Ella llevaba desde el instituto saliendo con aquel chico. Sus familias estaban muy unidas y ellos tenían grandes planes de futuro.
Él era empresario, tenía varios comercios en distintas ciudades de su provincia y parecía que había acertado con su negocio, así que estaba estudiando la posibilidad de ampliar su visión y aumentar el número de tiendas para abarcar más territorio a lo largo del país. Quería gestionarlo con calma porque le gustaba estar implicado en cada tienda, con el personal, con la mercancía… Le gustaba mucho su trabajo.
Ella había estudiado publicidad y estaba en constante aprendizaje. Le gustaba mucho su trabajo en una pequeña empresa en la capital, pero seguía invirtiendo tiempo en hacer cursos que le permitieran mejorar y alcanzar un nivel superior en su carrera, acceder a empresas más importantes y poder escalar peldaño a peldaño.

Es extraño, sabiendo esto, pensar que la conocí trabajando en una empresa de limpieza, ya que siempre había tenido sus objetivos laborales muy claros y parecía que estaba haciendo todo lo posible para conseguirlos.
Cuando acabaron la carrera, se fueron a vivir juntos. Ellos tenían las cosas muy claras, no querían casarse, no tenían interés por tener hijos, sus carreras profesionales y su amor mutuo eran el centro de sus vidas. Cada noche, antes de dormir, ella apoyaba su cabeza sobre el hombro de su novio y conversaban hasta quedarse dormidos sobre lo que surgiese. Ese ratito de charla era una rutina que habían adquirido tras los años de carrera que, en época de exámenes, era su momento del día, cuando podían compartir sus pensamientos. Les encantaba ese momento en que podían compartir sus preocupaciones, sus proyectos, las anécdotas del día u opinar sobre las noticias de actualidad.

Llevaban ya 10 años juntos, toda su vida adulta, todos sus logros compartidos, todos sus sueños juntos… Y una de esas charlas nocturnas que tanto disfrutaban le cambió la vida. En una de esas charlas nocturnas él perdió la vida. Estando relajados, abrazados y conversando sobre la nueva tienda que él abriría, de pronto, dejó de responder a las preguntas de su novia. Ella, al principio, creyó que se había dormido por el cansancio, pero le extrañó que fuese tan de repente. Esperó unos segundos y sintió extraño el peso del cuerpo de su novio sobre su hombro. Lo intentó despertar y, al no tener respuesta, encendió la luz. Fue ahí cuando vio en su cara que había ocurrido lo peor que podría pasarle. Sus ojos estaban abiertos, con la mirada fija, perdida en ninguna parte, no respondía y, tras comprobar que no respiraba, llamó a una ambulancia, con los nervios y la desesperación a flor de piel.
Cuando la ambulancia llegó intentaron reanimarlo, pero ya no había nada que hacer. Fue una noche extremadamente dura. La desgracia se recrudeció en las horas que tardaron en hacer el levantamiento del cuerpo de su pareja y todas esas cosas que tienen un protocolo en el que es imposible tener en cuenta el sufrimiento de la familia. Todas esas preguntas que tuvo que responder la alejaban de la realidad que estaba viviendo.

No tardaron en llegar los padres de ambos, así que pudo estar casi en todo momento acompañada. Fue al llegar la mañana, tener que apagar la alarma del teléfono y que la realidad le golpease en la cara, ver que aquel día no tendría nada que ver con todo lo vivido hasta ese momento, cuando asumió lo que estaba pasando.
Obviamente necesitó una baja de meses desde aquel día. Le era totalmente imposible afrontar la llegada de la luz por las mañanas pero, sobre todo, acostarse de noche se le hacía insoportable.
Vendió su casa y se alquiló un pequeño apartamento cerca de sus padres, no quería volver con ellos, pero si tenerlos cerca. Y cada noche, cuando la luz del sol desaparecía por completo, ella encendía todas las bombillas que tenía disponibles para evitar que con la oscuridad viniese aquella necesidad de acurrucarse a charlar… Le siguió hablando un tiempo, sentada en la cama, abrazando un cojín, con los ojos abiertos como platos. Le contaba al aire cómo su vida había perdido el rumbo, cómo le resultaba imposible pensar en el futuro, cómo odiaba cada minuto que había desperdiciado en hacer cualquier cosa que no fuese estar con él.
Pasado un tiempo mejoró. Empezó a dormir, a comer y a salir de casa con regularidad, aunque fuese por obligación. Decidió dejar su carrera, no quería que su nueva vida sin él se pareciese en lo más mínimo al pasado. Empezó a trabajar en lo que fue encontrando y empezó a conocer gente nueva.

Pasaron los años y hoy en día lleva una vida normal. No quiere decir que lo haya olvidado o que no duela, pero ha aprendido a vivir con ese dolor. Su vida es como la de cualquier otra mujer de su edad, salvo que, a pesar de haber pasado ya 15 años desde que aquel ictus fulminante se llevase a su novio, sigue siendo incapaz de apagar la luz antes de dormir. Ha programado las luces de su cuarto para que se apaguen solas de madrugada, porque le preocupa el gasto innecesario de energía, pero si se despierta de noche vuelve a encenderla porque aquella oscuridad le trae de vuelta esa intimidad en la noche que compartía con el hombre al que tanto había querido.
No le gusta que le digan que es una mujer fuerte, y es normal. Ojalá no le hubiese tocado tener que serlo.
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