Poco se habla de las amistades complicadas, las que nacen desde el cariño, pero que, con el tiempo y la confianza, se toman unas libertades poco… ortodoxas. Siempre decimos que cuando una pareja no nos hace bien debemos dejarla hacer su camino, pero… ¿Qué pasa cuando es una amistad duradera la que está colmando tu paciencia?
Después de ver varios testimonios parecidos en esta página, me he decidido a contar mi relación con mi amiga X (prefiero mantener su identidad en oculto).
Conocí a X en la fiesta del decimoctavo cumpleaños de una amiga en común, llamémosla María. María vive en una casa con jardín y piscina, tenía en ese entonces un perro de más o menos un año y, aprovechando que su cumpleaños cae a finales de mayo y empieza a hacer calorcito, nos invitó a varias amigas a una celebración por todo lo alto en su casa. Comida rica, pastel de chocolate con sus velas, solecito, piscineo, el perro de María que, llevado por la felicidad y la alegría del momento, decidió acompañarnos saltando al agua, aunque después no supiera salir… ¿Qué más se puede pedir?
Me había compinchado con la madre y la hermana de María para que me pasaran fotos de cuando ella era pequeña para hacer un álbum contando su vida y su amistad conmigo y las demás presentes. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que fue uno de los regalos más emotivos y que más ilusión le hizo recibir. Tanto ella como su familia se emocionaron al verlo, y puede que eso diera pie a que X, la amiga de María, aprovechara la ocasión para hablar conmigo más allá de la categoría de “amiga de”. Pronto descubrí que X era muy simpática, divertida, extrovertida y con quién me sentía a gusto hablando. A veces un poco demasiado cotilla, pero, ¿quién no lo es cuando hay salseo?
Poco después de ese primer encuentro, X y yo perdimos el contacto. Volvimos a encontrarnos al año siguiente, en otra fiesta de cumpleaños de María. En esta ocasión, sí pudimos mantener la relación más allá de este tipo de eventos. Ahí empecé a notar cosas que no cuadraban, pero, como nos veíamos ocasionalmente, tampoco lo tuve tanto en cuenta. Pero, a medida que pasaban los meses e incluso los años, vi que realmente era una costumbre por su parte. Lo primero que me llamó la atención fue su concepto de puntualidad. Puedo entender que, por un motivo u otro, llegues tarde y que, si es algo sistemático, pongamos una solución como, por ejemplo, decir otra hora para que llegues puntual. Pero lo que hacía X era ya de mala educación.
Le había dicho mil veces que me avisara cuando saliera de casa para salir yo de la mía y así llegar a la vez al destino. Aun así, en muchas ocasiones, cuando ya estabas a medio camino, te decía que se le habían complicado las cosas en casa y que llegaría media hora más tarde. O directamente, te proponía cambiar por completo el plan por otro con poco más de una hora de antelación (a veces incluso menos). Yo no vivo cerca del centro que digamos, y necesito un mínimo de media hora para llegar a cualquier sitio y, hola, organizarme. Si decías que no a ese otro plan, mágicamente, te ponía una excusa para no venir o, sencillamente transcurrido un cierto tiempo, te escribía para decir “que le había surgido algo” y que quedáramos otro día, que no iba a poder ser. Eso, si contestaba, porque a veces tardaba una semana en confirmar un plan que habíamos organizado para ese mismo finde. He perdido la cuenta de las llamadas que le tuve que hacer el mismo día para confirmar, primero la quedada, y luego la hora y el lugar.
Voy a poner un ejemplo: Una vez al año, en diferentes ciudades del mundo, se celebra (al menos antes de la pandemia) una guerra de cojines. Hay un evento global en Facebook donde se van añadiendo los de cada ciudad en concreto. En el evento global, vi que había un chico que preguntaba por el evento de Barcelona, por lo que me puse en contacto con él y, tras charlar un rato (y darnos cuenta de que teníamos una amiga en común), quedamos a las 18h, hora que empezaba el festival, en el punto de encuentro. Él iba a asistir con un amigo suyo y yo, con X, con la que quedé un cuarto de hora antes por si se retrasaba.
A las 14h (es decir, 4 horas antes del evento) me escribe X para invitar a dos amigos en común, un chico y una chica. Yo había tenido recientemente una movida con esa chica, por lo que me iba a sentir incómoda con su presencia. Le dije a X que vale, pero que después de la guerra de cojines me iba a casa, porque no me apetecía que, tras descargarnos a base de golpe de cojín, fuéramos a cualquier sitio con ella y acabáramos discutiendo.
