Hacía cinco años que no lo veía, pero esos ojos azules no habían cambiado. Me  miraba como la primera vez, fascinado e ilusionado. Aún recuerdo aquella  primera vez, debajo de aquel puente en Dublín, cómo nos tapábamos con un  abrigo para que esos roces inocentes e infantiles no se viesen desde  fuera… Nostalgia es la palabra que definía lo que sentía. Lo que sí había  cambiado era la chispa de lujuria que podía ver en el fondo de sus ojos cada vez  que nuestras miradas se cruzaban en el ascensor.  

En ese momento me rozó el brazo con delicadeza para indicarme el camino a la  habitación, delicadeza que se iba a quedar fuera de la cama. Dentro de las cuatro  paredes del hotel de Ámsterdam no había sitio para perder el tiempo. No  sabíamos cuando volveríamos a estar en la misma habitación, en la misma  ciudad, o en el mismo país.  

Empezó a desnudarme, como si mi ropa quemase en sus manos, rápido pero  seguro de lo que hacía. Ya no había vuelta atrás, ese momento tan esperado había llegado. Cuando fue a quitarme el sujetador no lo desabrochó, empezó a  subirlo mientras besaba y mordía mis pezones y yo instintivamente levanté los  brazos. Aprovecho ese momento para deslizar con firmeza el sujetador y atarme  las manos por encima de la cabeza. Así le gustaba tenerme, desnuda, atada y  dispuesta para él.  

De un bocado arrancó el tanga que había comprado para esa noche, aun  sabiendo lo que el destino le deparaba. Mordió cada centímetro de mis muslos,  parando en la entrepierna, saboreando cada milímetro de mi. Yo me dejé hacer,  la excitación de saber lo que venía a continuación era equiparable a lo que su  lengua me hacía sentir al presionar y succionar mi clítoris.  

Con las manos aún atadas sobre mi cabeza abrí las piernas aún más, y le sujeté  la cabeza. Necesitaba tenerlo más cerca, sentirlo mejor, y él lo sabía. Aumentó el ritmo, que intercalaba con ligeros pellizcos en los pezones haciendo que me  retorciese y mordiese mi labio inferior. Entonces, en ese caos de sensaciones me penetró. Con fuerza, ya me conocía y sabía que la sutileza no iba conmigo.  Nos necesitábamos, necesitábamos  notar cada rincón del otro. Solo teníamos esa noche, y no queríamos que nada  nos separase…La conexión era tal que a las pocas embestidas una corriente  empezó a extenderse por mis piernas, haciéndome retorcer incluso los dedos de  los pies. El éxtasis del orgasmo.  

Con él siempre era así, solo necesitaba sentirlo dentro y que me susurrase mi  nombre para correrme. Cada reencuentro, da igual el rincón del mundo en el que  estemos, asegura una noche de placer.  

Empezó a acelerar el ritmo, y vi cómo se mordía el labio, esa era la señal, era el momento de hacerlo mío. De un empujón lo tiré a la cama y me subí a  horcajadas. Comencé a mover las caderas en círculos, siguiendo un ritmo natural  para nosotros. Él me cogió y apretó con fuerza. Decir que me sentía llena es una buena forma de explicar el momento. Continué con fuerza, aumentando el ritmo,  sabiendo la explosión de placer que estaba a punto de hacerle sentir.  

Cerró los ojos y gruñó, gutural, salvaje, sin cohibirse. Apretó aún más si puede  su polla dentro de mi, su respiración empezó a entrecortarse, y ahí llegó. Un  gemido de puro placer. Se dejó llevar, lo noto, y yo no paré. Lo hice mío un poco  más y cuando vi que dejaba de estar tenso y se relajaba me dejé caer encima  de él.  

Con la respiración entrecortada, sudados y satisfechos cerramos los ojos. Sé que cuando los abra él se habrá ido, estaré sola en esa cama que huele a sexo.  Solo me quedará esperar al próximo reencuentro…

 

Cristina Soria

 

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