Cuando tenía 16 años, me quedé embarazada del que era mi novio.
No llevábamos mucho tiempo juntos, fue el típico amor de verano que se alarga un poco más y que, sin quererlo ni buscarlo, me dejó embarazada.
Nunca entendí como pasó, usábamos condón y nunca lo hicimos sin él. La cuestión es que después de un mes sin venirme la regla y temiéndome lo peor, el test dio positivo.
Me sentí muy mal, muy traicionada. No había sido por ser dos niñatos tontos que no tienen cuidado o por un calentón incontrolable. Nosotros habíamos hecho las cosas bien, pero sabía que nadie iba a creerme, concretamente mis padres, y eso me dio rabia y a la vez, miedo.
Pensar en tener un bebé me daba vértigo, sabía que existía la posibilidad de abortar, pero también me daba miedo. Estuve mucho tiempo dándole vueltas a qué hacer, sin decirle nada a nadie y, en el fondo, creo que sabía que iba a tenerlo, pero no tenía el valor de decírselo a mis padres.
Fui dejando que pasara el tiempo, como si contra más barriga tuviera, más fácil me sería decírselo. Manchaba las compresas cuando se supone que me tenía que venir la regla y las metía en la papelera del baño para que las viera mi madre. No sé por que hice todas esas locuras en vez de tener una conversación directa, evidentemente se me iba a notar en algún momento y se iba a destapar la mentira, no podía ocultarlo eternamente. Simplemente no era capaz.
Hubo un día que, comiendo mis padres, los dos estaban muy serios. Cuando terminamos y yo me iba a ir, me pidieron que me quedara y me dijeron que querían hablar conmigo. Yo ahí ya empecé literalmente a temblar y cuando me preguntaron si estaba embarazada, solo pude llorar.
Mi padre fue un mar de reproches, culpando a mi madre de que yo hubiera acabado quedándome embarazada, diciendo que era por la libertad que ella me había dado, que él no quería criarme así. Dijo que quería hablar con mi novio y que vinieran sus padres a casa, que él se tenía que hacer responsable.
Mi madre solo me abrazaba y me iba secando las lágrimas. Me sentí arropada, pero yo sabía que la había decepcionado y que, mientras me tenía en sus brazos, seguro que estaba pensando lo mala hija que era, o lo mala madre que era ella.
Vinieron unas semanas muy difíciles hasta que la situación se normalizó e incluso les empezó a hacer ilusión ser abuelos. Mi relación con mi novio se fue a pique enseguida y fueron nuestros padres los que se encargaron de dejar claro cuales serían las responsabilidades de cada uno y como nos organizaríamos.
Después nació mi pequeña y, aunque el principio fue muy duro y triste, perdí amigas por el camino y mi vida cambió para siempre, fue uno de los momentos más felices de mi vida.
A los 21 me fui de casa y empecé mi vida de madre soltera. No tuve pareja hasta mucho después, yo estaba centrada en mi hija y nuestra vida juntas. Si algo tenía claro, es que quería que ella tuviese una vida en la que no se viera en la misma situación que yo.
La eduqué con mucho respeto y cariño. Cuando fue adolescente, hablamos sobre sexo, le expliqué lo que me pasó a mi y como me sentí, lo mal que lo afronté con mis padres y lo difícil que fue. Ella me escuchaba, hacía preguntas y parecía que entendía todo. Yo me sentía muy orgullosa. No por mi hija en sí, sino por la relación que teníamos. Ella me contaba todo, conocía a sus amigas, sus citas, sus sitios favoritos, sus problemas… Estaba segura de que, si le pasaba algo, cualquier cosa, vendría corriendo a contármelo y a que lo afrontásemos juntas.
Estaba segura. Y no podía equivocarme más.
Un día, sin esperármelo para nada, sin haberla notado rara, sin haber tenido la más mínima sospecha, me escribió un Whatsapp diciéndome que por la tarde tenía que hablar conmigo. Le pregunté si estaba bien y me dijo que sí, pero que quería contarme algo.
Yo pensé que me iba a decir que tenía novio, o novia, o que era algo del instituto. Cualquier cosa menos lo que me encontré al llegar de trabajar.
Ella estaba sentada en el sofá, muy callada, claramente incómoda y muerta de miedo. Le dije que por favor me contase lo que estaba pasando, porque me estaba asustando, y empezó a llorar.
Mientras lloraba, la abracé. La situación empezó a hacérseme muy familiar y, cuando ya no hacía falta porque había entendido perfectamente lo que pasaba, me pidió perdón entre lágrimas.
Después de todo lo que habíamos hablado, de todo lo que le conté, de nuestras conversaciones, de las advertencias, de todo, mi niña iba a ser madre a los 16 años, como yo.
No tenía ninguna intención de abortar, se lo intenté sugerir, pero ella lo notaba como un ataque hacia ella misma, porque en su día le conté que yo no lo hice porque tenía miedo, no porque no quisiera. Me repetía que, si yo hubiera abortado, ella no estaría aquí, y que ella sentía que entonces ella no podía hacerlo.
Os mentiría si os dijera que no me decepcionó.
No entendí nada, intenté evitar precisamente eso. Y sé que estaréis pensando que precisamente por querer evitarlo, le hice entrar más ganas o se lo prohibí tanto que empezó a hacerlo, pero de verdad que no fue así. Le di muchísima comprensión y diálogo des del principio, fui sincera con ella y le advertí de todo.
Mi hija era una chica muy madura, muy inteligente y responsable, de verdad que a día de hoy no soy capaz de entenderlo. Soy la primera que sabe que ocurren accidentes, pero es que ni si quiera me contó que tuviera relaciones con su novio.
Hizo como yo, me lo contó todo cuando ya estaba bastante avanzado y con un miedo tremendo, que creo que es lo que más me ha dolido.
Siento que he fallado como madre, que no he podido proteger y educar a mi hija y que, aun intentando hacer las cosas bien, no tengo la relación con ella que creía.
Todo esto me removió mucho y me hizo pensar mucho en mi madre, en como se debió sentir ella. La tomé como ejemplo e intenté ser una abuela increíble des del minuto uno, pero lo cierto es que aun me acompaña la culpa y un sentimiento de decepción muy feo.
Mi hija nota que nuestra relación ha cambiado, no sé como explicarle que me siento mal hacia mí y no hacia ella. No quiero fastidiarle uno de los momentos más bonitos de su vida y voy alargando el momento hasta que se me pase o nos acostumbremos a él.
No consigo quitarme esta sensación tan horrible de que he hecho las cosas muy mal y, por mi culpa, mi hija ha acabado repitiendo mis pasos.
Anónimo
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