La maternidad, esa decisión que, si la tomas en tu vida, es la garantía de que te rodearás de personas que (sean o no madres) saben que lo harían mejor que tú. Cada decisión que tomes será cuestionada, juzgada y, por supuesto, recibirá un consejo no pedido sobre cómo es lo contrario de lo que haces lo que en realidad sería correcto.

La alimentación es uno de los puntos clave. Si purés, si WLV, si procesados, si caseros… Pero antes de todo esto está la gran cuestión: La lactancia. Da lo mismo si es por decisión o por imposición la determinación que tomes, siempre habrá quien te explique que deberías haber hecho lo contrario.

Hace poco veía por redes sociales la funa que se le hacía a una influencer en Instagram por decir que no había dado pecho a ninguno de sus hijos porque no había querido. Sin ser necesario en absoluto, desde mi punto de vista, daba todas las razones por las que había tomado esa determinación, y toda una horda de haters se le echaba encima llamándole de todo. Mala madre (por supuesto), desnaturalizada, inconsciente, trastornada… La verdad que aluciné bastante y aportaré que a mi segundo bebé no pude darle pecho y, quien sabía que al primero le había dado bastante tiempo, me juzgaban porque claro, seguro que no le daba por ser el segundo.

Pero lo que en realidad vengo a contaros es cómo, cuando tomas la decisión de dar el pecho a tu criatura de forma lo más natural posible, es decir, a total demanda y sin fecha límite, da lo mismo lo que le pase a tu bebé, si es algo “negativo” siempre será culpa del pecho.

Mi hijo mayor, cuando tuvo que empezar la alimentación complementaria se negaba a comer la mayoría de alimentos. Se moría de las ganas de vomitar, no le gustaba casi nada y la hora de comer era una tortura. Una vez que cogió un virus estomacal tuvieron que ingresarlo porque se deshidrataba de tanto vomitar y me prohibieron darle pecho, pues si comía teta no comía de lo demás (teoría de una doctora que creía que la lactancia debía suprimirse del todo a los 6 meses). Así que estuvo dos días completos sin probar bocado y llorando. Pues lo único que toleraba era la teta. Finalmente, se la acabé dando y, estando más calmado, volvió a comer; poco, pero al menos algo.

Unos meses más tarde llegó el diagnóstico de autismo ( lo cual también explicaba su intolerancia según a qué texturas) y, con él, un psicólogo que, gracias al cielo, no tardó en jubilarse. En la primera entrevista me preguntó si yo había sido cariñosa y apegada a él en sus primeros meses, pues hacía años se decía que el autismo podría venir por el trauma del desapego de las madres en los primeros meses. Así como lo leéis. Mi entonces marido saltó como un resorte y defendió que aquella teoría no tenía sentido.

Entonces el doctor se dio cuenta de cómo mi hijo buscaba el contacto físico constantemente y dijo que entonces seguramente viniera por tanta teta. Acostumbrado a solo socializar conmigo y tener un contacto físico impropio a su edad le llevaba a no saber socializar con sus iguales. Ni qué decir que la base científica de tales comentarios eran solamente los de sus huevos morenos.

Pues ahora, tras muchos años, mi hija pequeña ha sido diagnosticada también. En el proceso de diagnóstico nos tropezamos con muchas personas que decían que el comportamiento de mi hija venía por ser una cabezota, una consentida, una mimada… Algo que pasa casi siempre en casos de autismo cuando tropiezas con la ignorancia, pero que si tu bebé es una niña se multiplican por mil.

Pero es que entonces era la teta, era obviamente la teta pues; según una doctora a la que escuché decirle a la mamá de un gran prematuro que lo que le pasaba a su bebé era que era un vago, mi niña, que no tenía ningún tipo de comprensión de su entorno y solamente sabía decir una o dos palabras con algo de sentido, ella se comportaba así porque al tomar teta creía que era más bebé de lo que era en realidad. Es decir, una niña que no distinguía un coche de una manzana, no era capaz de avanzar porque tenía interiorizados los estereotipos pertinentes de cada edad evolutiva y, al tomar teta, que era claramente algo para hacer hasta los 11 o 12 meses como máximo, ella debía comportarse como de esa edad… De verdad que si no fuera real sería gracioso.

En neonatología, donde estuvimos dos días por una ictericia, culpaban a la lactancia de cualquier cosa, incluía la ictericia, aunque los otros dos bebés tomasen biberón. Utilizaban métodos prehistóricos para calcular lo que la niña comía y aconsejaban a madres primerizas con tips totalmente obsoletos que llevaban a muchas a desistir.

De verdad que entiendo a las madres que deciden no dar pecho, lo respeto totalmente y me parece horribles las cosas que se les dice; pero os prometo que este lado no es más fácil.

Cuando mi hijo mayor subía de talla muy rápido: “cuidado con la teta”. Cuando la pequeña subía demasiado lento: “cuidado con la teta”. Y así para absolutamente todo. A mayores, las miradas y comentarios en la calle.

Si volviese a empezar, lo haría tal cual lo hice hasta hoy, pero os prometo que debéis tener todo muy claro y ser fuertes para no dudar en vuestras decisiones, pues es una lucha constante contra las opiniones de a quien, en realidad, le dais igual.

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

Si tienes una historia interesante y quieres que Luna Purple te la ponga bonita, mándala a [email protected] o a [email protected]