Voy a hablar aquí de una eyaculación descomunal, algo fuera de serie. Lo nunca visto. Por lo menos por mi parte. En mi vida sexual, que se puede contar en unos treinta y cinco años aproximadamente, esto es lo más apoteósico que he visto.

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Me remito a la época en la que estaba yo ya harta de mi matrimonio. Hasta los huevos, hablando en plata. Cuando te has desencantado, desenamorado y desilusionado con tu pareja, lo que sucede es obvio. No es que busques tener un amante, es que, sin quererlo, un día aparece. Sin haberlo planeado, sin meditaciones previas.

Una se encuentra en que su sex appeal está en pleno apogeo y va despertando bestias por allí donde pasa. Contra mayor es el desapego conyugal, más florece el jardín ajeno. Vivía con una toalla atada a la cabeza, así decimos los catalanes cuando no queremos pensar mucho en las consecuencias y simplemente vivir el presente. Y mi presente tenía nombre, apellidos y un manubrio que me alegraba más de una tarde.

Nos veíamos siempre que podíamos. Al principio, algún rato furtivo entre que él salía de trabajar y llegaba a casa. Cuando la jornada transcurre lejos del hogar y tienes que desplazarte, siempre tienes un margen de maniobra, unos minutos que robarle al reloj. Yo tenía más libertad, puesto que mi marido trabajaba fuera semana sí, semana no. Eso me dejaba mucho espacio en mi mundo paralelo, que al final acababa siendo en el que vivía más tiempo.

A lo que íbamos: estábamos con que nos veíamos por las tardes. Seguramente él pararía el coche en algún lugar alejado al que yo iba al encuentro. Lo típico. Y en el ratito que nos veíamos, pues besitos, caricias, cosquillas… y también, como es típico, nos poníamos a cien y teníamos que aguantarnos por falta de tiempo y espacio.

Pero cuando amenaza tormenta, acaba lloviendo. Era inevitable.

Acabamos quedando en mi casa. Exactamente una tarde de las que yo habitaba en mi otro mundo. Esta vez con coartada para más tiempo y estando los dos en estado febril de calentura que llevábamos acumulada.

Pasamos un rato de pura madera, por no nombrar a la que manda. Folleteo del bueno. Si a las ganas le sumas lo contenidos que estábamos, lo emocionante de la traición y lo apasionante de la novedad, el cóctel es tal que lo que vino a continuación fue más que un broche de oro al polvazo que echamos.

Estoy hablando de la corrida del caballero. Se entiende que no podía plantar la semillita en mi barriguita, por lo que todo residuo orgánico debía ir fuera del contenedor. En el momento de la explosión, él quiso tapar la boca de cañón con la mano, pero la presión fue tanta que lo que hizo en realidad fue crear un efecto espray con el que el chorro salió disparado en todas direcciones, creando un efecto recubrimiento de poliuretano que podéis imaginar.

Directo a las cortinas, al reloj despertador, a la cenefa del empapelado, al espejo del tocador… La escena de Algo pasa con Mary, en la que aparece la protagonista con el pegote en el pelo y hace ver que era gomina, se queda corta. Tenía yo gomina en casa para toda la banda de Danny Zuko.

La faena que nos dio y lo que nos reímos. Porque echamos un buen polvo y unas buenas risas. Aunque después, en mi mundo terrenal, no pudiera apartar la vista de las cortinas cada vez que tenía que meterme en la cama con el Rebeco.