Mi novio siempre se había quejado de lo mal que cocina su madre, hasta el punto de contarme que si le preparaba algún día la comida para el trabajo acababa tirándola por el váter y yéndose a comer al bar de enfrente. Yo me lo tomaba a broma y daba por hecho que exageraba, por más que él jurase y perjurase que hablaba completamente en serio.

Porque vale, igual la doña no era la mejor de las cocineras, pero no podía ser para tanto, ¿no? ¡Ay, amigas, bendita inocencia!

Cómo describir la comida que puso la primera vez que fui a comer a su casa. Como no tenía claro qué me podía gustar hizo varias cosas: la primera, unos tallarines con tomate y cebolla que volcó directamente del tupper a mi plato previo paso por el microondas, dejando un bloque cuadrado y con tal consistencia que poco más y rompe la mesa, ya que los había cocinado la tarde anterior y llevaban en la nevera desde entonces.

No sólo se notaba que no llevaban ni pizca de aceite, es que para colmo el tomate que había echado no era frito, sino que literalmente había picado un tomate y una cebolla en trozos irregulares y los había echado a mogollón.

Comí lo que pude, y en vista de que la pasta no triunfaba mucho sacó el plato estrella, el pollo en salsa. Me ofrecí a ayudarle a llevar los platos, y cuando vi aquellos trozos de pollo con aspecto de no estar bien hechos flotando en un sopicaldo marrón coronado por al menos un dedo de grasuza no pude aguantar más: salí corriendo al baño y eché hasta la primera papilla.

Me excusé diciendo que el día anterior había tenido jaqueca y que aún no me había acabado de recuperar, a lo que mi novio me echó un capote explicando que soy propensa a tenerlas cuando voy a empezar con la regla, cosa que es cierta pero que en aquel momento no era el caso.

Cuando salimos de casa de mi suegra yo dije que una y no más, que lo sentía mucho pero que en adelante prefería que fuera ella quien viniera a casa a comer o a cenar cuando quisiera, pero claro, las cosas no son tan sencillas. Y es que mi pobre suegra se quedó sola porque mi cuñada se fue a vivir lejos por motivos laborales y lo llevaba regular, así que desde entonces nos invita casi todos los fines de semana a comer en su casa.

Y vale, lo hará con todo el cariño del mundo, pero cada vez que tenemos que ir yo empiezo con los sudores de la muerte desde la noche antes, tratando de imaginar con qué nuevo manjar tratará de atentar contra nuestra vida y nuestra integridad física: una vez hizo una tortilla de patata con la patata y la cebolla tan quemadas y con tan poco huevo que no pudimos comer apenas porque no podíamos ni partirla.

En otra ocasión prefirió hacer ‘’algo sencillito’’ y nos puso un par de platos de sopa de sobre para los que había utilizado al menos la mitad de agua de la necesaria, por lo que los fideos eran un mazacote aderezado con pegotes de glutamato. De segundo hizo una tortilla francesa que no tenía mala pinta hasta que nos metimos el primer trozo en la boca: la había cocinado en una sartén en la que debía haber hecho pescado y no la había lavado, seguramente, porque si no es inexplicable que supiese a sardinas churruscadas.

Aunque sin duda el día fuerte fue el día de su cumpleaños, cuando nos agasajó con su especialidad: una paella de engrudo. Cuando nos sirvió los platos estaba súper orgullosa de su ‘’socarrat’’, consistente en un pegote de arroz reseco y quemado en lo alto de una masa amarilla de textura tan pastosa que tuve que beberme tres vasos de agua para que aquella masa bajase por mi garganta y no se quedase pegada en mi lengua y en mi paladar.

Al menos hay que decir que, dentro de lo malo, estaba tan insípida que se dejaba comer. Y me da pena, porque a ella parece hacerle mucha ilusión cocinar para nosotros, pero no sé si será a causa del asco o del estado de los alimentos que nos sirve que cada vez que comemos en su casa yo acabo vomitando o con una diarrea de tres pares de narices.

Vamos, que podría transigir más o menos con el asco, pero es que hemos llegado a un punto en el que realmente temo por mi salud gastrointestinal cada vez que nos toca comer con ella, hasta el punto de llegar a pensar completamente en serio que igual el cariño con que nos recibe es una treta, una artimaña para que nos sintamos obligados a ir a su casa y que quiere hacernos caer enfermos, o peor, asesinarnos poco a poco.

Lo malo es que no es algo que podamos hablar con ella, porque a ver cómo le dices: ‘’mira Mari, eres un sol, pero cocinas tan sumamente mal que como tenga que volver comer algo cocinado por ti me voy a tirar por la ventana. Es que prefiero dejar a tu hijo al que amo con todo mi corazón antes que volver a pasar por semejante trauma, Mari’’. 

Con quien sí he hablado de momento ha sido con su hijo, cómo no, y hemos convenido que en adelante comeremos en su casa como mucho dos veces al mes, el resto de veces si quiere que venga ella. Y para mañana, que nos toca ir, ya la he dicho que no cocine, que voy a comprar un pollo asado de un asador estupendo que nos pilla de camino a su casa y así no tiene que manchar nada, y le ha parecido genial. Así que deseadme suerte, queridas, a ver si consigo sentar precedente y sobrevivo a las comidas en casa de mi suegra.

Anónimo