Nací en una familia humilde, y con humilde quiero decir que las pasamos canutas. Gracias al esfuerzo y las renuncias de mis padres, a mi hermana y a mí nunca nos ha faltado un plato de comida. Pero sí hemos tenido muchas carencias. El dinero llegaba para lo justo, justísimo. A veces, para menos incluso. Nosotras no pudimos estudiar porque no llegaba el dinero para tasas y material, aunque también porque por aquel entonces mi padre se quedó sin trabajo durante mucho tiempo y lo que ganaba mi madre no llegaba. Por tanto, mientras mis amigos salían a los centros comerciales y de botellón, yo me puse a currar en todo lo que me salía.

La vida adulta me alcanzó demasiado pronto y los años siguientes fueron un borrón de cansancio, obligaciones y, en definitiva, una adolescencia y juventud vivida solo a medias. Las cosas se volvieron un pelín más fáciles cuando mi padre se recuperó de su enfermedad y consiguió volver al mercado laboral.

Con ello y con mi hermana también trabajando, pude permitirme independizarme y empezar a disfrutar un poco de la vida. Descansar, tener momentos de ocio, hacer vida social… conocer a otras personas, salir con chicos…

Salí con varios, nada serio durante muchos años. Hasta que le conocí a él. Bueno, ya le conocía, pero de lejos. Porque ambos somos del mismo pueblo, aunque crecimos en realidades paralelas tan diferentes que a día de hoy aún me pregunto cómo es que llegaron a confluir. A ver de qué me iba a codear yo con ese chaval de buena familia, colegios privados, amistades de la alta sociedad y un nivel de vida con el que yo no podía ni soñar. Sin embargo, nos encontramos. Nos gustamos. Nos enamoramos y… sí, yo era pobre y me casé con el rico del pueblo. Y las habladurías no tardaron en llegar, claro está.

Parecía obvio que por mi parte se trataba de puto interés, nada de amor ni nada parecido. Me había liado con él con el único propósito de hacerme con el dinero de su familia. Lo cual quedó patente cuando dejé de trabajar, porque se ve que me mola ir alimentando los rumores.

En fin… el caso era que mi pareja me apoyaba en todos los sentidos y me dio la oportunidad de estudiar y formarme para labrarme una carrera, gracias a la cual hoy en día tengo un trabajo que me genera unos ingresos decentes, que me encanta, me llena y me realiza como persona.

Porque en la actualidad sigo enamorada de este hombre y soy muy feliz, incluso cuando lo nuestro sigue creando polémica y dando chance de rajar a la gente. Durante años sufrí por ello, pero ahora ya me da igual. He dejado de sufrir porque he entendido que la peña va a hablar con razón o sin ella, me duela o me la pele, haga lo que haga y me ponga como me ponga.

Así que mientras me tildan de aprovechada y cazafortunas, yo vivo mi vida con mi marido y mis circunstancias. Y, sobre todo, con la conciencia muy tranquila.

 

Anónimo

 

Envíanos tu historia a [email protected]

 

Imagen destacada