¿Soy yo o la peña está fatal?
¿Nos estamos volviendo todos un poco locos o es que la vida me ha aplicado un filtro, sin que me diera cuenta, y solo me topo con gente rara de narices?
Os juro que si os cuento todo lo que me ha pasado últimamente, Netflix me compra los derechos.
Sobre todo, en lo que a hombres se refiere.
Estoy dando con cada espécimen que ya me estoy planteando que, si nada me vale y a todo le pongo pegas, lo mismo la chunga soy yo.
No importa cómo ni dónde los conozca.
Mis últimas citas han sido un fracaso absoluto tras otro.
Tengo de todo en mi haber. Desde el que se marchó a media cena fingiendo una emergencia familiar hasta el que, en mitad del polvo, se puso a llorar y darme las gracias, pasando por uno que me propuso invitar a unirse a su compañero de piso…
En fin, ha habido algunos con los que no me dieron las patas para correr, madre mía.

Yo que me había desinstalado Tinder porque menuda fauna la de ese lugar, y los peores acabaron siendo los que conocía por ahí. O incluso los que me presentaba algún amigx.
Total, que volví a Tinder.
Pero en plan superselectiva y nada a la desesperada. Si daba con diamante en bruto a por él, si no, a seguir picando sin prisa.
Y entonces hice match con el Señor Semevenlasintenciones Peronotengopintadetarado Nideserpeligroso, Semeven para las amigas.
Semeven tenía mi edad, una foto de cuerpo entero totalmente vestido y una descripción bastante aséptica e inocente para lo que viene siendo ese universo paralelo de Tinder.
Charlamos unos cuantos días y entonces él me propuso quedar.
Iba a hacerme la dura, pero ¿para qué?
¿No me había metido ahí otra vez para eso? Sí, no nos vamos a engañar.
Acepto, le pregunto qué me propone y me dice que nos vemos ese viernes en un restaurante del centro.
Él, con toda la naturalidad, me da las indicaciones para llegar y añade una petición especial.
Sin sutilezas ni paños calientes me pidió que no llevase bragas a nuestra cita.

Mi respuesta fue un larguísimo jajajajajajajajajajajajajajajajajaja. Jajaja. Jaja. Ja
¿Ja?
Ni le confirmé ni le desmentí que iba a cumplir su deseo, pero lo primero que pensé fue que ni de coña.
O sea, no, ni de broma.
A mí me gusta llevar bragas full time, desde pequeñita. No soy capaz ni de dormir sin ellas.
Lo tenía muy claro, sin embargo, a medida que pasaban los días y que nuestro tonteo telefónico iba subiendo de tono… La idea se me fue haciendo más apetecible.
Así que, cuando llegó el viernes tarde, me puse mona y salí de casa con un vestido vaporoso que me llega por las rodillas.
Con los dedos cruzados para que un golpe de viento no me dejase literalmente con el culo al aire.
Y con unas bragas dentro del bolso, que no sabía cuándo iba a volver y tampoco es que pensara estar toda la noche con el potorro a ventilar.
Semeven me esperaba en la puerta del restaurante, sonriente y bastante fiel a sus fotos.
Nos damos dos besos y noto cómo baja la mano por mi espalda hasta donde esta pierde su nombre, como tanteando.
Se separa con una sonrisa de oreja a oreja, levanta las cejas y dice: ‘veo que has accedido a mi petición’.

Vale, estaba buscando la goma de las bragas que no llevaba, qué pro. Podía haberlo preguntado, ¿verdad? Ya si eso cuando nos sentáramos, pero bueno.
Yo paso por alto la cara de pervertido que se le puso porque pienso que no lo conozco y no estoy en posición de evaluar sus gestos, que igual soy yo la que está prejuzgando y en realidad era picardía en lugar de perversión.
Entramos y observo que el restaurante no es, ni de lejos, el que yo escogería para una primera cita. Es un local antiguo con una decoración muy desfasada, hay cortinones de terciopelo en las ventanas y mesas redondas con manteles largos hasta el suelo.
El camarero nos lleva a una en un rincón y al pasar compruebo que solo hay otras dos mesas más ocupadas.
Es como muy íntimo y oscuro.
No puedo decir por qué exactamente, pero de pronto me da mal rollo.
El sitio y mi acompañante.
Nos dejan las cartas en la mesa, abro la mía y siento un puntapié en la rodilla.
Levanto la cabeza y veo esa sonrisa pervertida otra vez, pero no puedo pensar en nada más porque de repente tengo un zapato en la entrepierna.
¡Un zapato, joder! Un puto zapato, que a saber qué habrá pisado, metiéndoseme entre los muslos.
Instintivamente echo la silla hacia atrás.
‘Tranquila’, me dice cuando le miro, probablemente, con mi mejor cara de loca.
‘No se ve nada’.

La madre que me parió.
Respiro, trago saliva y le pido con calma que no vuelva a hacer eso del zapato, por dios y por todos los santos.
Le informo que voy al baño y allí, mientras me paso un poco de papel humedecido por las piernas, me obligo a volver y darle otra oportunidad. El tío habrá visto muchas películas y quizá tenga una filia rara, pero yo también tengo mis movidas.
Pongo mi culo sin bragas en la silla, pedimos de beber.
Le pregunto si le apetece compartir algo o pedir cada uno un plato y… siento una nueva incursión del pie del chaval, esta vez más directa, más certera, sin zapato… ¡Con el calcetín puesto!
Vuelvo a arrastrar el asiento rápidamente hacia atrás y me dice:
‘A ver, tía, ¿me vas a dejar jugar o no? ¿Tú sabes lo que cuesta encontrar un sitio con este tipo de manteles?
Pues la verdad es que no tenía ni idea, pero no me iba a quedar para que me lo contara.
Cogí el bolso, me fustigué por no haberme puesto las bragas de emergencia en la visita al baño y salí del restaurante sin mirar atrás.
Al pasar delante de la barra pude escuchar cómo el camarero que nos atendía le decía a su compañero: ‘Te dije que esta se iba antes de cenar, me debes cinco pavos’.
Anónimo
Envíanos tus historias a [email protected]