y mucho más. Tuvo orgullo y decisión, ganas e ilusión. Y todo eso se recompensa. Felicidades Francisca y sobre todo gracias. Gracias por reafirmarme en que la vida no es cuestión de edad, ni siquiera de tiempo invertido, sino de ganas e ilusión.

Laura Rodríguez Bolarin