Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Le conocí una tarde en el gimnasio, durante mi primera clase de spinning. Me puse al fondo de la clase, en una de las bicis más apartadas, para pasar desaparecida. Recuerdo que sudé a mares y maldije internamente a mi yo del pasado por haber decidido apuntarse a semejante atrocidad de actividad. Cuando acabó la clase, el monitor se acercó a mí. Me dijo que no le sonaba de clases anteriores y le dije que era nueva. Como me había puesto en el fondo, no me había fijado tanto en él al principio, pero en cuanto le vi de cerca supe que volvería a esa clase religiosamente, y no por mi amor al spinning. Me enamore de su risa y de las arruguitas que se formaban alrededor de sus ojos al sonreír.
Siempre estaba muy atento a mí en las clases y eso me dio confianza para empezar a ponerme en las filas de delante. Al terminar, nos quedábamos charlando y el tonteo surgió de forma muy natural. Un día, al acabar la clase, me dijo que si me apetecía esperarle y tomarnos algo juntos. Y ahí empezó todo.
La cervecita de los jueves pasó a ser un plan fijo y yo esperaba cada semana ansiosa a que llegase la hora de mi clase de spinning. El resto de la semana nos la pasábamos tonteando por WhatsApp y poco a poco los mensajes iban siendo más íntimos y directos. Sin embargo, cada vez que nos veíamos, no podía evitar mirar la alianza que llevaba en su mano derecha. Él no mencionaba nada al respecto, y no os voy a mentir, yo no preguntaba porque en realidad no lo quería saber. Y así, ignorando la señal que ese aro de oro me quería transmitir de forma clara, acabé en esta situación.

Llevamos más de dos años saliendo. En el gimnasio, todos saben que estamos juntos y muchos dan por hecho que esa alianza me representa a mí. Pero lo cierto es que, tras esa fachada de normalidad, yo soy la amante.
La incómoda conversación de la alianza llegó a los cuatro meses de relación. Once años casado. Su mujer lleva casi tres de esos años viviendo en otra ciudad por trabajo y vive allí con la hija de ambos. Él intentó conseguir un empleo y mudarse con ellas, pero mientras no lo conseguía seguía viviendo y trabajando en mi ciudad. Ahora que estamos juntos dice que ni se plantea marcharse. Pero todos los fines de semana, sin excepción, se va con su mujer y su hija y yo me quedo sola en nuestra casa.

Me ha dicho que la va a dejar. Me repito eso cada mañana de sábado, cuando me siento frente a mi café y me lo imagino acostado con su mujer. La va a dejar. Solamente necesita tiempo. Me lo ha prometido. Y yo creo en sus promesas. Nuestro amor es especial, me ha jurado que jamás ha sentido algo así por su esposa, que yo soy la dueña de su corazón, que si aún no la ha dejado es por su hija. Si se acuesta con ella es por cumplir con el papel, me ha dicho que ni siquiera lo disfruta. Y yo le creo. O eso creo. «Malditas dudas», pienso frustrada, ojalá pudiera ahogarlas en esta taza de café. No, no debo dudar. Dos años y medio de relación no sé tienen con cualquiera, ¿verdad? Él me quiere. «Me lo ha prometido, me lo ha prometido, me lo ha prometido…» , me repito. Sí. La dejará. Quizás este domingo, al llegar, me estreche entre sus brazos y me de la sorpresa. Y entonces todo será por fin normal. Quizás este domingo sí que ocurra, al final. Quizás…
