Desde que cumplí 19 empecé a hacer vídeos en tik tok por diversión. Me gustaba mucho aprenderme los bailes que eran tendencia en ese momento y hacer vídeos de humor.
Como vivo en un pueblo pequeño y nos conocemos todos, me puse un nombre falso y no le conté a nadie que hacía esos vídeos porque enseguida empezarían las burlas y no me apetecía exponerme así. Así es la vida a veces en los lugares pequeños, te da más miedo que sepa lo que haces la vecina de enfrente que mil seguidores de otros lugares. Pero es que justo la vecina de enfrente…
Es la viva representación de la vieja del visillo. Se entera de todo y de lo que no se entera lo inventa. Chismosea de vecina en vecina creando conflictos donde no hay nada y si hay algún conflicto y se tira del hilo, siempre acaba saliendo su nombre a relucir.

El caso es que, de pequeñas, su hija y yo éramos muy amigas. Vivíamos a un tiro de piedra literalmente la una de la otra y el invierno aquí es muy largo, así que tener una amiguita cerca para jugar te podía arreglar media infancia.
Al llegar al instituto ella se alejó un poco de mí y yo no hice nada para evitarlo, pues había heredado las habilidades sociales de su madre y allí donde había follón estaba ella malmetiendo.
Yo ahora trabajaba en la tienda de mi madre los findes de semana y estudiaba en la ciudad de lunes a viernes, pero aun así, sacaba tiempo en el poco tiempo que estaba en casa para grabar vídeos para ir subiendo toda la semana. Aprovechando el espacio que tenía en el pueblo, pero era muy práctico hacerlo así. Pero un día en que una marca pequeña me contactó y me envió una caja de sus productos para hacer un vídeo, la de enfrente estaba en su puesto de vigilancia y no pudo evitar sacar la oreja cuando el repartidor le explicaba a mi madre que era un tipo de envío específico para personas que estaba en las redes. Mi madre, orgullosa, firmó la recepción del paquete y me llamó.

Ese finde grabé varios vídeos sobre los productos que me mandaron y me fui a dormir temprano. Por la mañana, el domingo, mi antigua amiga timbraba emocionada para saber qué tal me iba en la ciudad y en las redes sociales. Al rato de empezar a charlar me dijo, riendo, que había encontrado “de casualidad” mi cuenta y se había echado una buena noche de risas a mi costa. Dijo que jamás había pensado conocer en persona a una de esas ridículas que creen ser alguien solo por acumular unos cientos de corazoncitos dibujados bajo sus vídeos que producen vergüenza ajena. Le dije que sin tan mal lo había pasado qué pintaba en mi casa y la invité a irse y no volver a pisar mi casa. Antes de irse me dijo que me lo decía por mi bien, para que no hiciera el ridículo.
La bloqueé en todas las redes sociales, en WhatsApp y en todas partes. No quería saber de ella ni que ella supiera de mí. Empezó a decir por el pueblo que desde que me escribían las marcas pasaba de mis amigas de siempre, que ella había sido la primera en caer pero que acabaría por dejarlas a un lado a todas. Menos mal que todo el mundo la conoce y nadie le hace caso.

El caso es que ese año me mudé a un piso en otra ciudad un poquito más lejos. No tengo una cuenta que me permita vivir a todo lujo de redes sociales, pero sí que saco un dinerillo y cada vez más marcas se interesan por mí y yo estoy encantada. Pero hace poco una marca me ofreció hacer una colaboración con otra cuenta similar a la mía, pues querían ayudarla y creían que, como nuestro contenido era muy parecido, yo podía echarle un cable.
Yo, encantada de poder ayudar, les dije que me pasaran el link del perfil y que yo misma hablaría con ella. Cual no sería mi sorpresa al abrir aquel perfil con pseudónimo horroroso y encontrarme con mi vecina de toda la vida vestida prácticamente igual que yo haciendo exactamente los mismos vídeos que yo, solo que 12 horas más tarde. En algunos se ve el reflejo de su madre sosteniendo el teléfono para grabarla.
Jamás me reiría de alguien por lo que decide hacer con su vida, pero esto tenía que sacármelo fuera, así que grabé un vídeo sobre aquello que se viralizó y ella borró su cuenta, que era, vídeo a vídeo, foto a foto igual que la mía.

Me copiaba hasta el punto de hacerse una foto sentada en la misma piedra del mismo río en que me senté yo para una sesión de fotos de donde saqué mi foto de perfil, solo que la suya la había sacado su mamá.
Ahora cuando me ve agacha la cabeza, pero yo no quiero eso, solamente me gustaría que ella y su mamá dejasen de humillar y ridiculizar a todo el mundo cuando, claramente, lo que les pasa es que se mueren de envidia.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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