¡Hola amigas!
Para cerrar esta dramática trilogía mía, vengo a cerrar los dos posts que os dejo aquí arriba con un tercero. Os escribo para contaros cómo acabó todo, ahora dos años después de todo. Lo hago a modo de autorreflexión, pero también hay en mi una cierta deuda con este foro y con esta comunidad porque, sí, fuisteis vosotros/as mi primer espacio de aprendizaje y de recogimiento. Vosotras me distéis luz al final del túnel, me animasteis a salir adelante y creo que es justo compartiros el final y daros las gracias.
Como os dije en mi último post, me despidieron de manera improcedente con el reconocimiento oficial y no oficial de que mi despido era la venganza personal de un hombre a quien no le venía bien que yo desmontara su fachada y expusiera quien era en realidad.
Mirando hacia atrás creo que el centro no se portó bien conmigo. Me advirtieron, es verdad, pero no me defendieron. Me creyeron, pero no me protegieron y se me cuestionó por la manera en la que reaccioné al abuso. Sabían la verdad, pero decidieron callar para no romper el equilibrio institucional y esa, también es una forma de luz de gas.
Mi madre me dijo nada más salir del colegio que aquello era lo mejor que podía pasarme y muchas de vosotras, también lo hicisteis. A día de hoy, estoy de acuerdo. Es evidente que aquel no era mi sitio y la vida, Dios, el karma, el destino o como queramos llamarlo, hicieron lo que debían para sacarme de allí.
Una vez me despidieron me enfrenté a la cruda realidad de quedarme sin trabajo apenas tres meses después de haberme independizado. Me tocó volver a casa de mis padres, solicitar el paro y presentarme a todas las ofertas de trabajo que iban surgiendo, las cuales fueron escasas y poco atractivas. Hubo momentos de auténtica desesperación y sobre todo de mucha culpa por haber «causado mi propio despido», muchas noches pensando en lo que tendría o no tendría que haber hecho, mucho insomnio y mucha angustia. Además, conforme el paro se iba agotando, me sentía cada vez más desconectada de mi profesión y el teléfono no sonaba….pero sonó.
Antes de cumplir el primer año de paro me llamaron de un centro privado, de los mejores de mi ciudad, donde me ofrecieron una vacante y aquí sigo, con mejores condiciones laborales y en un entorno mucho más afín a mi en lo ideológico y sobre todo, en lo ético. No solo encontré un nuevo trabajo sino, un nuevo entorno mucho más sano, abierto y respetuoso que el que había conocido anteriormente. En este proceso, mi figura como docente se había desdibujado, pero fue volver a pisar un aula y volver a ser la docente que siempre fui. Allí nadie sabía de dónde venía yo y de qué experiencias, pero se me recibió con compañerismo, con afecto, con respeto y con cariño. Aquí estoy forjando nuevos vínculos y observando dinámicas que nada tienen que ver con todo aquello y siento que, poco a poco, han ido sanando todas las heridas que jefes y compañeros cómplices abrieron. Para aquellos que somos vocacionales en el trabajo, este es fuente de disfrute, pero también de mucho sufrimiento y volver a las pizarras con mi alumnado adolescente fue terapéutico para mi.
Una de vosotras comentó en mi segundo post que ella había tardado casi dos años en superar todo aquello, dejar la medicación y que le dieran el alta de una depresión por un desgraciado narcisista. Ya somos dos. Una de las canciones que más escuché durante aquellos meses decía que «del lodo crecen las flores más altas» y es verdad.
Me llevo un grandísimo aprendizaje de todo aquello, a nivel personal y a nivel laboral. Ahora sé lo que significa poner límites, sé lo que es que te hagan luz de gas, sé cómo se relaciona contigo un compañero de trabajo normal o un jefe y, sobre todo, sé que las víctimas jamás debemos disculparnos por lo que nos hagan. Identificarme con la etiqueta de víctima me costó, pero es lo que fui y lo escribo con orgullo y no con vergüenza.
Ahora, conozco lo que es el abuso emocional porque lo he vivido. En este foro conté una mínima parte de lo que fue todo aquello, de todos aquellos comentarios o actitudes que supusieron los casi 5 meses de abuso emocional que viví. A día de hoy, en colaboración con el departamento de orientación del centro, me encargo todos los años de dar charlas al alumnado sobre esto, para que sepan identificar todas aquellas red flags que yo no vi. Para que a todos les suenen el gashlighting, el love bombing, el descarte psicopático y todas esas palabras que yo aprendí aquí por primera vez, de vuestra mano. De nuevo, gracias por ser lux in tenebris.
Antes de ponerme a escribir, he buscado los otros posts y los he leído para conectar con la Ana que bajó a los infiernos, la que pasó por el purgatorio y la que viene hoy a escribiros desde un paraíso menos idílico de lo que nos planteó Dante en su Divina Comedia, pero sí más real. Me cuesta un poco identificarme con ellas, pero las abrazo en su herida porque de la Ana que buscaba respuestas en él, y la que salió exhausta y despedida por la puerta de atrás nació la que encontró esas respuestas en sí misma, ha logrado redefinir su identidad y reconstruirse laboral y personalmente. Veo también lo mucho que he ganado en autoestima y en asertividad y, por esa parte, me gusta no reconocerme en esos dos posts.
De todo esto, por si algún día alguien se topa con este post solo quiero dejar constancia de que para sufrir abuso emocional no se necesita una relación estable con interacción sexual, precisamente la ambigüedad es un mejor campo para ello. No se debe minimizar la manera en la que una persona gestiona y transita un trauma porque es, a pesar de lo que conlleve, la única y la mejor manera en la que sabe hacerlo. Sentimientos como la culpa y la vergüenza me han acompañado durante mucho tiempo, porque existe algo llamado disonancia cognitiva, que lo genera y no hay que avergonzarse de reconocernos como víctimas y compadecernos de lo que nos han hecho. Lamentablemente, hay mucho camino por recorrer. La salud mental es algo de lo que se habla, pero que no interesa a muchas instituciones, siempre nos vamos a encontrar con dinámicas de poder injustas y no quiero hablar de sexismo (aunque podría también). Sin embargo, sí, se sale y se sana, no desde la idea fantástica de que el dolor desaparece como por arte de magia, sino de que nosotros mismos con muchísimo esfuerzo somos capaces de transformarlo en aprendizaje, conciencia y amor propio. Aquella misma chica del foro decía que hay una parte de ti que no se recupera del todo, y es verdad. Hay días en los que el trauma vuelve en forma de sueño, de recuerdo, de pensamiento o de nerviosismo al ver a alguien que se le parece por la calle.
Una experiencia dolorosa o un trauma es como una cicatriz: vives con ella y te acostumbras a su presencia porque forma parte de ti, pero jamás dejará de ser el recuerdo de que una vez, ahí, algo sangró, dolió, pero finalmente, sanó.
