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Tu primera cana

Te suena la alarma, te levantas, te arrastras al váter y con la legaña todavía pegá al ojo te encuentras algo que no esperabas. Tus pelos de loca han cambiado. Y no, no es que se hayan peinado solos. Es que tienes un pelo blanco. Solo es un pelo, pero ahí está. En todo el medio de la cabeza.

¿¡Qué coño pasa aquí!? ¡Ese pelo ayer no estaba! ¡Anoche no estaba! Pero ahí lo tienes. Ya se convierte en lo único que te ves en la cabeza. Acto seguido, como si estuvieras en una sitcom de los noventa, te aparece un angelito y un demonio a cada hombro.

Angelito.- Tranqui, tía, esto es normal.

Demonio.- ¡Y una mierda! Eres joven para esto. Arregla eso, que te acaban de caer veinte años by the face!

¡Y qué coño! El demonio en mi caso llevaba razón, porque este percal me lo comí con catorce añitos recién cumplidos.

La pubertad es una mierda muy grande para todo el mundo. Te cambia el cuerpo, te cambia el humor, tu cara parece un campo de minas, descubres que los anuncios de compresas son una gran mentira…  Y de remate, canas. Y no hay reportaje en la super pop que te ayude a arreglar el desastre.

Es urgente aplicar un protocolo de emergencia. Porque en ese momento una cosa es que lo sepas tú, pero otra es que lo sepa nadie.

Cuestión de orden.

Lo primero que te pasa por la cabeza es arrancarlo. De raíz para que no vuelva a salir. Pero ¡EEEHHH QUIETA PARÁ! Que es que dicen que si arrancas una cana, te salen más. Como si al mandar a la primera al infierno de los pelos pálidos, el universo se vengara cruelmente mandándote la que arrancaste más los intereses. Y sí, vale, eso son leyendas urbanas. Peroooo… ¿y si es verdad? ¿¡Y SI ES VERDAD!?

De arrancar nada.

Así que como solo es un pelo, piensas “esto lo arreglo yo al peinarme”.

Cambié la raya del pelo de dirección como cincuenta veces antes de darme por contenta. Yo lo veía siempre, porque sabía que estaba y dónde mirar. La ignorancia de los demás jugaba a mi favor.

Lo importante es que no me lo vieran en el instituto, porque ya que me acosaban no era cuestión darles más munición. Mi secreto no duró ni veinticuatro horas. Alguien sin venir a cuento se me quedó mirando como si tuviera un alien encima. Y de repente dijo, con los ojos como platos: tienes canas. En cuestión de minutos no quedaba nadie sin enterarse.

Entra la química.

Esto no podía seguir así. Ya había que tomar soluciones drásticas.

Los tintes son estupendos. Huelen fatal y me daba una pereza infinita embadurnarme la cabeza con una cosa química que tenía que ser tóxica a la fuerza, pero era la única opción viable a estas alturas.

Esta es la nueva rutina. Cada mes al menos una vez hay que pasar por ese trago. Porque seguía siendo demasiado joven para dejar que la cabeza se me llenara de canas. Solo ha sido una y a la gente le sorprende que la tenga. Así que había que pararlo antes de que se extendiera. Lo que haga falta con tal de que las canas no se notaran.

Con lo que no conté es con la raíz. Y con que se viera tanto. Cuando se pasa el efecto de un tinte y llega a salir raíz, todavía hay quien pregunta, con todo su asombro: ¿pero te tiñes el pelo? Y muy harta de la preguntita daban ganas de contestar “no, bonita,  lo tengo como el salvapantallas del windows y cambia solo”.

Pero seguí negando la mayor hasta la saciedad. Y seguí empotingándome el pelo que, por cierto, se  estaba quedando hecho una pena. Ya no son solo canas que salen antes de tiempo, ahora, además, se cae y pobre.

¡Se acabó!

El efecto del tinte cada vez aguantaba menos. Ahora cada dos semanas tocaba pasar por la droguería a comprarse el tinte ese maravilloso que no lleva amoniaco, porque ya que había que teñirse tanto, que por lo menos no lleve amoniaco, que no olvidemos que es tóxico. Para colmo, no son baratos. Son de 7 a 10 euritos nada más, pero cada dos semanas. Al año sale por unos doscientos euritos. Demasiados para lo que compensa.

Y me harté.

Hace unos meses decidí que ya me había echado demasiadas mierdas en el pelo. Que lo único que necesito es champú, el cepillo y el secador en invierno.

Sigo siendo joven para tener canas. Tengo 34 tacos y ya no es solo una cana, son unas cuantas más. Puede que sea verdad eso de que me echan años, pero ya me da absolutamente igual. Igual solo me lo parece a mí, pero las canas no son un drama. Y he acabado acostumbrándome antes de lo que esperaba.  Al que le guste, genial; y al que no, que mire a otro lado, que hay mucha calle para mirar.

Puede que estuviera demasiado harta de tintes o puede que sencillamente haya aprendido a aceptar algo de mí. Y para eso sí tengo edad.

Laura López.

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