Cuando mi hija cumplió un año, de pronto, dejó de crecer. Al principio fue algo sutil y apenas nos dábamos cuenta. Pero, al llegar a la revisión de los 18 meses, saltaron todas las alarmas. No había engordado ni 100gr en todo ese tiempo y seguía en la misma talla que en la revisión anterior.
El inicio de la alimentación complementaria ya había sido complicado con mi hijo mayor, pero esta vez había algo más que fallaba.
Intentamos hacerlo todo de la manera más respetuosa posible, pero ahora su salud estaba en juego y había que tomar medidas. Oyendo los consejos de los médicos, comenzamos a incluir distractores a la hora de la comida para que, entretenida, se fuese metiendo cada vez más alimentos en la boca.
La verdad es que los resultados no tardaron en aparecer. A mi hija le gustaba mucho comer, sobre todo fruta, y se la veía disfrutar comiendo. Yo, que ya tenía un poco de trauma con mi hijo mayor y las texturas, la veía comer ahora y me parecía un sueño, algo maravilloso.

En dos meses nos felicitaron por el enorme cambio que habíamos conseguido con su manera de alimentarse. En este caso, nuestro mejor truco había sido permitirle comer como ella quisiera. Con las manos, en trozos, en purés o como fuese.
Me encantaba sentarla en su trona, quitarle la sudadera y, a veces, la camiseta (pues si le ponía babero paraba de comer porque se agobiaba mucho) y dejarle un enorme plato con fruta variada a su alcance para ver cómo la fruta iba desapareciendo a la misma velocidad que aparecían aquellos tiernos lamparones en el bodi blanco que le dejaba puesto.
Me parecía algo tan bonito que podría asegurar que tengo más vídeos de ella comiendo en ese tiempo que de cualquier otra cosa.
En una de estas ocasiones y, para celebrar que el pediatra nos había vuelto a felicitar, envié un vídeo de la niña comiendo un enorme trozo de sandía a varios grupos de WhatsApp. Las reacciones no tardaron en aparecer. La primera, como siempre, mi madre con 500 emojis de corazones y un mensaje del tipo “¡qué gusto da verla comer ahora!”. Pero después de ese llegó la oleada de críticas.

“Y entonces ¿no tienes baberos para ponerle?” “no era mejor darle un puré con la cuchara y no dejarla que se ponga así perdida. Claramente, las madres de ahora sois unas flojas que, por no pasar el esfuerzo de darle con cuchara, los dejáis ponerse así”. Comentarios muy poco afortunados, pero entendibles según de quien vengan. Pero entonces empecé a recibir mensajes de personas que se suponía que habían sufrido conmigo la preocupación de los meses anteriores “Di lo que quieras, pero yo solo puedo imaginar lo que te costará limpiar esa ropa” “Solo de pensar en el tiempo que vas a pasar frotando le pierdo la gracia al vídeo”.
Pero, vamos a ver, ¡¿en serio os preocupa más un body sucio que una niña que se está recuperando de estar al borde del ingreso por desnutrición?! Es algo que no entenderé jamás. Compré un quitamanchas maravilloso que, echándolo según le quitaba la ropa y metiéndolo después en la lavadora, no dejaba rastro de sandía ni de nada similar en ninguna prenda de ropa. Pero, sinceramente, llegado a ese punto, como si tengo que tirar la ropa cada semana; mi hija estaba desnutrida y ahora estaba perfecta, ¿no será mejor alegrarse? Además, con lo que cuesta hoy en día un paquete de bodis…
Hoy en día mi hija come que da gusto verla y, hace tanto que dejé que se desarrollase mi oído vaginal (básicamente que solo escucho lo que me sale del coño), así que no sé si me critican porque mi hija coma sola tan pequeña pero, sinceramente, me da igual.
Luna Purple