Querido diario

Si me ves muy arreglada probablemente es porque estoy triste

Si me veis muy arreglada un día normal… preocuparos. Sí, preocuparos porque probablemente estoy triste.

Llevo un día muy malo. Bueno, siendo honesta llevo una semana horrible en la que todo me sale tirando a mal-regular. Sabéis de lo que hablo, de esos días en los que todo es MAL. Y creo que como consecuencia de esto, nos arreglamos más (o al menos a un porcentaje muy alto de personas nos pasa esto).

Es como si todos nuestros defectos, o los que estos días nos parece que tenemos multiplicados por mil, se tapasen con una ropa un poco más seleccionada o cuidada o con 3 kg de maquillaje. Ojalá todas mis inseguridades se tapasen poniéndome unas gafas de sol o con un poco de colorete.

Puede parecer un tópico pero tiene su base real que cuando venimos de una etapa dura o estamos pasando un bache nos da por cortarnos mucho el pelo, teñirlo de colores que jamás habíamos planteado, nos ponemos un piercing o nos hacemos un tatuaje. Como si salir de la rutina y hacer algo “totalmente distinto” a lo habitual fuera un “juego revuelto, volvemos a empezar”.

En mi caso cuando estoy triste o disgustada por algo: me cubro. Me escondo detrás de cosas con las que yo creo que disimulo mis mierdas. Me pongo unos zapatos nuevos, me pinto los labios de rojo o me pongo para ir al trabajo la colonia buena (esa que cuesta a euro el flus flus).  Y ahora que lo analizo al margen del dramatismo, es como si nos concediéramos caprichos, como si nos premiásemos para superar la mierda. ¿Y por qué no pintarnos de rojo los labios todos los días?

He de matizar que todo ese “disfraz” y despliegue, sólo tiene lugar cuando necesariamente salimos de casa. Y recalco el NECESARIAMENTE. Porque cuando estás así el esfuerzo de salir de tu zona de confort es infinito. Sin embargo, en tu sofá debajo de tu mantita, la situación es totalmente distinta. Moño de nido de pájaros, pijama o chándal cero glamuroso, ojeras que llegan hasta el suelo (quizá acompañada de ojos hinchados de llorar), algún kleenex que otro suelto (o en las mangas o bolsillos) y desde luego no oliendo a choto pero tampoco a colonia cara.

Pero cuando salimos nos come el miedo. Miedo a que alguien vea tus debilidades, a que se den cuenta de que estás triste. ¡Cómo si pudieran traspasarnos con la mirada!

Y entonces te plantas todo encima para aparentar ser feliz, para hacer creer a los demás que vas a la última, que te cuidas, que eres feliz. Cuando realmente a la única que intentas convencer de que eres fuerte y de que todo va bien, es a ti misma…

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