Para muchos, la adolescencia es una época maravillosa, incluso algunos dirían que fue una de las mejores etapas de su vida. Seguramente a muchas de vosotras se os haya dibujado una sonrisa en la cara mientras rememoráis algunos momentos de vuestra época del instituto. Primeros amores, diversión, amigos, libertad, ausencia de preocupaciones… Y así debería ser. Sin embargo, para mí la palabra «adolescencia» encierra todo un mundo de traumas y conflictos, que me hacen recordar aquella etapa vital como una pesadilla.
Y es que, si me paro a pensarlo, no encajaba en el molde en ninguno de los sentidos posibles. Desde pequeñita, mi cuerpo no se ajustaba a los cánones de belleza imperantes en nuestra sociedad; nunca he sido una chica delgada, ni alta, ni guapa, ni femenina. Decir que sufría bullying sería quedarse corta. No tenía muchos amigos y desde el colegio los niños se metían conmigo por mi peso, por mi forma de vestir o por cualquier otra cosa que se les ocurriera. En el instituto aquellos insultos dieron paso a las agresiones físicas y al aislamiento, ya que muchas personas me dieron de lado por miedo a las represalias y me quedé sola. Mi día a día era soportar en soledad que me llamaran gorda, bollera de mierda y lindezas por el estilo mientras me daban collejas, me escupían y me tiraban de todo.
Por suerte, mis padres accedieron a cambiarme al centro al que iba María, mi única amiga y, aunque no fuimos a la misma clase, todo empezó a cambiar para mí. Aquel nuevo instituto fue un punto de inflexión en mi vida. Hice nuevas amigas, todo el mundo parecía aceptarme tal y como era y, por fin, encontré ese sentido de pertenencia que todo adolescente busca. Sin embargo, como se suele decir, aquella tranquilidad sólo era la calma previa a una gran tormenta. Por aquel entonces tuve algún que otro noviete, pero en el fondo nunca me terminaban de gustar del todo y no sentía ese cosquilleo del que tanto hablaban mis amigas. Aunque no quería aceptarlo porque sabía que aquello me traería muchos problemas y pondría mi vida patas arriba otra vez, tuve que rendirme a la evidencia. Me gustaban las chicas.
Después de callar durante un tiempo, decidí confesarle muerta de miedo mi homosexualidad a mi amiga María que, como siempre, me transmitió mucha tranquilidad y comprensión. Lo que no me esperaba es que esa misma naturalidad con la que mi amiga se lo había tomado, no iba a encontrarla en mi propia familia, que me haría sentir tan mal y fuera de lugar como mis antiguos compañeros de instituto. Pasaron algunos años hasta que me armé de valor y di el gran paso de sincerarme con mi madre. Al principio se limitó a preguntarme si estaba segura, que igual eran solo dudas, que muchas personas confunden sus sentimientos. Cuando le aseguré que estaba muy segura de mi orientación sexual y que ya había tenido parejas de mi mismo sexo, montó en cólera. Me dijo que estaba enferma, que le daba asco y que ni si me ocurriera contárselo a nadie. ¿Cómo una madre es capaz de decir cosas semejantes a su propia hija?
Finalmente, mi madre me echó de casa. Me dijo que hasta que no me quitase esas tonterías de la cabeza no me quería allí, que cuando estuviese dispuesta a cambiar se lo dijera, porque había personas que podían «ayudarme con mi problema». Durante unos días estuve viviendo en casa de mi amiga María porque obviamente ni se me pasó por la mente acceder a esa especie de pseudoterapia homófoba. Cuando la madre de mi amiga vio que la mía no daba su brazo a torcer, la llamó y trató de hacerle ver que estaba cometiendo un gran error y que, además, me estaba causando un daño terrible. Ella se echó a llorar, diciendo que yo era una egoísta por no querer tratarme ni poner de mi parte para cambiar, que se había llevado el disgusto de su vida. La madre de mi amiga le recriminó su actitud y le dijo que tenía dos opciones, o aceptarme como era, porque a pesar de su enfado yo no iba a cambiar, o rechazarme y perderme, pero que aún renegando de lo que yo era, seguiría siendo homosexual.
Parece que aquellas palabras surtieron efecto en ella, porque a los pocos días pudimos hablar en persona y se disculpó, a pesar de que seguía sin comprenderme. Me prometió que me iba a respetar y me pidió que volviera a casa. Durante mucho tiempo la situación no mejoró demasiado e incluso volvió a sugerirme ir a terapia, pero la vida me había hecho valiente a golpes y yo no me amedrenté; cuando tuve edad y recursos suficientes para independizarme, me fui a vivir con mi actual pareja. Obviamente, fui la vergüenza de mi familia una vez más, pero no me importó, porque era libre y era feliz. Tuvieron que pasar algunos años hasta que pareció tolerar mi orientación sexual y empezó a interesarse por mi vida y por mi pareja como una madre normal. A día de hoy sigo sin saber muy bien qué le llevo a terminar por aceptar mi relación, pero poco a poco fuimos estrechando lazos y cuando quise darme cuenta, pasábamos algunos fines de semana haciendo planes las tres juntas.
Supongo que divorciarse finalmente de mi padre y verse sola, tuvo algo que ver. Sea como fuere, ¿qué mas da? Me alegro de poder tener un tipo de cercanía con mi madre como nunca antes lo había tenido.
*Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.