Pues bien, yo sigo con mi vida y llegué al punto de encuentro 15 minutos antes de la hora. En ese momento X me escribe para preguntar por qué no iba a quedarme más tiempo a tomar algo después, y que cuánto duraba la guerra de cojines. Por eventos anteriores, yo calculé que sería alrededor de una hora. ¿Su respuesta? Que no iba a ir porque no le parecía bien quedar sólo por una hora. Al recordarle que sólo yo me quedaba una hora, y que los otros dos invitados se podían quedar más, soltó que, al final, no iban a venir, que habían hecho otro plan. Bien, pues no pensó en ningún momento en decirlo, para que yo pudiera decidir al respecto. Si me hubiera avisado de eso, sí que habría accedido a quedarme más tiempo.
X siguió erre que erre con lo mismo, por mucho que le dijera que, aunque poco, seguía siendo tiempo que le estaba dedicando, y que no era por ella, sino por la otra chica, porque no quería pasar más tiempo del necesario con ella y discutir. Entonces X cambió el argumento (porque sí, ese era su único argumento hasta entonces), a decir que entonces “ella acabaría perjudicada con esta historia”. La única solución que yo veía de cara al futuro con respecto a eso, era que cuando X quedara con una, no se queda con la otra y así nos ahorramos disgustos. No le pareció bien y siguió con lo suyo hasta que decidí cortar e irme a la guerra de cojines a conocer el otro chaval, el del evento de Facebook, que a día de hoy sigue siendo mi amigo. Él nunca dijo nada al respecto, pero me puedo imaginar la primera impresión que se llevó tanto de X como de mí. Y a parte, suerte que había quedado con él, porque ya ves qué gracia te hace el que te dejen colgado.
Cuando se alineaban los astros, y X y yo conseguíamos quedar, se lo hacía ver para intentar hacerle entender que no podía estar siempre pendiente de esos cambios de última hora, porque yo también tengo cosas que hacer. Ella lo entendía y pedía disculpas y, en las siguientes veces, dejaba de hacerlo, al menos no de forma tan notoria. Echábamos el rato, nos reíamos y lo pasábamos bien yendo al cine, paseando, mirando tiendas, charlando y contándonos nuestra vida. Hasta que se le olvidaba y volvía con lo mismo, como si nada hubiera pasado. En ocasiones me gustaría tener esa capacidad de vivir al día y disfrutar del presente sin pensar en el pasado, pero, por otra parte, pienso que, si alguien me está planteando de forma repetitiva algo que le molesta, quizás debería considerar por qué y, si fuera necesario, ponerle remedio.
Hubo dos ocasiones que marcaron un antes y un después en la relación. La primera fue en su cumpleaños. Como siempre, la desorganización fue la estrella de la noche. Sin ir más lejos, a las 18h del mismo día del cumpleaños aún no sabíamos ni la hora ni el lugar de la celebración, y yo ya llevaba muchos meses acumulando frustraciones por esos desplantes. Así que la única forma que vi que funcionara al respecto fue decirle que, si no lo decía ya, yo no iba. Me negaba a estar dando vueltas por la ciudad o a perder tiempo para prepararme si al final proponía algo al que no iba a poder asistir.
A lo largo de la velada, el novio de X dijo en varias ocasiones que se tendría que ir pronto, porque es de otra ciudad y, si no, perdería el último tren, y tenía que pasar por casa para coger el uniforme de trabajo del día siguiente. Algo que X, al parecer, no acabó de entender, pues le insistió mucho para que se quedara. Más tarde, en una discoteca, cuando otra chica y yo ligamos con un par de chicos (siempre procurando no dejarla de lado), X se enfurruñó porque, según ella, le habíamos impedido hacer lo mismo con su novio (recordemos que él trabajaba al día siguiente y era de otra ciudad) y la dejamos sola cuando decidimos irnos por estar cansadas.
La segunda ocasión fue cuando decidimos quedar para comprar un regalo de cumpleaños para una conocida en común, que se celebraba la semana siguiente. Como en otras ocasiones anteriores, X hizo el feo de decirme de vernos más tarde y, posteriormente, que no podía venir, habiendo yo llegado ya en el lugar. ¿Su excusa? Aún no había comido. No le servía la opción que le di de hacerse un bocadillo para comerlo por el camino, o comprar algo cuando llegara. Esta vez, sin embargo, yo ya había llegado a mi límite (como en el pasado), con la diferencia que ya no iba a permitir que ocurriera más. Así que cuando propuso quedar al día siguiente en vez de entonces, o que viniera hasta donde estaba yo una tercera chica que ni había salido de su casa aún, ni me caía bien, ni estaba invitada al cumpleaños, le contesté que no se molestara, que yo ya había hecho todos los encargos pendientes y me iba a mi casa. Y que no se esforzara a intentar verme más, porque no me daba la gana, que por muy simpática y divertida que fuera, estaba harta de perder mi tiempo y mi energía en explicarle, de nuevo, lo que ya había tratado de hacerle ver en el pasado. El día del cumpleaños, al terminar, cuando insinuó vernos otro día, mi respuesta fue un rotundo NO. Y cuando me preguntó por qué, le dije que la respuesta estaba en lo que había hecho la semana anterior, y en todas las otras veces antes que esa. Quizás quedó feo decirlo delante de las demás, pero quería que quedara constancia no solo por nosotras dos, para que después no tergiversara mis palabras. A parte, tampoco me apetecía perder mi tiempo en buscar otro día para decirle más de lo mismo.
