Hoy os vengo a contar la historia de Rosario (nombre real). Ella se casó hace décadas con un hombre serio con actitud autoritaria. Eran un matrimonio tradicional (en parte), pues él trabajaba fuera de casa y manejaba la economía del hogar y ella se encargaba de todos los asuntos de la casa. La diferencia con otros matrimonios tradicionales era que ella también trabajaba fuera de casa. Sin embargo, no tenía control ni acceso a las cuentas.
Sé que muchas diréis que si no tenía control era porque no quería y que tenía derecho legal, pero se habla muy fácil con el paso del tiempo, los avances en derechos y el desconocimiento de cómo es una relación de sometimiento. Por mucho que tengas derecho legal para ir al banco y pedir un extracto de tu cuenta, si has sido educada en el autoritarismo total y tu marido te ha convencido de que tú no tienes nada que ver ahí… Pues no miras.

Ella trabajaba en la limpieza y él cada vez reducía más su jornada laboral (al menos pasaba más horas en casa, porque lo que ocurría en realidad ella no podía saberlo, no era asunto suyo). Rosario sufría severos dolores de espalda, de piernas, etc., pero pasaba horas limpiando oficinas, escaleras y lo que surgiese para poder pagar la hipoteca.
Tras un montón de citas médicas le dijeron que, por un lado, tenía fibromialgia y sufriría dolores musculoesqueléticos sin previsión ni control y, por otro lado, que tenía un defecto en la cadera que debía ser operado de inmediato.
Ella ingresó y se operó. Pero al salir del hospital, el reposo que le recomendaron no pudo ser posible, pues todos esos días se habían acumulado las tareas en casa y no iba a estar sentada o tumbada mientras su marido comía bocadillos, debía levantarse a cocinar, fregar, etc.

Cada noche cenaban en la cocina con una lucecita a pilas puesta sobre la mesa, pues la luz de la cocina consumía muchísimo y los recibos de la luz eran prohibitivos. Ella hacía más de una década que no se compraba una prenda de ropa, que no gastaba en absolutamente nada que no fuera comida y productos de limpieza. Aun así, en los primeros días tras su diagnóstico, su marido le explicó que, o trabajaba más horas, o les quitarían el piso. Dijo que la hipoteca había subido y la subida de los recibos los había dejado en la cuerda floja. O buscaba un segundo trabajo o les embargarían.
Ella, tomando todas las pastillas que el médico le permitía y alguna más para soportar el dolor, trabajaba limpiando desde muy temprano por la mañana hasta que ya no había nadie por las calles. Eran muchas horas de dolor y esfuerzo. Pero ella lo hacía convencida de que era la única manera de poder quedarse con su piso, que con tanto esfuerzo e ilusión habían comprado.
Hace muy poco tiempo, el marido de Rosario murió de pronto. Ella, rota de dolor por la pérdida, afrontaba la nueva situación hundida en la pena y pidiendo ayuda a sus amistades para buscar una habitación en un piso compartido que ella con su sueldo pudiera pagar y ver si le daba tiempo de vender el piso antes de que se le acumulasen impagos. Si con sus dos sueldos y el de su marido no llegaban a fin de mes, ahora que estaba sola estaba condenada a malvivir.

Decidió acudir al banco por primera vez ella sola. Pidió hablar con el director del banco para ver qué estrategia podían trazar. Si ellos le podrían comprar el piso, si podría posponer un par de mensualidades hasta encontrar comprador… El director la miraba con una mezcla de ternura y pena. No entendía nada. Finalmente la interrumpió en su llanto y le dijo “Rosario, siento mucho lo que ha pasado, pero te ha quedado dinero de sobra para liquidar la hipoteca y vivir holgada el resto de tu vida, no sé qué es lo que te preocupa exactamente”. Ella, sin saber de qué hablaba, le dijo que no llegaban a fin de mes y que no podría pagar ni los recibos de luz, que eran más de 200 euros.
A aquel hombre le tocó el papelón de sacar a aquella mujer del mundo de mentiras y engaños que su marido le había construido.
Para empezar, jamás pagaron tales cantidades de luz, pero es que, además, su marido tenía una cuenta con más de 700.000 euros desde hacía años.
Ella creía que todo era un error, no podía llevar más de 10 años en dos trabajos totalmente esclavizada mientras ese señor que vivía a cuerpo de rey acumulaba semejante cantidad exagerada de dinero. El director estudió con ella la situación. Cuando la operaron de la cadera (justo cuando le dijo que debía buscar otro trabajo) él cobró una herencia enorme de un familiar lejano y abrió aquella cuenta. Desde entonces guardaba en aquella cuenta lo que iban ahorrando de sus sueldos cada mes. Pero es que poco después había ingresado un boleto de lotería premiado.

Aquel hombre alucinó al ver cómo Rosario transformaba en rabia y odio toda su pena y preocupación. Frustrada por toda una vida de penurias y engaños dijo que quería sacar todo el dinero para quemarlo. Lloraba de impotencia, de frustración… Llevaba toda la vida viviendo una vida casi miserable mientras aquel hombre acumulaba cientos de miles en una cuenta en su propio banco.
Una amiga de Rosario fue quien me escribió para pedirme que contase su historia (con su permiso) y me dice que ella siempre tuvo la sensación de que aquel hombre disfrutaba viéndola sufrir, que realmente le gustaba ver a su mujer sometida al extremo, explotada…
Para mí no tiene sentido alguno si es que él mismo también llevaba esa vida, pues no gastaba nada en él mismo. Es decir, acumulaba dinero viviendo a oscuras por no pagar la luz…
Le he pedido a la amiga de Rosario que le diga de mi parte que deje el trabajo, pague la hipoteca y se vaya de compras, que viaje, que compre ropa, cosas bonitas y viva como debería haberlo hecho. Y que cada euro que gaste en lo que le de la gana se lo dedique a la memoria de ese hombre que, como dicen por ahí “quería ser el más rico del cementerio”. Pues sí, lo logró, ahora, si hay más allá, que disfrute viendo cómo Rosario lleva la vida que merecía haber llevado desde el principio.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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