«Ojalá pudiera viajar en el tiempo».
Eso es lo que pienso mientras miro a Miguel, mi marido, tumbado a mi lado en el sofá, bebiéndose su lata de cerveza y rascándose la panza, que le cuelga por encima del pantalón de chándal. La camiseta, a pesar de ser de su talla, le queda ombliguera y le hace parecer una Spice Girl algo más fofa. El resultado es una tripa peluda y colgandera que asoma de forma sempiterna entre sus ajadas camisetas y sus pantalones cedidos y llenos de pelotillas.
Hace años que no lo veo igual que antes, pero es que él tampoco pone de su parte. Se ha dejado por completo y en todos los aspectos: ya no se arregla, y tampoco se cuida, no me mira como lo hacía antes, no me mima, no me abraza y casi ni siquiera me besa.
A veces me pregunto si me seguirá queriendo, ya que parece que su mayor amor es la lata de cerveza que sostiene, día tras día, entre sus manos.
Ojalá fuera el mismo Miguel que cuando nos conocimos: atento, detallista, cariñoso y un poco payaso; pero de eso hace ya casi veinte años. Recuerdo ese día y una sonrisa se asoma entre mis labios.

Creo que Miguel malinterpreta mi sonriente mirada cuando me observa por encima de su lata medio vacía.
—¿Qué pasa, Marta? Me estás devorando con los ojos —bromea.
Ojalá me lo estuviera devorando con los ojos. Ojalá él fuera el que me devorara a mí, con los ojos o con lo que fuera.
Suspiro.
—Nada Miguel, sólo estoy recordando el día de nuestra primera cita —vuelvo a suspirar. Ya no estoy sonriendo.
—¡Qué guapa estabas con ese vestido rojo! –exclama. Ahora es él quien sonríe.
—¡Oh, te acuerdas! —estoy francamente sorprendida.
—¡Como para no acordarme! Desde el primer momento en que te vi, supe que eras para mí.
Si no fuera por el tedio y monotonía instaurada en nuestras vidas, o por lo desilusionada que me hace sentir a diario, esas palabras habrían derretido mi corazón congelado; pero en lugar de ello me parecen una cruel broma del destino.
—Ojalá pudiéramos viajar en el tiempo… —suspiro y abro los ojos como platos cuando me doy cuenta de que esta vez lo he dicho en voz alta.
Miguel se levanta del sofá y, sin decir ni una sola palabra, suelta la lata de cerveza sobre la mesa y sale del salón.
Todo el peso de mis palabras me aplasta contra el sofá y me siento mal por haberle ofendido. Pero mi orgullo me impide salir tras él.
Orgullo. Hablo de mi orgullo, pero no es el mío el que ha sido herido hoy. Es eso, ¿verdad? Por eso no ha dicho ni una palabra.
Minutos después, Miguel reaparece por la puerta del salón, cargado con una tela roja entre los brazos.
—¿Qué tal si te lo pones y vamos a cenar al chino? «El Jardín oriental» hace tiempo que lo cerraron, pero podemos ir a cualquier otro —deposita mi vestido rojo con mimo y cuidado sobre mi regazo y yo me quedo boquiabierta, pasando la mano por la suave tela.
No sé qué decir. Tengo un nudo en la garganta, y las lágrimas amenazan con desbordar de un momento a otro.
—No será como viajar en el tiempo, pero podemos recrear esa noche. Creo que hay un autocine por aquí cerca —añade, al ver que no le respondo.
Las lágrimas empiezan a resbalar por mis mejillas y me siento como la peor persona del mundo.

—¡Ey! No llores cariño… —me seca las saladas gotas con sus pulgares—. A ti por lo menos te sigue cabiendo ese vestido… Yo mejor no intento meterme en la ropa de hace veinte años —bromea—. Pero prometo intentar cambiar un poco, ¿vale?
Lo observó de arriba abajo, engalanado con sus mejores ropas, esas que hace años penden de la percha de su armario con la etiqueta aún prendida, y él acuna mi cara entre las manos justo antes de depositar un tierno beso en mis labios.
Sonríe lastimeramente, consciente de aquello que ha estado a punto de perder por no ser capaz de cuidarlo como se merece.
Y yo le devuelvo la amarga sonrisa dándome cuenta de lo que he estado a punto de mandar a la mierda por llevar años sin tener una conversación como dios manda.
Ninguno es más culpable que el otro y quizá Miguel no sea el hombre perfecto, pero es mi Miguel.