De dieta milagro en dieta milagro: ese oscuro camino
Si hay algo que ha marcado a todas las mujeres que conozco, son las dietas milagro. No conozco ni una sola que no lo haya intentado, al menos, una vez. Y aunque estuvieran en normopeso. Es más, habitualmente todas estas locas ideas me llegaron a través de mujeres con cuerpos totalmente normativos cuyas cabezas la sociedad había llenado de absurdos complejos.
Como mujer que se pasó acomplejada toda su juventud, os imaginaréis que la lista de dietas de este tipo que he intentado es muy larga. A veces te llegaba porque la amiga de una amiga había perdido 20 kilos en tres meses, o porque ojeabas una revista y encontrabas un artículo de la última dieta de los famosos, o quizás la amiga de tu madre estaba contentísima porque había perdido 10 kilos en un mes ingiriendo no sé qué. En serio, las he visto de lo más diversas, y a continuación os dejo una lista de estas dietas locas y malignas que han pasado por mi existencia:
– La dieta de la piña y el pollo: Creo que pocas de vosotras no habréis oído hablar de ella. Te tenías que limitar a comer estos dos alimentos, agua, infusiones y café. Toda una delicia para el paladar, un disfrute absoluto para el sentido del gusto, una locura de matices. Por supuesto el pollo tenía que ir a la plancha, cocido o al horno, no te pienses que te podías comer un »filetito empanao» de esos de tu abuela que sabían a gloria bendita. No, amigas, pechuga de pollo tiesa y piña al natural. Y tú te lo comías el primer día. Y el segundo. El tercero el pollo ya te sabía un poco a suela de zapato. Y el cuarto picabas un poco de la barra de pan calentito que ponía tu familia en la mesa. Y el quinto mandabas el pollo y la piña a mejor vida. Fracaso absoluto. A veces me pregunto cuánto tiempo máximo habrá conseguido alguien mantener semejante alimentación.
– Los «polvitos mágicos»: Así llamaba yo a unos botes de polvos de proteína con sabor artificial a vainilla que tenía que desayunar y cenar TODOS LOS DÍAS mezclados con yogurt o leche. Y además eran caros de narices. Con esta dieta aguanté un poco más, un par de meses. Pero creedme si os digo que la fatiga con la que iba al instituto después de engullir el batidito no tenía nombre. ¿El almuerzo? Plancha y verdura. No me permitían mucha variedad, pero teniendo en cuenta que era mi única comida sólida del día, la devoraba hubiera lo que hubiese. Perdí bastante peso. El problema vino cuando no pude más y lo dejé. Vivir así es insostenible a largo plazo. El efecto rebote fue estratosférico, cogí mucho más de lo que había perdido y encima me tiré años sin poder oler ni la vainilla ni el yogur. En definitiva, queridas, nada de ingerir «polvitos mágicos».
– Los cinco altramuces: Esta dieta era tan sencilla como falsa e ineficaz. Simplemente se trataba de comprar altramuces, o chochitos, como los llaman en Cádiz, en crudo. Y así tal cual, como quien se toma un Paracetamol, te tragabas cinco en ayunas por la mañana con un vaso de agua. Evidentemente no servía de nada, pero reconozco que lo mantuve durante dos semanas. Después de eso decidí que mejor me los comía cocinados y saladitos, ¡que así al menos merecen la pena!
– Las cinco bolitas de pimienta negra: Prima hermana de la dieta de los cinco altramuces, solo que te daban la explicación de que la pimienta negra aceleraba el metabolismo y quemabas grasa. Yo solo conseguí tener reflujo después del desayuno. Super fan de la pimienta como especia, pero no paséis de ahí, que aunque tenga beneficios, no tiene propiedades mágicas.
– La dieta Dukan: Sí señoras, hemos llegado a la dieta milagro más conocida de todas. Para quien no la conozca, por si acaso, consistía en comer proteínas. Pero solamente proteínas. Y cocinadas casi sin nada. Podías usar especias. Podías usar ketchup para que la carne seca pasara un poco más suave por tu gaznate. O mostaza. Pero nada más. Yogures y leche desnatados, queso fresco, ternera, pollo, pavo, huevos y litros y litros de clara de huevo. Perdí casi 9 kilos en trece días. Pero es que a los trece días lo de ir al baño a hacer aguas mayores se había convertido en un hábito del pasado. Así que para evitar morir de un atasco indeseado, tuve que parar. Imaginaos el efecto rebote. Horror. Desastre. Y yo tuve suerte, estreñimiento y efecto rebote pero sin más complicaciones de salud, hubo otros que acabaron peor.
– La de no comer sólido a partir de las 5 de tarde: Podías comer desde las ocho de la mañana, pero cuidando que fueran alimentos pocos calóricos. Los nutrientes daban igual, te fijabas solo las calorías. Y a las cinco de la tarde, zas, se acabó. Hasta mañana a las ocho pero sin bizcocho. A partir de esa hora, agua, café solo, infusiones y refrescos sin azúcar. Para mí, que llegaran las cinco de la tarde era el peor momento del día, una tragedia griega. Esas tripas rugiendo a las once de la noche y esa barriga hinchada del gas de los 5 vasos de refresco que llevaba en el cuerpo. Podéis imaginar que no me duró mucho tiempo (y menos mal).
– La de comer sólo una vez al día: Esta la leí en una revista, la dieta de la famosa de turno para «mantener la línea». Desayuno y cena, eliminados. Sólo almorzaba una ensalada con atún y surimi. Y el resto del día soñaba con que llegase el almuerzo del día siguiente. Aguanté 7 días haciendo esta barbaridad. ¿A que adivináis qué pasó al dejarlo? ¡PREMIO! ¡¡¡Efecto rebote!!!
Seguro que existen muchísimas más que, por suerte, no he tenido el placer de conocer. Pero después de años y años viendo mi peso y mi autoestima fluctuar y bailar al son de las dietas milagro, ha sido mega liberador para mí dar por fin con una nutricionista que acabase con todos los mitos y que me enseñase a comer bien, variado, sin excluir ningún alimento y sin tener miedo a darme un capricho por engordar. Y por encima de todo, hacerlo esto sin pensar constantemente en mi peso, sin que el motivo sea «bajar X kilos en X tiempo», sino para sanar mi tóxica relación con la comida y, sobre todo, conmigo misma.
Carol M.

