Mi marido y yo llevamos juntos seis años. Los dos últimos casados. Nos casamos más o menos cuando empezamos a buscar un bebé y fue todo rodado, como en las películas de antes: noviazgo maravilloso, boda preciosa y por todo lo alto, embarazo en la luna de miel y un niño rechoncho y sonrosado que ya corre y parlotea y nos tiene locos de amor.
Ahora estamos intentando ir a por el segundo, pero nos está costando horrores y hemos decidido recurrir a la fecundación in-vitro. Llevamos en la lista de espera como un año y parece que ya se va acercando nuestro turno. Sin embargo, en los últimos tiempos nos hemos estado replanteando si lo de tener otro bebé es o no buena idea.
Resulta que nuestro retoño es un terremoto y nos está costando manejarle. Tiene mucho genio, la mano muy larga, nos llaman a menudo de la guardería y parece que no descansa de hacer maldades. Vamos, que no podemos con él. Esta intensidad está desgastando la pareja y llevamos prácticamente desde que nos cogieron en la lista de espera para la fecundación arrastrando un problema tras otro. Incluso hemos ido a terapia de pareja durante un tiempo.
Parecía que la cosa estaba funcionando y que poco a poco las cosas se iban encauzando, no tanto con el niño, porque él sigue igual, pero sí entre nosotros. Yo tan contenta, mirando cada día la lista de espera a ver cómo avanzaba.
Sin embargo, hace un mes, cuando él estaba en la ducha, llamó su madre por teléfono. Le llevé el teléfono al baño y me dijo: «cógelo tú, porfa». Y en buena hora lo hice, porque, al ir a coger la llamada, su madre colgó y apareció la pantalla de bloqueo con las notificaciones y la primera en la frente: una aplicación con fueguitos rojos en la que Estefanía32 le decía «te espero en la ducha» y el emoji de una lengua mojada.
Se me cayó el alma a los pies.
En mi cabeza empecé a buscar todas las excusas posibles para ese mensaje y esperé a que saliera y le confronté. Me dijo que sí, que era lo que pensaba y que por favor le perdonara, que no había quedado con nadie y tampoco tenía pensado hacerlo, que solamente quería sentirse deseado porque nuestra relación estaba muy apagada. Me enfadé muchísimo, pero entre los llantos, los chantajes y pensar en nuestro hijo al final le perdoné.
Seguimos con nuestra relación mejor que nunca. Él más cariñoso, más pendiente de todo, el marido perfecto, hasta reavivamos la llama de la pasión (que antes era más bien una cerilla). Pero yo no podía olvidarme del todo de lo que había pasado y de vez en cuando me sorprendía mirando de reojo su teléfono. Me decía a mí misma: esto no puede ser, tienes que confiar, no quiero ser una persona tóxica, etc.
Peeeeero…anteayer dejó el teléfono en la mesa y no pude evitarlo. Me acerqué y pulse el botón, aparecieron las notificaciones y…tres ventanas de fueguitos.
Me cagué en todo y le pegué un bocinazo para que viniera: «No te voy a dejar por torearme, no una vez, sino dos, prometerme que nunca más iba a pasar esto y que me ibas a respetar, por mí y por mí hijo. Te voy a dejar porque eres tan profundamente imbécil y me respetas tan poco que ni siquiera tienes la picardía de desactivar las notificaciones. Coge tus cosas y fuera de aquí.»
Y así es como me he quedado (por ahora) sin un segundo hijo, pero me he librado de un cantamañanas que por no tener no tenía ni picardía. Deseadme suerte.
Anónimo
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