Ya lo dice el anuncio, la vida no está hecha para contar calorías.

Lo de cuidarse está muy bien, yo me cuido, hago deporte, como sano, y tengo épocas en las que estoy más radical con esto y otras épocas algo más relajada.

En una etapa en la que iba cada día al gimnasio, conocí allí al que ha sido mi novio durante dos años. El chico es un amor en todo, sólo tiene un defecto muy grande que ha conseguido que lo mande a freír espárragos y es que está obsesionado con la vida fitness.

Una cosa es cuidarse y otra llevarlo al extremo, y aunque mi mejor versión física la tuve estando a su lado, llegó un punto en que no me merecía la pena, porque no todo es presencia y físico, también hay que vivir.

Por ejemplo, él no entendía la vida sin hacer dieta y juzgaba todo lo que me comía o me quería comer. Me miraba por encima del hombro si alguna vez en casa de mi madre me comía un trozo de pan con algún embutido, por ejemplo, porque obvio que en nuestra casa no había ni pan ni embutido. No comprábamos ni eso, ni nada que no fueran frutas, vegetales, huevos y proteínas de calidad. Y de verdad que está muy bien vivir sano, pero pienso que la cosa deja de ser tan sana cuando uno no se permite tomarse una cerveza con unas aceitunas nunca. Ahí es donde creo que su plan hacía aguas, en su radicalismo extremo. 

Cuando quedábamos con amigos él tomaba agua y a mí me apetecía mi cervecita o mi refresco. Y no debería pasar nada. Pero él después me daba la chapa y me contaba las calorías de las tres patatas fritas que me había tomado de aperitivo.

Aparte, a mí no siempre me apetece hacer deporte. Lo hago porque me da la gana y porque me gusta, pero no de manera impuesta. Pero él no se salía de su plan cuadriculado al extremo jamás, y si yo me salía, me soltaba otra chapa. Por ejemplo, cuando estaba con la regla a veces no me apetecía darme el lote en el gimnasio, y él eso no conseguía entenderlo.

No se salía de su plan autoimpuesto ni en días importantes, tipo la boda de su hermano. Ni un cubata se bebió ni quiso probar los canapés ni la tarta. Su agua y su plato de pescado y santas pascuas. No sé, pienso que se pierde muchas cosas buenas de la vida, ratos de risas, de celebración y de relajación, a cambio de estar siempre en su punto óptimo físico.

El colmo fue un viaje a Punta Cana que hicimos ya al final de nuestra relación. Íbamos a lucir palmito y coger moreno, pero también íbamos a un todo incluido con un montón de restaurantes temáticos que yo, ilusa de mí, pensé que probaríamos. Cuando llegamos allí, nuestros días constaban de darnos el tute en el gimnasio del hotel, desayuno frugal y playa. Yo quería probar esos combinados de colores con tan buena pinta y me quitaba las ganas diciendo que eso era todo azúcar. A la hora de comer en el buffet me miraba por encima del hombro si cogía algo que él entendiese que no era la comida óptima.  Si quería un helado me decía, “después te quejarás”, cuando yo en la vida me he quejado de mi cuerpo.

Lo de los restaurantes temáticos fue tremendo. Haceros una idea, en alguno suelto conseguí que viniese conmigo y al final ya me iba a cenar sola como las locas, a hartarme de daiquiris con bien de azúcar aprovechando que no me veía el maromo. Muy triste. Me gasté más de tres mil euros para hartarme de hacer deporte en las instalaciones del hotel, que eso sí, eran chulísimas.

En ese viaje decidí que no era mi hombre porque no era compatible conmigo la vida que él deseaba llevar y que casi de alguna manera me exigía a mí que llevase. Tampoco de cara a un posible proyecto futuro de tener hijos con él, porque no me cuadraba, ya que no me parecía el padre más idóneo para mis hijos tampoco.

Todos los radicalismos son malos. Para mí, el intentar estar en forma hasta el extremo, también.

 

Anónimo

Envía tus movidas a [email protected]