Hace un tiempo me reencontré con un amigo de la adolescencia (ya entrando en la edad adulta) al que le guardaba mucho cariño. Y digo guardaba porque, tras un par de años de retomar el contacto, me demostró ser una cucaracha y no un ser humano, pero eso es otra historia. Hoy solamente os contaré una de las partes de su vida que más me sorprendió.
Él, como buen hijo de papá, estudió la carrera que sus padres habían elegido para él, se casó con la chica que cumplía los estereotipos que sus padres esperaban (aunque eso le llevase a casarse con una mujer totalmente enamorada a la que desprecia vilmente y le es infiel siempre que puede), montó su negocio de éxito, como sus padres esperaban y, cuando llegó el momento, decidió “echar un par de críos al mundo”.
La verdad es que cuando lo conocí sentía lástima por él. Sentía que solamente cumplía las expectativas de otras personas y que no se preocupaba mucho (o no podía preocuparse) de ser feliz y buscar algo que le gustase, una chica que le gustase de verdad o un futuro que realmente desease. Pero él, siempre muy pagado de sí mismo y arrogante, parecía cada día más conforme con su situación.
Lo vi, por primera vez tras casi una década, hace unos años, saliendo él de acompañar a su mujer a una eco. Tendrían gemelos, toda una sorpresa. Según él, mejor, pues así ya podrían “cerrar la fábrica a la primera”. No tenían muy claro si querían tener más de uno y así la vida ya los sacó de dudas. No había mucha vuelta que darle.

Estuvimos en contacto durante el embarazo y, aunque me hablaba mucho los primeros meses después del nacimiento, poco me decía de sus hijas. Se me hacía raro que, siendo padre desde hacía un par de semanas, me hablase de su vida, de su curro, de noticias del periódico y no de sus bebés ni de su mujer recién parida.
Cuando las bebés tenían unos 10 meses, fui a hacerle una visita a su trabajo y entonces entendí todo. Él trabajaba en jornada partida (mañana y tarde) y su mujer exclusiva de mañana. Yo fui a su oficina sobre las 7, hora de cierre, y me propuso tomar un café, que acepté.
Le pregunté cómo hacía con los niños y el trabajo, si alguien les ayudaba, a lo que (muy convencido y con un par) me dijo que no, que los abuelos por ambas partes estaban demasiado lejos y que lo hacían todo solos.
Pero entonces pasó a relatarme cómo era ese “solos”. Por las mañanas él se levantaba y se iba trabajar con un café, mientras, una mujer a la que habían contratado, venía a levantar a las niñas y darles los biberones. Su mujer se marchaba un poco más tarde y entonces el servicio de acompañamiento de la escuela privada a la que las llevaban, las recogía en el portal, donde esperaba la niñera. Las niñas iban a la escuela infantil desde las 8 gasta las 2 del mediodía, cuando él iba a casa a comer.
En casa, la niñera/asistenta tenía la comida preparada y él comía mientras la niñera daba de comer a las niñas y así “estaban juntos”. Entonces él dormía una siesta con ellas mientras que la niñera recogía la cocina. Entonces llegaba su mujer, que ya había comido en el trabajo, para que la niñera se fuera. Por la tarde él, al irse a trabajar, bajaba a las niñas al portal para que la escuela de inglés infantil las recogiera y pasaran allí dos horas cada tarde.
Cuando él volvía de trabajar, las niñas llevaban en casa menos de dos horas. En cuanto él llegaba, les daban la cena (turnándose un día cada uno, para repartir las tareas) y las acostaban hasta el día siguiente.

Yo, bastante asombrada por el ritmo de vida de dos niñas que no habían cumplido un año, hice una broma sobre lo difícil que es conciliar y cómo la vorágine del día a día nos hace perdernos el estar tiempo de calidad con nuestras criaturas, a lo que él contestó que “tiempo de calidad” no puede referirse a tiempo con bebés. Yo me reí creyendo que simplemente era una broma de un gusto muy peculiar.
Los fines de semana se los alternan entre los padres de él, los padres de ella y una ellos, es decir 1 de cada 3 se quedan con ellos.
Un tiempo después vi en redes sociales que ponía algo como “Primer viaje como padres” en una foto de él y su mujer. Le pregunté a dónde iban y me dijo que sería un viaje de 11 días a Tailandia. Me sorprendió que el primer viaje en familia con dos bebés pequeños fuera tanto tiempo y tan lejos, entonces se rio y me dijo “He dicho vacaciones. Con niñas no son vacaciones. Vamos mi mujer y yo solos, que pretendemos disfrutar.”
En ese momento pensé en todas las personas que me criticaron por querer ir un día la playa en todo el verano sola con mi marido. ¿Qué pensarían entonces?
Cuando las pequeñas cumplieron un año, él compartió con sus amigos y familia un álbum de fotos de estudio donde se veían las niñas monísimas cada mes desde que nacieron. Iban una vez al mes (supongo que en el finde que “les tocaba”) a un estudio donde hacían fotos preciosas de las niñas y después de toda la familia.

Yo miraba esas fotos y solo podía pensar en el desprecio con el que siempre habla su padre de esas niñas, en que sus adultos de referencia están ausentes por necesidad una parte del día y el resto es directamente porque no quieren estar con ellas. Ellas también vivirán cumpliendo expectativas, hay cosas que explican mucho si las ves desde otra perspectiva. Por un momento él me dio pena por no haber sabido romper la rueda, pero luego recordé que es un adulto y que hoy en día sí se puede elegir qué hacer con los traumas de uno sin tener que perpetuarlos en el tiempo y las generaciones.
Y es que el mundo está lleno de niños que tienen que estar con sus abuelas o en escuelas muchas más horas de las que sus padres y madres quisieran. Es inevitable que con las necesidades de las vidas que llevamos no tengamos que tirar de ayuditas externas, pero esto es otro nivel, esto es postureo absoluto mezclado con desprecio.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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