Si me dices que no me case, no me caso con ella.
Mi vida daría para un libro o una saga. Cuando dicen eso de que la realidad siempre supera a la ficción, cuánta razón tienen.
Muchas veces he dicho que tendría que hacer un guion y probar suerte en el cine, porque no paro de sorprenderme.
Muchas cosas de las que me pasan si me las cuentan diría “venga… hasta luego, no te lo crees ni tú”
Os voy a contar una de tantas, que a día de hoy mis amigas aún me recuerdan.
Vamos a intentar poner esto en contexto.
Después de 9 largos años, decidí dejarlo con mi novio, ese novio de toda la vida, ese novio con su familia y paella de domingo, por muy pocas ganas que se tengan hay que cumplir el protocolo… Si ese novio de adolescencia que no supero el paso a la madurez.
La verdad es que no acabamos muy mal, nos costó reestructurar la vida social porque compartíamos grupo de amigos, pero después de algún reproche, alguna salida de tono lo conseguimos. Conseguimos mantener una cordialidad y poder vernos sin tirarnos de los pelos y sin que nuestros amigos tomaran parte por ninguno y seguir siendo un grupo más o menos bien avenido.
¡Qué bien! Estaréis pensando, pues no, un error terrible. Ese vínculo de ex nunca acabo de romperse, la carne es débil, y la noche a los veintitantos acaba confundiendo a cualquiera. Tan débil que una noche de fiesta sucedió lo que siempre jure que a mí no me pasaría. No habría pasado nada si solo hubiese sido esa noche, pero lo que sucedió esa noche, se convirtió en costumbre cada vez más recurrente.
Nos repetíamos que estaba controlado, que sabíamos que no queríamos volver, que cada noche era la última. Todo eso del principio al final mentira.

Yo dejé de controlarlo (vaya novedad, eh, nadie se esperaba este giro de los acontecimientos, ja, ja, ja), empecé a ver al chico del que me enamoré la primera vez y como todos os estaréis imaginando salió todo mal, fatal.
¿Me avisaron? Por supuesto, pero yo soy la más lista del lugar y estaba convencidísima de que a mí eso que me contaban no me iba a pasar. Que lo conocía y no me haría daño.
¿Qué lo conocía? Si lo conocí, pero en ese momento era otra persona que yo no vi hasta que fue tarde.
Yo ya tenía mis pajaritos en la cabeza, me había montado una historia y que me estaba quedando estupenda, y menos mal que no me dio tiempo a contar toda esa película que me había montado en alto…
Un día estando juntos le sonó el teléfono, – Tengo que cogerlo es del curro.
Vale, perfecto con lo que él no contaba es con mi buen oído y con qué escucharía contestar con un –Dime cariño
¡¡CARIÑO!! ¿¿Perdona?? Le dije que me había enterado de todo, no.
Me fui a reflexionar, a llorarle a mi amiga, amiga que tenía ganas de matarme porque me aviso, e investigue. Me enteré de que tenía novia e intención de casarse… a mí en ese momento me invadió el espíritu de Mike Tyson y unas ganas de pegarle o de morderle la oreja que no os podéis imaginar, pero mantuve el tipo.
Cuando me sentí preparada hable con él y corte todo tipo de relación.
Él se hacía el encontradizo cuando estábamos en el mismo bar. Y mi respuesta siempre fue no. Se me hizo duro, pero me mantuve fuerte.
Llegó el día de su despedida. Y cuál es mi sorpresa cuando a las 4 de la mañana me llama un amigo suyo y me dice que si yo sé donde está, que le han perdido, poco más tarde me llama su hermano que tiene un mensaje muy raro de él, que si yo sé algo.
¿Pero por qué todo el mundo se piensa que yo tengo que saber dónde está? ¡Tiene a su novia, dejarme tranquila, yo me he retirado de la escena!
Se había ido a contarle a su madre que no tenía claro lo de la boda. Apareció 2 días después. Muy normal y muy maduro todo sí. De la que me libré.
El día antes de la boda fueron los amigos a su casa a llevarlo a toma algo, es algo típico en muchos pueblos, ¿y qué pensáis que pasó? Que no habían aprendido de la despedida y se les volvió a escapar. Pero esta vez yo si sabía dónde estaba, ¿Por qué? Porque se presentó en mi casa.
Me juró amor eterno, me pidió perdón por cómo se portó conmigo y que era el amor de su vida.
También me dijo que lo había hablado con su madre y le había dicho que si no se quería casar ella estaba de acuerdo, que lo apoyaba, que se iban unos días hasta que se calmasen las cosas y listo. En este punto de la historia mi mandíbula llegaba más abajo del suelo. Le pregunté varias veces si estaba borracho o drogado por qué no daba crédito a todo lo que me estaba contando.
Le dije que se fuese, que no quería saber nada más del tema ni de él. Que hiciese lo que él creyese que tenía que hacer. Pero que la decisión era suya. Lo que estaba buscando era apoyo, cómplices y valor para hacer lo que no se atrevía a hacer y por supuesto no lo iba a encontrar en mí, me negaba a ser la excusa de la suspensión de la boda. Que fuese valiente. ¿Creéis que lo fue? Pues no, no lo fue. Si hasta ese momento no lo había sido… ya era muy tarde para serlo. Tenía la boda encima.
Pues no le debió de quedar claro. El mismo día de la boda me llamo. Y me dijo dime que no me case y no me caso.

Le di la enhorabuena y colgué.
A día de hoy está casado (qué sorpresa eh) y con dos niños y yo sigo sin entender cómo se mantiene esa relación.
MO