Sé que el título parece muy fuerte, pero es algo que pocas veces nos planteamos antes de tener hijos pensando que serán una parte más de nosotras y que si los educamos en valores y les inculcamos lo que creemos que será un bien para ellos, al final estas personitas se volverán parecidas a sus padres o que al menos serán personas de las que estaremos orgullosas.
Me siento fatal por sentir lo que siento y me siento mal también por expresarlo por lo cual no lo he hecho nunca hasta ahora, lo plasmo aquí sabiendo que nadie me conoce y nadie sabe quién es mi hija.
Irene tiene 25 años, la tuve cuando yo tenía su edad. A pesar de ser bastante joven cuando me quedé embarazada, su padre y yo siempre estuvimos por ella, la educamos lo mejor que supimos, intentamos darle todo lo mejor y también le pusimos límites intentando que se convirtiera en una persona de la que ella misma estuviera orgullosa.
Cuando acabó la ESO, Irene no quiso estudiar más. Nunca fue muy buena estudiante, pero además en los últimos años de la Educación Secundaria Obligatoria se volvió algo rebelde, no nos obedecía, tampoco a los profesores, y solo pensaba en salir y en chicos.
A mí me hubiera gustado que cursara bachiller, pero prefirió estudiar una FP de grado medio de estética y a nosotros nos pareció bien si ese era su deseo. Acabó el grado y entró a trabajar como esteticista, pero era contestona con la jefa y al poco la echó del trabajo.
Irene no solo contestaba a sus superiores, en casa mostraba su mal carácter también, quería hacer siempre lo que deseara y no aceptaba nunca un no por respuesta. No era agresiva, pero sí fría y distante. Costó mucho que mantuviera un trabajo por más de un año, solía faltar muchas veces e incluso se cansaba de ellos y los dejaba.
Nosotros nunca la tuvimos consentida, le dijimos que debía pagar algo en casa, más que nada para que supiera lo que es valerse por sí misma. La veíamos frustrada, le pagamos un psicólogo para que pudiera hacer terapia, pero tampoco sirvió de mucho.
A los veinte años se fue a vivir con su pareja, un chico encantador. Hace ya un par de años que mi hija sigue trabajando en el mismo centro, cerca de nuestra casa. Suele visitarnos a menudo, no tengo queja de ello, y a pesar de que creo que se ha vuelto una mujer trabajadora y responsable, veo como trata a su pareja y no me gusta.
Le trata como nos ha tratado a nosotros tantas veces y él es un trozo de pan y se lo consiente. Irene solo piensa en maquillarse, en vestirse de manera provocativa llenando sus redes sociales de fotos en poca ropa, y no tiene ambiciones más allá de gustar a los hombres.
A pesar de que es la persona a la que más quiero en el mundo, no me gusta su forma de hablarle a su pareja, los desplantes que le hace, la manera en la que se dirige a él delante de los demás y su afán para agradar a los hombres a través de su físico.
Diréis que cada uno es libre de hacer lo que quiera con su cuerpo, y estoy de acuerdo con ello, por eso nunca le digo nada, pero el hecho de tener yo valores tan diferentes a los suyos, de haber tenido siempre ambiciones profesionales y culturales, de entender que el cuerpo debe cuidarse, pero que no es necesario enseñarlo siempre, añadido a su carácter seco y arrogante, hace que mi hija no me caiga especialmente bien.
No sé si con los años acabaremos acercándonos de otra forma, si estaré orgullosa de ella, pero ahora no puedo engañarme a mí misma, no me gusta la persona en la que se ha convertido. Si no fuese mi hija, al no tener nada en común con ella, no sería alguien que formaría parte de mi vida.
Supongo que la maternidad también es eso, querer a tus hijos a pesar de todo, aceptarlos como son e intentar ver en ellos todo lo bueno que tienen.
Nunca le he dicho esto a nadie ni a ella tampoco, la trato con cariño y respeto, solo he intercedido por su pareja alguna vez, pero no quiero distanciarme de ella. Simplemente, puedo decir que, algunas veces, mi hija no me cae bien.
