Conozco a Sergio desde que empezamos el instituto. Él era un chico tímido y muy cariñoso, nos hicimos amigos muy rápido, los dos éramos nuevos en la zona, veníamos de colegios de las afueras así que éramos los únicos que no conocíamos a nadie. 

No coincidimos en clase más que el primer año, pero seguimos siempre juntos en los ratos libres. Mis amigas siempre decían que él estaba loquito por mí, pero yo sabía que no era cierto, de serlo me lo diría. Él venía a mi casa, pasábamos tardes enteras viendo pelis, preparando exámenes y contándonos nuestros dramas adolescentes. Además, yo no tenía mucha suerte, era muy confiada y enamoradiza y eso me hizo pasar muchas etapas de llanto y despecho, pero siempre estaba él para recogerme del suelo y secarme las lágrimas.  Sin embargo, él no solía contarme muchas cosas, sabía de sus ligues, pero siempre me lo contaba tarde, cuando ya había acabado la relación o cuando se veía el final claramente. Decía que tenía miedo a que alguna chica sintiese celos y tener que elegir o que yo me hiciese muy amiga y si salía mal que fuese yo la que estaba en medio. 

Nos distanciamos un poco durante la carrera, el estar en ciudades distintas y el cambio radical de nuestros entornos hizo inevitable una pequeña brecha, pero siempre que podíamos vernos parecía que el tiempo no había pasado, nos tirábamos en el sofá de mi casa a ponernos al día de todas nuestras cosas. Yo conocí a alguien el último año de carrera y dos años después nos fuimos a vivir juntos, justo cuando Sergio volvía de hacer un máster en Madrid y por fin podíamos vernos más. Mi novio se celaba un poco porque decía que me brillaban los ojos de una forma muy extraña cuando estaba él, pero siempre fue muy celoso con todos los chicos de nuestro entorno, así que no le hacía mucho caso. Después de 6 años de convivencia bastante desastrosa, mi relación hacía aguas y, como siempre Sergio estaba ahí para apoyarme.

Mi novio me decía que era un buitre, que estaba oliendo la carne fresca y venía a por su parte; ese comentario tan repugnante fue la gota que colmó el vaso y ese mismo día me fui al piso de unas amigas y mandé a mi hermana a por mis cosas.  

Sergio y yo siempre tuvimos un humor muy especial, siempre nos gustó reírnos de todo y hacer de cada desgracia una nueva oportunidad de chanza, así que con el tema del buitre tuvimos coñas para largo. A veces hacía como que me picaba un brazo o desplegaba sus brazos y daba vueltas en círculo rodeándome. Cuando yo ya estaba algo más tranquila empezó a hablarme de una chica, por primera vez me contaba algo en tiempo real, debía de ser especial y, no sabía por qué, empecé a sentirme incómoda. Él me hablaba de lo simpática que era, de los mensajes que le mandaba y yo solo tenía ganas de llorar. Creía que era porque echaba de menos estar en pareja, que sentía envidia. 

Mi hermana vino a pasar unos días a mi casa y una noche me dijo que me veía incómoda con Sergio, le conté lo que me pasaba y me dijo “¿no serán celos?”. En ese momento noté como todo mi mundo se rompía dentro de mi cabeza, como cuando se retira el telón en una obra de teatro, pero lo que ves al otro lado es dolor.

Nunca, en los más de veinte años de relación, había pensado en Sergio como una opción de algo más, podía recordar lo absurdo que me parecía los comentarios de nuestros amigos, lo que me ofendían los celos de mi ex por no entender que podíamos ser solo amigos, todos esos recuerdos se me anclaron en el pecho. Al día siguiente al ver a Sergio todo lo que había hablado con mi hermana me impedía respirar con normalidad, entonces él, cabizbajo, me dijo si podíamos ir a mi casa, que no le apetecía estar con más gente.

Ya tranquilos en el sofá me contó que algo había ido mal, que aquella chica parecía estar interesada en él también, pero que desde que habían hablado algo había cambiado en él y ya no sentía lo mismo, como que al conseguir lo que tanto anhelaba su interés había desaparecido. Yo lo miraba muy atenta, como movía los labios y cómo se preocupaba por lo que había pasado, lo vi tremendamente guapo, lo vi como si lo estuviera viendo por primera vez, lo miré y me reí.

Él se giró hacia mi esperando la broma que quitase hierro a esa conversación tan profunda, entonces, sin más, entre risas e incredulidad, le besé como jamás creí que podría hacerlo, con las ganas y la pasión que jamás supe que sentía. Pasados unos segundos él se apartó extrañado, yo sonreía, me miró, miró mis labios todavía húmedos y mis ojos brillantes de emoción. Entonces cayó el telón en su mirada, su sonrisa se percibió antes en la comisura de sus ojos que en su boca, vi en su rostro como todo encajaba sin más y, entre muchas risas, aquel sofá que tantas confesiones nos había guardado, sostuvo nuestro primer encuentro de amor y pasión. Todo mi mundo se puso en orden, todo parecía tener más color, más alegría. Pasamos varios días sin salir de mi casa, hablando de cómo había cambiado todo, de lo extraño que era verse así, de lo difícil de explicar que sería para quienes nos conocían de siempre… ¡Cuanto nos equivocamos! En cuanto cruzamos la puerta de mi casa agarrados de la mano fue como si todo nuestro entorno respirase al fin después de mucho tiempo conteniendo el aliento. Nosotros no lo veíamos venir, pero ellos si y supieron esperar sin forzar hasta que estuviésemos preparados para vernos realmente con las gafas adecuadas. 

Hoy llevamos ya cinco años juntos, os cuento esto mientras nuestra bebé duerme en sus brazos y él la mira con esas arrugas en los ojos que le salen cuando sonríe que tanto me gustan. Sólo puedo decir que no puedo ser más feliz, aunque se me hace raro no poder salir corriendo a contárselo a mi amigo, porque está a mi lado, viviendo cada alegría conmigo, siendo el protagonista de la mejor de mis historias.

 

Escrito por Luna Purple basado en una historia real