¡Hola chicas! Soy consciente de que algunas pensarán que esta es una historia más de infidelidad. Para otras sin embargo, será una historia de empoderamiento y libertad. Sea como sea esta es mi historia y me gustaría compartirla con vosotras.
La relación con mi marido hace aguas desde hace mucho tiempo. Personalmente, lo he intentado todo, desde ir a terapia, intentar corregir mis defectos, ser más abierta, ir al gimnasio, o hacer un retiro espiritual. Lo cierto es que mi marido es un fantasma que poco o nada veo, una aparición que aparece por casa por las noches para abrir los tuppers de la nevera, ir al baño en dónde permanece horas en su trono, y depositar la ropa sucia del pádel.
Hace años que creo que lucho contra una depresión o un estado de nostalgia crónico. A veces, me levanto por la mañana y me miro al espejo y solamente me encuentro defectos: mi pelo está cardado, tengo más manchas en la piel, estoy pálida y las caderas han cogido vida propia. Suspiro y vuelvo a empezar.
Una mañana sentada en mi oficina me llega un email, que me lleva a un enlace, y así a otro. De repente, me descubro a mí misma entregando una solicitud para un intercambio con la Universidad de Atenas, soy investigadora física. Por supuesto sabía que aquello no iba a ocurrir, pero aquel día decidí cambiar la secuencia de mis actos, como si eso no fuese suficiente para que algo extraordinario pudiese ocurrirme.
Llegué a casa y se lo comenté a mi marido, el cual me dijo – ¿Tú? ¿A Atenas? ¿Para qué? – Permanecí callada mirándolo desde la puerta de la cocina. Antes de casarme con él disfruté de becas internacionales y mis investigaciones llegaron a ser publicadas en revistas de interés. – ¿Cuánto te van a pagar? – me preguntó. Entonces, dejé de escucharlo y por primera vez en mucho tiempo, me centré en mí, en lo que mi cuerpo me estaba pidiendo. Esa noche compré una maleta por internet y una guía de Atenas.
El estrés fue aumentando a medida que se acercaba la fecha. Saqué mi ropa de verano y resulta que mucha de ella no me cabía. Salí un viernes a actualizar algunas prendas y otras las metí con esperanza de poder introducirlas en mi cuerpo de alguna forma mágica. Ese fin de semana pasó de todo, parecía un complot del universo para que no pudiese coger ese avión. Al final el domingo volé, con la ropa justa, la depilación sin hacer y mis pelos cardados.
Atenas resultó ser una ciudad mágica. Cuando bajé del avión me sentí inmediatamente atraída hacia el caos, el idioma, el bullicio y sus gentes. Aquella noche Atenas me regaló un espectáculo de luces, desde mi hotel podía la luz de la majestuosa Acrópolis y entonces sentí algo en mi pecho, era mi corazón que latía y ardía levemente. ¡Sentía ilusión de nuevo!
Mi entrada en la universidad no fue triunfal. Quise hacerme la moderna y deportista e ir caminando para contemplar el paisaje. Llegué toda sudada y con un sombrero encasquetado en la cabeza ¡que calor hacía! Me acerqué a la fuente de agua del patio e introduje mi cabeza para beber agua. Al poco tiempo me di cuenta de que una figura masculina me estaba mirando impresionado – ¡Tú debes ser la investigadora española! – me dijo. Entonces me sequé como pude y me dio la risa. Así conocí a Dimitrios, uno de los profesores de física que trabajaba en el mismo departamento y en cierta manera, mi supervisor.
Los días pasaron bastante rápido en Atenas. Resulta que conocí un grupo de mujeres fantásticas con las cuales divertirme en bares al salir de trabajo, comer y comer todo lo que nos apetecía y bailar. Creo que cogí unos kilos en Atenas, pero no me importaba. Intenté huir de Dimitrios desde el segundo día, cuando noté que una energía extraña se depositaba en mi estómago cada vez que se acercaba. Intentaba respirar y apartarme de él y de aquella energía extraña y exuberante que no sabía cómo controlar. Pero la vida tenía otros planes.
Dimitrios era un hombre grande y atlético, maduro. Tenía el pelo negro azabache y una sonrisa blanca cautivadora. Su cuerpo me resultaba muy atractivo, de moreno intenso y ropa apretada. Su mirada era profundamente respetuosa pero al mismo tiempo desprendía deseo, y eso impactaba en mí de una forma desconocida. No hacía falta hablarnos, la tensión era evidente. Me descubrí a mí misma pensando y fantaseando en sexo sin parar.
El último fin de semana nos fuimos entre todos a pasar un fin de semana juntos. Comimos, bailamos, reímos y vuelta a repetir. No me podía creer que en un par de días volvería estar de nuevo en mi rutina en Madrid, y que aquello iba a ser solamente un puñado de recuerdos. Dimitrios aquella noche se acercó, pero mi sentido del deber no me permitió continuar y dar rienda suelta a aquella pasión.
Cuando aterricé en Madrid me di cuenta de lo mucho que me había amado a mí misma aquellos días en Atenas. No había tenido tiempo para pararme a pensar en mis manchas ni en mis caderas. Me miré al espejo en el aeropuerto y me sentí fuerte y viva. Después pasé unas noches de mucha inquietud, no conseguía dormir, recordaba a Dimitrios, la música, el baile y sentía que mi mente se había quedado en Atenas.
Unos días más tarde, recibí un paquete en mi oficina. Dentro del paquete había una caja con una nota en la parte exterior que ponía “Open when alone” – ábrelo cuando estés sola. Ese día estuve excitada y deseando llegar a casa. Cuando por fin estaba a solas, abrí el paquete y vi una nueva nota que ponía “Stop juzgements. You are a beauty”. Dejemos de juzgar, eres una belleza. Entonces estaba segura que era un paquete de Dimitrios. Abrí el contenido de la caja y era un juguete sexual de última generación y de conectividad remota. Su teléfono estaba anotado y una nota que me decía que cuando estuviese preparada lo avisara.
Obviamente, ese día no me sentí preparada, pero mi cabeza no dejaba de fantasear en aquel hombre exótico que me deseaba de forma desenfrenada. Después de unos días sintiéndome invisible en casa, decidí contactar a Dimitrios por teléfono. Eso acabó en una llamada, en otra, y en hablarnos sin parar. Uno de esos días, me descubrí a mí misma en ropa interior en mi habitación, viendo mis curvas y mis pecas, contemplándome sin esconderme. Decidí abrir la persiana para que entrase luz, desnudarme por completo y verme a mí misma, sin tabú ni vergüenza. Recibí la llamada de Dimitrios y de repente me vi envuelta en una de las experiencias sexuales más increíbles de toda mi vida. Él estaba muy lejos, pero sentía que tenía a aquel hombre magnífico en mi cama, dándome todo el placer que había echado de menos durante tanto tiempo.
Dimitrios es un hombre inalcanzable y nuestra historia es imposible por muchas razones. Sé que fui infiel, aunque no en los estándares habituales, y sé que puedo ser juzgada por ello, pero no me arrepiento de haber vivido, de haber sentido, de haberme conectado con mi cuerpo y mis necesidades y de sentirme viva como novedad desde hacía mucho tiempo.
Desde entonces quiero mi pequeña Atenas, pero esta vez en Madrid. Por primera vez, me quiero a mí. Por Dalia.


