Los sanitarios pasamos más tiempo fuera de casa que con nuestra familia. Entre guardias, turnos extra y los turnos que nos tocan por planilla, no es extraño que el roce haga el cariño y se vivan algunas escenas dignas de cualquier capítulo de Anatomía de Grey.
Yo acababa de llegar nueva a un servicio muy cerrado como era la UCI: allí los pacientes son muy críticos y no es fácil ser la nueva. Por suerte, éramos unos cuantos médicos nuevos que acabábamos la residencia hacía poco y nos incorporábamos a ese servicio ya como adjuntos. Todos los compañeros eran majos con nosotros, nos ayudaban en todo lo que podían —unos más que otros— y la relación con las enfermeras también era bastante buena.
A medida que iba pasando el tiempo, yo iba ganando confianza como médico e iba estableciendo relaciones de amistad con mis compañeros. Eso me hizo acercarme a Raúl (nombre ficticio), uno de los médicos veteranos que llevaba allí desde que todo era campo y que era muy simpático y agradable.
Congeniamos al instante, nos intercambiamos los Instagrams y hablábamos de vez en cuando, nos echábamos miraditas en los vestuarios, me daba un vuelco el corazón cada vez que miraba el turno y veía que me tocaba con él. Incluso me llegaba a poner algo celosa de que fuese tan atento y amable con las demás compañeras. Sin embargo, solo era tan agradable con las que habíamos llegado nuevas; con las veteranas era otro rollo.
Me daba cuenta de que, cada vez que este médico estaba presente, las enfermeras y las médicas más veteranas lo miraban mal o simplemente ni lo miraban. Hablaban mal de él a sus espaldas, comentando lo vago que era o lo imbécil que les parecía. A mí, sin embargo, era el compañero que mejor me caía de todos y no entendía nada del odio que le tenía todo el mundo.
Un día, mientras escribíamos los evolutivos de algunos pacientes, se sentó a mi lado y comenzamos a hablar. Me contó que había hecho la residencia en el norte, de donde era natural, y que se había venido a mi ciudad porque le ofrecían buenas condiciones de trabajo, pero que aquí no tenía muchos amigos, y me propuso quedar. Me dio un vuelco el corazón y me puse muy nerviosa. ¡Iba a quedar con él, no me lo podía creer! Esa noche volví a mi casa fantaseando con la cita, pero mi cuento de hadas estaba cerca de acabar.
El siguiente día que fui a trabajar, una de las enfermeras con la que mejor me llevaba me invitó a tomar café con ella y, en un momento que nos quedamos a solas, me contó toda la historia. Al parecer, Raúl había estado saliendo con una de las médicas del servicio. No sabía cuánto duró la relación; lo que sí sabía es que se compraron un piso y se fueron a vivir juntos. Al poco tiempo de eso, ella empezó a llegar al trabajo con bufandas y gafas de sol, y la gente que la conocía empezó a sospechar.
Al parecer, acabó yendo a altas horas de la madrugada a casa de una compañera después de que Raúl le pegase una paliza, la medio estrangulara y la amenazase con matarla. A partir de ese momento lo dejaron, la historia corrió como la pólvora y él se quedó de apestado en el servicio. Por eso se solía acercar a la gente nueva: porque no conocían su verdadera cara.
Me quedé a cuadros. Uno, porque estaba intentando asimilar todo lo que me había contado mi compañera; y dos, porque yo hubiese podido ser la siguiente, de no haber sido por ella. Fue tal el shock que fui incapaz de volver a mirar a Raúl a la cara. No podía hacerlo sin recordar, una y otra vez, todo lo que me habían contado. Nunca hablé con él del porqué de mi cambio repentino de actitud, pero creo que no hizo falta.
A día de hoy, aún me siento estúpida de haber tonteado con él mientras todos sabían la clase de persona que era.
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