Creciendo, mi familia parecía normal. Mi padre trabajaba fuera, así que pasaba poco tiempo en casa. Mi madre, era la típica figura de ama de casa abnegada que se dedicaba a cuidarme a mí, su único hijo, y a mi abuela.
Creciendo, nunca pasamos apuros. Si algo bueno tenía el trabajo de mi padre es que, al pasar tanto tiempo fuera pagaban bien y no tenía gastos, así que el sueldo venía a casa entero.
Además, vivíamos en el piso de mi abuela, y mis padres tenían alquilado el suyo, por lo que ahí había un ingreso extra.
Por todo ello, me extrañó que mi madre, de repente, decidiera ponerse a trabajar. No porque me pareciera mal, sino porque, en mi mente de niño de 15 años uno trabajaba porque necesitaba dinero, y nosotros no lo necesitábamos.
Mi madre dijo que simplemente era porque yo ya estaba mayor y necesitaba menos cuidados. Así se sentía útil. Tenía sentido, la verdad.
Además, dos de sus amigas, dueñas de la cafetería y el restaurante del pueblo, le habían ofrecido trabajar limpiando los locales. Pocas horas, cerquita de casa, todo perfecto. Como buen hijo la apoyé.
La siguiente cosa rara que note fue unos meses más tarde, cuando nos dijo que ese año no iríamos de vacaciones. Simplemente estaríamos una semana en el pueblo. Mi padre no cuestionó nada y yo, a mis 15, no quería irme de vacaciones con mis padres, así que tan contento.
En septiembre, mi madre me pidió si podía hablar con algún amigo, para ver si me dejaban los libros para el colegio, que la vida estaba muy cara y había que ahorrar.
Después de los libros, vino una Navidad sin gambas ni polvorones, un cumpleaños en el que no salimos al restaurante a comer como era tradición, y una despensa en la que prácticamente solo había pasta y arroz.
La verdad es que mi madre siempre tenía alguna excusa convincente (o convincente para mi yo de 16 años), y mi padre nunca miraba las cuentas, así que no se enteraba de mucho.
Casi un año después de que empezara a trabajar, la madre de una amiga mía me preguntó si todo estaba bien. Que no quería crear alarmas pero que veía mucho a mi madre tanto en el restaurante como en la cafetería, pero no trabajando precisamente, si no en la máquina tragaperras. Llamé a mi padre y se lo comenté.
Llamamos a las amigas de mi madre, donde trabajaba, que negaron haberla visto nunca jugando a las tragaperras.
Mi padre fue al banco de inmediato y allí no había nada. No tenían deudas, pero no había ni medio euro en la cuenta de ahorro.
Todo el sueldo de mi padre, de mi madre, y del alquiler del piso salía como retiradas de efectivo en las primeras dos semanas del mes. Las dos siguientes semanas, era la cuenta de ahorro la que mermaba poco a poco. Y así llevaba pasando meses. Cada mes, un poco más que el anterior.
Ese mismo día, mi padre volvió a casa y hablamos con ella. Como cualquier adicto, lo negó todo. Se encerró en la habitación, y ahí terminó la conversación. Al día siguiente, se marchó a trabajar como de costumbre.
Mi padre y yo la seguimos y, efectivamente, se fue derecha a la cafetería a jugar con la maquinita infernal. Ahí fue cuando se rompió y nos confesó que era superior a sus fuerzas. Que lo había intentado, pero que no podía parar.
Mi padre volvió a encarar a la dueña de la cafetería, que había sido amiga de mi madre por más de 30 años, si de verdad nunca había notado nada. Pero se río en su cara y le dijo que claro que lo sabía, pero que, por si no lo había notado, lo que ella tenía era un negocio. Que decir algo habría sido como tirar piedras sobre su propio tejado. No voy a impedirle a nadie gastarse su dinero en mi bar, con los beneficios que eso me trae, creo que fueron sus palabras. También nos dijo que la otra amiga, dueña del restaurante, también lo sabía, pero que habían decidido no decir nada mientras a ellas les viniera bien.
A los días, mi padre tenía que empezar a trabajar otra vez, y querían autorizarme en el banco, y quitarle a mi madre el acceso.
Tuve que aprender a gestionar una casa, un sueldo. Mi madre me decía que pagar y dónde. Me daba la lista de la compra para que le diera dinero, y me devolvía hasta el último céntimo de cambios.
Actualmente, mi madre está bien. Recuperada. Nunca fue a terapia porque no la convencimos, pero logramos, entre todos, que lo superara.
Por supuesto, cambio de amigas por otras que la valoran más por cómo es ella que por el dinero que les puede aportar al negocio. ¿Cuánto antes hubiéramos podido ayudarla si hubieran comentado la situación antes, en vez de preocuparse por sus bolsillos? Aunque suene mal decirlo, ¿Cuánto dinero nos hubiéramos ahorrado?
Anonimo.
