Para afrontar una punta de trabajo puntual, mi empresa decide convocar una plaza de IT Junior. Lo que viene siendo un becario para el área de Tecnología de la Información.
Cuando abrimos la plaza, antes de que fuera publicada en los diferentes portales de búsqueda de trabajo, hicimos una redacción impecable de las características del perfil que buscábamos, para intentar evitar candidaturas que no se adaptasen a nuestras necesidades.
No pedíamos un master en el MIT ni nada parecido. Menos de dos años de experiencia, formación universitaria en informática, ingeniería o telecomunicaciones. Con conocimientos básicos en áreas de programación y sistemas.
Las tareas que describimos que se le asignarían eran dar soporte técnico a usuarios, solucionando (o intentando solucionar) posibles incidencias, desarrollo de software básico y pruebas y documentación.
Pero vamos, con que supiese moverse con un mínimo de lógica en entornos de desarrollo y ser mínimamente presentable, teníamos de sobra.
Este tipo de plazas suelen ser comunes en las empresas tecnológicas para que los novatos consigan ir sumando experiencia y añadiendo entradas en el currículum. Todos los que nos dedicamos a esto, hemos empezado así. Yo, personalmente, tengo buenos recuerdos, en general, de mis experiencias como junior, porque aprendí un montón y me lo pasé bastante bien.
Bueno, pues empieza la ristra de entrevistas para ocupar la plaza, y mi jefe me pide que haga la primera criba, porque soy el senior con más años en la casa. ¿Que qué me encuentro? Os hago una pequeña cata de la fauna que pasó por delante de mis narices:
Un tipo muy seguro de sí mismo y con cierto aire de sabelotodo, pero que durante la entrevista mezcla y confunde conceptos básicos de programación, haciéndome dudar de si en verdad tiene los estudios que dice que tiene.
Un motivado de la vida, un ser de luz que, en lugar de presentar su currículum, me pasa un enlace a su perfil de Instagram, lleno de fotos de él abrazando árboles, y me envía solicitud de amistad a mi perfil privado. (¡Ubícate, niñato!)
Uno que se ha informado y que exige un sueldo de 30.000 euros brutos al año porque un usuario de TikTok, al que él sigue, que hace dropshipping (algo así como un intermediario online entre un cliente y un proveedor) gana esa cifra. Se me ocurre insinuar que quizás, sólo quizás, al principio el sueldo tiene que ser algo más modesto y conforme se vayan demostrando las capacidades, ir cobrando más. Y el colega se me ofende. Me dice que mi insinuación echa cierto tufillo a microagresión laboral y que podría denunciar a la empresa en Twitter. Y eso es peligroso porque tiene muchos seguidores.
Mención aparte merecen los que, aunque en la oferta ponía que el puesto era presencial parcial y había que ir alguna que otra vez a la oficina, piden teletrabajo total alegando los motivos más surrealistas: yo es que tengo fobia social y no puedo salir de casa; a mí es que la luz artificial me provoca dolor de cabeza (supongo que en su casa se iluminará con velas o con luciérnagas, porque si no, a ver qué hace); es que no puedo perder tiempo desplazándome a la oficina porque necesito disponer de todo mi tiempo libre para no descuidar mi canal de Twitch; uno me dijo literalmente que su tiempo es oro (el mío no vale nada, claro).
¿Que la juventud es el futuro? Pues con estas actitudes nos espera un futuro negro, en el que cada vez que se estropee mínimamente un ordenador te tengas que comprar uno nuevo, porque no habrá nadie que sea capaz de arreglarlo.
¿Es que no queda gente con ganas de aprender, de ganarse el puesto, de crecer desde abajo? No me extrañaría que, en un futuro no muy lejano, estas funciones se cubran con inteligencia artificial. Y entonces los niñatos se quejarán de que la IA les quita el trabajo. Es que con lo que he tenido que ver en los últimos días, se lo tendrían merecido.
Total, que por ahora no hemos cubierto la plaza. Y ya veremos si la podemos acabar cubriendo.
