Soy de las que piensan que hay que sacar lecciones aprendidas de todo. Y también, que no tengo que avergonzarme de quién soy, pero siendo lista y sabiendo qué me conviene en cada ocasión.
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Los años de universidad y de Erasmus resultaron divertidos para conocer gente y explorar experiencias. Mis padres me educaron para tener una mente abierta y siempre he estado dispuesta a arriesgar, a conocer, a descubrir nuevos aspectos del mundo y de mí misma.
Tuve algún novio aquellos años, pero pasé mucho tiempo soltera. Y respeto que cada uno viva su sexualidad como quiera, pero para mí es una diversión que me gusta practicar cuando puedo con quien me cuadre en cada momento. Estando en pareja soy muy fiel y estando soltera no le debo explicaciones a nadie.
Después de terminar la carrera, pasé un tiempo en Ibiza trabajando en un casino, aprendiendo mucho y divirtiéndome más.
Complicaciones de la vida me hicieron mudarme a Madrid y buscar un trabajo rápido sin poder elegir. Gracias a saber bien inglés, encontré un puesto de recepción en una oficina, para el que estaba sobrecualificada, pero lo necesitaba.
La gran sorpresa fue que la oficina estaba llena de gente joven y de muchos hombres. Y yo que pensaba que solo iba a coger el teléfono y atender visitas; en mis funciones había más gestiones y tenía que interactuar con ellos.
Sin darme cuenta estaba tonteando con varios. Sin maldad y sin muchas intenciones. Acostumbrada al casino, sabía que liarse con alguien del trabajo era habitual, pero con un poco de cuidado siempre.
Empecé a quedarme a las cañas de los jueves, a conocer a todo el mundo, a que todos me conocieran y a pensar que no iba a estar tan mal ahí.
Con uno de los chicos el tonteo iba subiendo de nivel. Al ser trabajo, yo no fui tan rápido e iba dejándole a él dar pasos. Cuando me quise dar cuenta, estábamos intercambiando mensajes muy subidos de tono en horario laboral.
Un jueves se me complicó el trabajo y, cuando todos estaban tomando algo, yo seguía en la oficina. Él apareció en la oficina para animarme a bajar ya y dejar el trabajo para el día siguiente.
Se me acercó muchísimo, me giré y le tenía pegado. Me dijo que olía muy bien y yo le contesté que ya lo sabía. Y en medio de la oficina nos empezamos a besar. Al lado de mi sitio hay un armario grande donde se guardan cosas temporales, como maletas cuando alguien se va de viaje y cosas así. Nos metimos ahí y pasó lo que tenía que pasar. Fue divertido.
Del armario nos bajamos al bar con el resto y seguimos como si nada. Esa noche no hablamos más ni intercambiamos mensajes. Y para mí, perfecto: no me veía en una relación con él y con lo que había pasado ya no hacía falta nada más y podíamos seguir como si nada.
El problema llegó al día siguiente cuando empezaron los comentarios. Uno de sus compañeros llegó diciendo que quería dejar una maleta en el armario y que si se la guardaba; cuando le dije que sí, me contestó que mejor no me acompañaba, que podía ser peligroso. Durante todo el día tuve que escuchar más comentarios; además, no lo decían de manera discreta y todo el que pasaba les escuchaba.
Estoy convencida de que ese día se acabó enterando prácticamente toda la oficina. No pensé que me volvería a sentir como en el instituto.
Sé que lo comentarán unos días y después ya nadie se acordará. Pero me parece muy feo que lo contara. No le voy a decir nada y voy a seguir quedándome a las cañas con todos como si nada. Por supuesto, no me voy a volver a liar con él.
La próxima vez seré más lista decidiendo con quién me acuesto y dónde.