Morir de una larga enfermedad es una mierda, pero es verdad que tiene una ventaja: Te permite despedirte. Eso fue lo que me dijo mi madre unas semanas antes de irse. Me dijo que, ya de tener que morirse, se alegraba de poder hacerlo con calma y siendo consciente de que su vida se estaba acabando. Puso sus asuntos en orden y se despidió de todo el que quiso y era importante para ella. De todos, salvo de uno.
De esa persona ni siquiera lo intentó más allá de hacerle saber que se moría. Si no quería decirle adiós, ella no iba a obligarle. Lo cual a mí me parecía perfecto.
Solo que, unos días antes de morir, cambió de idea. Demasiado tarde para llevarlo a cabo, aunque con tiempo suficiente para pedirme que, de alguna manera, yo le pusiera solución. Y yo no quería, pero tuve que cumplir su última voluntad a pesar de estar totalmente en contra. Porque, aunque yo no quería y no estaba de acuerdo, su deseo estaba por encima de mí y de mis reticencias.

Así que, una vez que pasó todo, me dispuse a cumplir con lo que le había prometido. Por difícil que me resultase. Tuve que armarme de valor, hacer de tripas corazón y recorrer medio país para encontrar al hermano con el que llevaba casi veinte años sin hablarme. Veinte años durante los cuales había ido sabiendo de él por lo que nos contaba una prima lejana que vivía en la misma ciudad y con la él sí tenía contacto. No mucho, pero lo suficiente para que supiéramos que estaba vivo. En qué trabajaba, que se había casado, que había tenido una hija. Fue ella la que le informó que nuestra madre se moría. Y fue a ella a quien le dijo que lo sentía, pero que no tenía sentido que fuera a verla en sus últimos días cuando no lo había hecho en las últimas décadas. Tal vez en eso no le faltaba razón, desde luego. No obstante, la cosa no iba de si yo estaba de acuerdo o no con que él se quedara allí, haciendo como que nunca había tenido una familia. La cosa iba de que le había prometido a mi madre que iría a verlo.

Y fui a verlo. Me planté en su casa sin avisar, porque sabía que, de haberlo hecho, corría el riesgo de que no me abriese la puerta. Pese a los años, vi en su cara que me reconoció a la primera. Yo también le habría reconocido a él. El paso del tiempo era más que evidente para ambos, pero nuestros rasgos, tan parecidos, seguían ahí.
Creo que el shock impidió que me echara. Se hizo a un lado cuando le dije que había ido hasta allí para entregarle algo, y yo entré en aquel piso que no conocía con el estómago revuelto y el corazón batiéndome contra las costillas. No sé cómo lo hice, pero no me derrumbé.
Con el gesto serio y su parquedad en palabras habitual, me escuchó soltarle todo lo que había preparado. Le puse al tanto de cómo debíamos hacer para arreglar la herencia y luego conseguí decirle todo lo que me había pedido nuestra madre. Le entregué la larguísima carta que me dictó cuando ella ya no tenía fuerza para escribir y no me falló la voz cuando le dije que yo ya había cumplido y que ahora dependía de él que el resto de sus últimas voluntades se pudieran llevar a cabo.

Le dejé mi teléfono anotado, le dije dónde me iba a quedar esa noche y que regresaba a mi casa al día siguiente. Él no hizo ni un solo comentario, pero yo ya tenía la conciencia tranquila.
Mi hermano no me llamó ese día ni los siguientes. Lo hizo dos semanas más tarde y, desde entonces, no solo hemos hablado más veces, sino que, tal como quería nuestra madre, hemos conocido a nuestras respectivas familias. Y, aunque poco a poco, estamos empezando a entender por qué cada uno hizo lo que hizo, a dejar el rencor a un lado y a recuperar la relación que perdimos hace tanto tiempo.
Inicialmente no estaba de acuerdo, pero ahora me alegro de haber dado el brazo a torcer y de haber aceptado la petición de mi madre.
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