A veces sueño con irme de casa y no volver jamás. Ni a por mis hijos. No, miento, un sueño es algo involuntario y, cuando me pasa esto, lo hago con toda la intención del mundo: hay veces en las que me arrepiento de la vida de señora que llevo.
Tengo dos hijos y un marido maravillosos, pero cuando paso mucho tiempo con ellos acabo hasta el moño. Sobre todo en verano, porque una tiene la mejor profesión del mundo: soy maestra de esas a las que les llegó la vocación de niña y sigue feliz entre niños, colorines, cartulinas y libros de cuentos. Me encanta mi familia y me encanta mi trabajo. En resumen, debería de ser tremendamente feliz. Y lo soy, a ratos.
Supongo que estarán leyendo esto aquellas que me dejarán comentarios tipo “de qué te quejas”. Pues me quejo de lo que me sale de las entrañas, para ser fina. Porque pasar 24 horas al día 2 meses con todos es un verdadero coñazo. Paso de ser maestra, madre, mujer y persona a ser madre, mujer y un poco persona. Esto se resume en: me levanto, hago el poco ejercicio que me suele apetecer, y empiezo con la rutina de desayunos, recoger, algo de “deberes”, piscina, hacer la comida, recoger, recoger, algo de siesta si cuela, piscina, recoger, duchas y cenas. Entre recoger y recoger podéis añadir limpiar la casa, poner lavadoras, cambiar sábanas, limpiar cristales y cualquier sugerencia de índole doméstica que se os ocurra. Así que reformulo y paso a ser: cocinera, limpiadora, maestra a domicilio, Marie Kondo, madre, mujer y persona.
Sigo con las anticipaciones: mi marido colabora, pero él sigue trabajando en verano, aunque la mayoría de las veces teletrabaja. Pero yo ya no tengo mis horas de desahogo de salir de casa, ir a mi trabajo, ver a mis compañeras, a mis niños y volver a coger a mis hijos con todas las ganas del mundo. Me convierto en Rottenmeier versión rubia: “¿Cuántas veces tengo que repetir que te pongas los calzoncillos?”, “No pegues a tu hermano”, “Si no ayudáis a poner la mesa, no coméis” y a tomar por culo la disciplina positiva. Que yo soy muy de Álvaro Bilbao, Lucía, mi pediatra, etc., pero cuando estoy hasta los huevos me dan ganas de sacar la zapatilla, mi bata de guata y un corte de pelo sesentero.
Muchas veces sueño despierta. Pido el traslado a Canarias y empiezo una vida tranquila, lejos del ruido de la ciudad, en una casita con vistas a la playa y, al fondo, el Teide recordándome lo pequeños que somos. Me tomo un café con espuma en mi jardincillo con drago y palmeras y estoy sola. Porque en este sueño ni mi marido ni mis hijos han cogido un avión. Ya me perdonarán cuando sean mayores y se apañarán bien. Al final, una madre es sustituible.
En mi vida alternativa no hay dramas: no me voy por otro ni quiero vivir una segunda adolescencia. Simplemente quiero paz: cafés en silencio con un libro, poder pintar, ir a clases de pilates al amanecer y acostarme leyendo y meditando, convertirme en una mujer zen y no en la trastornada del verano. Quiero dejar de ir al baño para mirar el móvil, quiero dejar de desear volver al trabajo para vestirme y quitarme el bañador y los shorts.
Pero también os diré que, cuando dejo el primer día a los niños, mis hijos, en el cole, me voy llorando sin que me vean y me siento tremendamente afortunada de haber pasado dos meses con ellos. No sé si es síndrome de Estocolmo o, simplemente, la maternidad.