Me habló durante semanas y durante meses como si no hubiera pasado nada, como si la última conversación fuera sobre la cena de anoche. Aunque siempre fui correcta, decliné cada propuesta de “a ver si nos vemos” suya. Una de las últimas interacciones que tuve con ella fue cerca de las Navidades siguientes, por WhatsApp, cuando quiso echarme en cara que yo quedara con otra gente. Le contesté que si lo hacía, era porque esa gente no me descuadraba los planes en el último momento, porque no llegaban tarde o, en caso de tener que cambiar o anular el plan, me avisaban con antelación, no 15 minutos antes de la hora, o cuando ya estaba de camino. Y a parte, añadí que no me daba la gana de quedar con ella. Eso debió de enfurecerla, porque se fue directa a su madre a enseñarle la conversación, con el fin (supongo) de que esta le diera la razón. Pero, por increíble que parezca, su madre me apoyó a mí. Creo que ese hecho, más que cualquier otro, le hizo recapacitar. Porque ya no eran terceras personas que se habían alejado de su vida, ya no era una amiga insistente, ahora era incluso su propia madre la que repetía lo mismo. Me escribió al rato, y en esos mensajes se la notaba realmente arrepentida. Permití una última quedada para que se explicara y me confesara cuánto le había afectado mi ausencia.
Aun así, el daño ya estaba hecho. Durante los seis meses en los que estuvimos separadas me di cuenta de la carga emocional y el peso que me había sacado de encima por el simple hecho de no ver a alguien. De no perseguirlo. De no tener la frustración constante de no sentirse escuchada. Así que, cuando un par de meses después de esa “reconciliación” hablamos de quedar y dijo que “intentaría llegar a tiempo”, a mí me dio muy mala espina. Y más, cuando el día anterior una amiga en común me confesó que X llevaba un mes (repito UN MES) sin contestarle los mensajes. Aunque hubiera recapacitado en la anterior ocasión, eso no le daba derecho a seguir exactamente igual con los demás. Así que, tras darle vueltas en casa, decidí cancelar el plan la noche anterior arguyendo “un imprevisto”. Tuvo la desfachatez de decirme lo mismo que le he estado repitiendo todos estos años: que no se puede dejar a la gente colgada en el último momento y que una no puede rehacer los planes la noche anterior. Y cuando le recordé que fue un caso puntual, y no sistemático, y con más margen de maniobra que lo que solía hacer ella, aún tuvo la cara dura de soltar “que yo estaba hablando del pasado y ella, del presente”.
Decidí bloquearla por no seguir esa conversación de borregos. Cuando se enteró y me llamó para preguntarme al respecto, le dije que, en vista que no llegábamos a ningún sitio, era mejor cortar por lo sano. ¿Su respuesta? Que bloquear era de niños pequeños, y volvió con lo mismo. Me harté y, tras anunciarle que ya estaba todo dicho, le colgué. Me volvió a llamar esa misma tarde, pero estaba en una clase y no se lo cogí. Me escribió un SMS diciendo que quería hablar y que, si quería, la podía desbloquear de WhatsApp. No hay nada de lo que hablar que no se haya dicho antes, por lo que al final no lo hice.
Creo que X realmente no quería asumir la responsabilidad social de sus actos y cómo pueden llegar a afectar a los demás. Lo entendía, pero no lo aplicaba, y eso acabó provocando un distanciamiento abismal que fue imposible de recuperar. Está claro que todos cometemos errores, que tenemos nuestras fallas y nuestras virtudes, pero llega un punto en la vida en el que tienes que pensar en lo que te aporta esa persona, y si lo bueno pesa más que lo malo, o si esa parte mala, por pequeña que sea, es lo suficientemente grave para sobrepasar lo bueno que te haya podido dar. En el caso de X, su personalidad no compensaba su actitud. Y por muchos recuerdos felices que hayamos compartido, no quita que con ella me sentía estancada y mis quejas, poco valoradas. Estamos en constante evolución y tenemos que aprender de nuestros errores del pasado. Desde que lo sé y lo intento aplicar en mi vida, vivo mucho más tranquila.