Me quedé embarazada sin querer, esa es la verdad.

Mis hijos son fruto de ese pequeño porcentaje en el que un condón puede fallar. No sé si estaba en mal estado, si se rompió al ponerlo… qué más da. El caso es que falló, que me di cuenta de que tenía una falta y que me hice un test de embarazo en el baño del trabajo, asustadísima. Tenía mucho miedo por muchos motivos, pero lo que más me aterraba era la reacción de mi novio.

Porque la palabra ‘novio’ le venía muy grande. Sería más exacto decir que era el tío con el que me acostaba. Del que tenía un enganche brutal, aunque no se lo merecía, y al que quería con todo mi ser, aunque no me correspondía. Yo para él no era nada, pero no lo quise ver hasta aquel día en que le dije que estaba embarazada. He oído muchas historias de hombres que dudan de la paternidad de sus hijos, pero nada me preparó para escucharle decirme que yo sabría de quién era. Si él siempre usaba preservativos, imposible que fuese suyo. ‘A mí no me vas a liar con ese truquito tan viejo, ve a probar si te cuela con otro’, añadió a modo de puntilla final.

No le volví a ver en años, ni falta que me hacía. Por mí, ojalá se hubiera ido del país para no tener que encontrármelo nunca más.

Si bien es cierto que al principio no pensaba así. Durante un tiempo deseé que recapacitase. Que se hubiera preocupado tan siquiera de saber qué había hecho. Si había seguido adelante, si había interrumpido el embarazo. Si seguía viva, si era padre o no. Nunca preguntó y ahora sé que es lo mejor que pudo haber hecho por mí y por mis hijos. HIJOS en plural, porque, mira la puntería, no buscado y encima gemelar.

Decidí continuar con el embarazo y encarar mi doble maternidad en solitario. No tenía ni la más mínima idea de lo duro que iba a ser, porque lo fue. A pesar de que mi familia me ayudó todo lo que pudo, la realidad era que me sentía total y absolutamente desbordada. Me costaba asumir que les necesitaba, que no podía con todo yo sola. No obstante, cuando los niños tenían como unos ocho meses y no pude postergar más la vuelta al trabajo, me mudé a un piso situado más cerca de mis padres. Y eso no solo me ayudó a conciliar y vivir un pelín más tranquila, también hizo que le conociera a ÉL.

ÉL era el vecino de enfrente. Un chico algo más joven que yo, que vivía solo y con el compartía el rellano y las paredes del salón y la cocina. Nos habíamos saludado cuando habíamos coincidido en el portal, pero no habíamos intercambiado más que dos palabras hasta un día en que nos cruzamos cuando yo salía del ascensor, con los niños berreando en el carro, y él entraba en el portal.

Eran las cuatro de la mañana. Él debía de venir de fiesta, muy guapo con unos chinos beige y una camisa blanca que le quedaba como un guante. Yo llevaba varios días sin lavarme el pelo recogido de cualquier manera en lo alto de la cabeza, y me había puesto una gabardina por encima del pijama. Si se fijó en mi aspecto, no me enteré. Me limité a hacer un asentimiento cuando me dio las buenas noches y a salir a la acera mientras me sujetaba la puerta. Llevaba despierta casi 24 horas y sacarlos a pasear en la silla era ya mi último recurso para conseguir dormir un rato.

No estoy muy segura de si volvimos a coincidir, lo siguiente que recuerdo fue el domingo en que unos nudillos llamaron a mi puerta a las 6 y media de la mañana. Cuando le vi por la mirilla, mientras sostenía a uno de los gemelos en un brazo y sujetaba el carro en el que estaba el otro, pensé que venía a montarme un pollo por la escandalera. Justo en ese momento estaban calmados, pero llevaban una hora y pico que, cuando no lloraba uno, lo hacía el otro. Abrí sin importar mis pintas de madre soltera insomne y, antes de que dijera nada le solté, de muy malos modos, que sentía mucho que le hubieran tocado unos vecinos de nuestro calibre, pero que era lo que había y que se tenía que joder. Así, más o menos.

Solo después de soltarle la parrafada me fijé en que él estaba vestido de calle y medio sonreía y todo. Veréis, no venía a protestar. Venía a darme un respiro, me dijo. Y yo me quedé tan loca que me tuvo que explicar dos veces lo que pretendía, porque yo no lo terminaba de procesar. ¿De verdad se estaba ofreciendo a encargarse de los niños para que yo me duchara y desayunara o me tumbara a dormir un poco o lo que quisiera? ¿Perdón?

Estaba desesperada, cierto, aunque no al punto de meter a un extraño en casa y dejarlo al cuidado de mis hijos. Mi vecino pareció comprender mis dudas, así que, unas horas más tarde, se plantó de nuevo en la puerta con un táper de comida para mí.

A ese le siguieron otros, según él, porque si era con eso con lo que me podía ayudar, lo hacía encantado. Y no sé… uno de los días el táper parecía demasiado grande para una sola persona, por lo que le dije que comiera conmigo. Y él no comió, en realidad, sino que se puso a jugar con los niños mientras yo comía y le miraba con cara de ¿esto es real?

Al día siguiente acepté su ayuda y me di una larguísima ducha mientras él los vigilaba. Y al finde siguiente me permití ir al supermercado mientras él los columpiaba en el parque de enfrente. Me había tocado la lotería con ese vecino. Un vecino que ya consideraba amigo. Un amigo que, con el tiempo, terminó siendo algo más. Amigo, amigo especial, novio, compañero de vida y, justo el mismo mes que pasamos por el altar, se convirtió también de forma oficial en el padre de mis hijos. Unos niños que, ahora que ya son mayores, y saben cómo hemos llegado hasta aquí, lucen con orgullo el apellido de quien para ellos es el mejor padre del mundo.

 

 

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