Llega la Navidad, con sabor de mazapán, de turrón, de mieles y de pan…y con la Navidad, además llega mi momento favorito de todo el año… ¡el Amigo Invisible!
Si, me encanta el amigo invisible. Lo reconozco.
Yo soy esa amiga pesada que hay en todos los grupos que quiere organizarlo. Que en cuanto empieza noviembre, empieza a acribillar los grupos a mensajes preguntando cuando vamos a organizar la cena de Navidad con su correspondiente amigo invisible. O sin cena, da igual. Lo importante es el amigo.

Podéis pensar que es porque siempre he recibido regalos “buenos”. Pero no. Como todo el mundo, también he recibido regalos cutres, regalos feos, regalos que no sirven para nada, y regalos que no llegan al valor que hemos establecido. Y regalos que nunca llegué a recibir, por cierto.
Entre ellos, podría destacar el primer amigo invisible que hice, allá cuando tendríamos 15 o 16 años. Me regalaron el libro oficial del primer Gran Hermano. Aquel que yo ni siquiera veía. O el año en el que decidimos que el valor sería de 20 euros, y me regalaron un calendario de propaganda del restaurante chino de debajo de casa. Por no hablar de la cantidad realmente escandalosa de bufandas, guantes y gorros que almacené. Que si, que para muchos puede ser un regalo genial y es muy socorrido. Pero yo, personalmente, no las uso. Lo he intentado, pero me agobian un montón.
Durante unos años, decidimos con mi grupo de amigos que el amigo invisible seria algo hecho a mano. El mural de macarrones que me regaló mi amigo Héctor estuvo muchos años colgado en mi salón. Las visitas, a menudo, preguntaban si tenía hijos. También me regalaron un intento de conejotín (mitad conejo, mitad calcetín), emulando a los que Phoebe hace en Friends. No salió bien, pero ese aun esta por casa pululando. El mejor de todos fue un álbum de fotos tipo scrapbooking que me hizo mi amiga Ainhoa con fotos de las dos. Ese sigue guardado a buen recaudo y, ahora que vivimos a 3000km de distancia, me ayuda muchas veces cuando la echo de menos.
Por tres Navidades, con los de clase decidimos hacer el “amigo invisible reutilizado”. Que significaba regalar algo que tuvieras por casa y no usaras a ver si alguien podía sacarle partido. Éramos estudiantes y no teníamos dinero. Pero ¡ey! ¡Eso no es excusa para que no haya espíritu navideño! Durante ese periodo, recibí una lamparita para enganchar en el libro que estés leyendo. Que pesaba como un muerto y muy práctica no era. Pero al menos pensaron en mí, que devoraba libros como si fuesen chocolatinas. A mí me sirvió para librarme de la multitud de bufandas y guantes que tenía. Y también recibí un cacharro de cocina, que mas tarde descubrí que se llamaba mandolina. Una vez supe lo que era, lo usé hasta que se rompió. Pero aun pasó un par de años en el armario cogiendo polvo.
En cierto modo, creo que me gusta tanto porque con mi marido escribimos la carta a los Reyes Magos, por lo que el amigo invisible es el único regalo sorpresa que tengo, pero me encanta. Aunque me den un boli.
Yo hacía amigos invisibles con todo el mundo: con los de clase, con los amigos, con los amigos de mi marido, con los del trabajo…y era feliz. Muy feliz con mis trastos inútiles y mis calendarios del chino (¿quién no necesita un calendario cuando empieza el año nuevo?), pero creo que es una tradición que está muriendo.
El año pasado ya solo conseguí hacerlo con los amigos. Este año, nadie ha querido organizar nada. Ni los amigos, ni los de mi marido, ni los del curro. Y como ya tenemos una edad, no tengo compañeros de clase para organizar nada.

La gente está cansada. “Paso del amigo invisible” me dicen. ¡Pero como que pasas! ¡Si es el momento más maravilloso del año! Es como si dijeras que pasas de comerte la ultima croqueta del cocido del domingo.
Definitivamente, nos estamos volviendo todos locos. ¡No dejemos morir semejante tradición tan llena de amor y risas, por favor!
Andrea M.