El otro día me tocó comerme mis palabras, entre otras cosas porque llevo meses defendiendo a capa y espada el uso de Tinder y mis amiguis no hacen más que rebatir mis argumentos con sus pobres citas.

Es que no sabéis elegir… Porque en esa aplicación hay de todo. Al igual que puedes dar con un tío guay, te puedes encontrar con un gañán de manual.‘ Esto es lo que llevo diciéndoles mucho tiempo, aunque realmente nunca he dudado de mi suerte, porque yo hasta el momento no había dado con ningún personaje horribilis.

Aunque obviamente tanto fue el cántaro a la fuente que al final… apareció el susodicho. Mis amigas se han desorinado de mí todo lo que han querido y me han pedido que de una vez por todas les de la razón. Es que de todo lo que me podía haber pasado, de todos los tíos con los que pude darme de bruces, este personaje es que ni aunque lo inventaran así.

Mario, con todas sus letras y sus atributos. Este hombre de treinta y tantos, supuesto abogado de éxito, educado y elocuente. Vamos, que lo añadí a mi lista de flechazos que sabía que funcionarían incluso antes de programar nuestra primera cita. Veía sus fotografías y aquello pintaba genial. En el momento que empezamos a hablar ya ni os cuento. Todo surgía casi como por arte de magia, como preparado.

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Como os digo, no era ni la primera ni la segunda vez que quedaba con un tío vía Tinder. Cuatro años de soltería y desmelene me habían hecho fiel usuaria de la aplicación y aunque pocas veces había repetido con el mismo hombre, para mi finalidad principal siempre había acertado. Mario sería otro más, y esperaba que de los buenos. Así que unos días después de nuestra primera toma de contacto lo invité a pasar una velada de vinito, tabla de quesos y buena charla en mi casa.

En ningún momento nos habíamos puesto juguetones en los mensajes. Aunque siempre he pensado que hay que ser muy tonto para no darse cuenta de lo que se busca en Tinder, imaginé que él querría lo mismito que yo: una rato divertido y si eso, un revolcón con final feliz.

Noche de viernes, lo preparo todo, me planto vestidazo y me recojo el pelo de una manera desenfadada pero meditada. Con una puntualidad británica Mario toca la puerta, y me dispongo a que comience la fiesta.

Y lo cierto fue que Mario no me decepcionó ni un poco en cuanto al físico se refiere, pero en cuestión de casi una hora vi que algo no cuadraba con su forma de ser. Era divertido y tenía conversación, sí, pero por más que intentaba hablar con él sobre su trabajo, estudios o temas algo más serio él respondía tartamudeando o intentando huir del asunto.

Como soy perra vieja, decidí terminar el vino y de una manera elegante invitarlo a irse con total naturalidad. Hasta una persona dormida se hubiera dado cuenta de que aquello no estaba funcionando así que apuré la copa llevando la conversación hacia una despedida. Ya eran más de dos horas en los que Mario no me había conquistado ni un poco y además empezaba a pensar que toda su biografía era la gran mentira, así que antes de discutir, dejarlo irse y si te he visto no me acuerdo.

Lo que sucedió entonces fue que evidentemente Mario no se había percatado todavía de que aquella cita no tendría un final feliz de orgasmos y pasión. Por más que yo le repetía que al día siguiente tenía que madrugar y que quizás era mejor dejarlo ahí él seguía lanzando la caña de una manera nada sutil ni elegante. Llegó a mosquearme y decidí darle media hora para irse o bien mi mala ostia actuaría de oficio.

Me pregunta si puede ir al servicio, le indico dónde es y aprovecho para escribir a mis amigas y contarles lo que hay. No tenía miedo, Mario me había dejado muy claro que era un patán que solo quería pillar y si hacía falta le daría una patada en las pelotas antes de que se acercara a mí. Al rato vuelve al salón y se acomoda. Suspiro y por quincuagésima vez le digo que me va siendo hora de ir a dormir, que estoy cansada y que le agradezco su visita.

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Cuando lo escucho empezar a contarme una historia sin pies ni cabeza sobre sus últimas conquistas en Tinder. Algo que por lo que entendí debía ser sensual y ponerme a cien pero que me estaba cabreando más que otra cosa. Pasan los minutos y cuando estoy ya a punto de liberar mi furia lo veo que se queda pálido, mudo y empieza a sudar a chorros.

Emmm… ¿Estás bien, Mario?

Cero respuestas, el hombre se pone a respirar cada vez más seguido. No deja de mirarme pero como si no viera nada. Me empiezo a preocupar, a aquel hombre le estaba dando un jamacuco en mi sofá. Él entonces hizo un movimiento por intentar quitarse la chaqueta y según separó sus piernas veo un tremendo bultaco que le asoma del paquete. No me lo podía creer, una erección que parecía un misil de las fuerzas armadas listo para el ataque.

En fin, que el asunto se fue complicando por momentos y yo vi que Mario se me iba a morir en el salón de casa. Le pregunto si ha tomado algo (aunque era evidente) y como puede me da un blíster de viagra al que le faltaban cuatro pastillas. Le pregunto y sí, se las había tomado juntitas al ir al baño. Llamo al 112 y directamente les explico que esta persona ha tenido la genial idea de atiborrarse a viagra para intentar conquistarme con su trabuco insaciable.

Vinieron, nos fuimos, estuve con él en urgencias hasta que me pidió que, por favor, llamase a su madre para que se hiciera cargo. Tuve que hablar con la buena señora y calmarla tras el susto. En cuanto ella llegó yo me fui, a eso de las dos de la madrugada. Y como yo soy así, pasados unos días le escribí preguntándole si todo había ido bien. Al menos Mario salió de aquello indemne, y yo también, porque ya os digo que si me hubiera intentado follar con ese instrumento, me hubiera empalado.

Toca darme un descansito de Tinder, todo esto ha sido un claro aviso.

Fotografía de portada

Anónimo

 

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