Bueno, la que me pasó el otro día, pa qué!!!

Yo no sé por qué lo sigo intentando, mira que lo he pensado veces ‘Blanca, bórrate el Tinder que las citas no son lo tuyo’ y es que siempre me salen mal, leñe. 

No son desastres horribles como lo que leo en esta web, también es verdad que no suelo dar lugar a que eso pase, salgo corriendo antes porque soy súper exigente (y petarda) y si algo no me cuadra, pues chao bacalao. 

Creía yo haber encontrado al uno entre el millón, me encantaba lo poco que sabía de él y hasta me hacía ilusión la cita, últimamente tengo citas por tener, Madrid está desierto y yo muy aburrida, así que aunque sea echo la tarde y me tomo un tinto de verano con limón, pero este no, este me gustaba de verdad. 

Quedamos en la calle Ponzano, que no sé si la conocéis, pero básicamente es una calle de bares en Madrid con un ambiente increíble y mi zona favorita del mundo para ir a tomar algo con las amigas, las citas o mis padres, sirve para todo. 

Quedamos en la boca del metro y cumplía todas las expectativas físicas que tenía yo montadas en mi cabeza. Bien vestido, buen olor, bonito pelo y presencia imponente, no pido más a la vida. 

Nos dimos dos besos y un abrazo, mascarilla de por medio y nos dirigimos a un bar que me flipa. Llegamos, empezamos a hablar y todo bien, muy majo, educado y participativo, la cosa iba estupendamente de verdad. Nos traen dos copitas de vino acompañadas de unas tapas que tenía pintón máximo. Eran de aguacate, salmón, queso de untar y un polvillo por encima que crujía 10/10. 

Nos las comemos, bajamos la copa de vino y de repente el chico se calla. La conversación pasa de ser de dos, a ser un monólogo mío con alguna intervención suya del estilo ‘aham, sí sí, no, mmmm’ y yo claro, me empiezo a rallar. ¿Huelo mal? ¿Le aburro? ¿No soy interesante? ¿Tengo algo entre los dientes? Cuanto más nerviosa me pongo, más hablo. Así que ahí estuve prácticamente media hora contándole hasta mi árbol genealógico al completo. 

Al final la presión me puede, no aguanto más y le pregunto que si le pasa algo, que no entiendo nada. Cuando de repente mi pobre me dice como gangoso ‘tengo que ir al baño un momento’, yo me quedo loca porque juraría que cuando hablé con él al principio no tenía ningún problema para vocalizar…

Vuelve y me dice ‘peddona ed que tengo la lengua hinchada podque la tapa llevaba cacahueted y zoy alérgico a lod frutod zecod‘, ¡¡el pobre tenía la lengua que le iba a reventar!!

Le dije que lo llevaba al hospital, pero me dijo que mejor no, que quería ir solo. 

¿¡Podemos pensar que estuve prácticamente media hora hablando mientras él se quería morir al sentir como su lengua doblaba el tamaño!?

Después de aquel día no hemos vuelto a quedar, la conversación no fluye y él no está por la labor, supongo que la experiencia no fue demasiado buena… Pero bueno, como decían en Pokemon »continuará…»

Blanca

 

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